|Lunes, Mayo 29, 2017
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Siguen tramando contra el Concilio Vaticano II 

September 1962, Vatican City --- A meeting of Pope John XXIII's ecumenical council in St. Peter's Basilica, Vatican City.  This meeting of worldwide Catholic clergy was popularly known as the Second Vatican Council. --- Image by © David Lees/CORBIS

Salen noticias, corren rumores, se aventuran teorías, casi se sospecha que se tramen conspiraciones, pero el caso es que desde hace unos cuantos meses se están repitiendo, discretamente, solo como ligeras insinuaciones, noticias y proposiciones de contenido litúrgico, que, con apariencia de rancia tradición procedente del judaísmo, pretenden provocar cambios drásticos y significativos, que, al ser anunciados dulcemente, sin levantar mucho la voz, parecen que, en vez de incomodar y constituir una notable marcha atrás, pasarían a ser un motivo de puesta al día, y de progreso litúrgico. Nada más falso, y si llegan hasta vosotros esos rumores de falsa acomodación a los tiempos actuales de la Iglesia, no lo creáis; se trata de una trama piadosa de devotos y beatos que piensan el culto como una actividad intocable, religiosa y mítica, y no como lo que es: una realización de la comunidad eclesial eminentemente dinámica, activa, fluyente, fundamentada y cimentada en la Palabra, que debería ser siempre el punto de partida, el meollo del desarrollo, y el fin y objetivo de la celebración

Desgraciadamente, no es así, la Palabra no es lo más mimado, trabajado, gustado y celebrado en nuestras celebraciones. No hay más que ver la cantidad de Iglesias con un sistema obsoleto de megafonía, y la poca, o nula, preparación específica de los mal llamados “lectores”, que olvidan, ellos y los presbíteros, o presidentes de la asamblea, que más que leer tienen que proclamar, que la lectura bíblica es un pregón que suena con fuerza, claridad diáfana, y fuego, a unos oyentes enfervorizados y entusiasmados ante semejante regalo. No sucede así, y puedo afirmar, con un pequeñísimo índice de error, que la mayoría no se entera de lo que teóricamente está escuchando, y, si lo hace, al acabar la lectura ya la ha olvidado. Ya sé que la culpa de que nuestras comunidades parroquiales, y, en general, de que los católicos españoles no tengan ni mucho interés, ni grandes aptitudes para escuchar, y guardar lo oído, no es , fundamental y radicalmente, de nuestros parroquianos. Ha sido la jerarquía católica la que con su falta de visión, su poco aprecio por la entrega y el conocimiento de la Biblia a los fieles, y sus dudas sobre la conveniencia, o no, (¿¿¿-???) del acceso a una lectura cotidiana de la Biblia, la que ha provocado ese estado lamentable que apreciamos hoy.

No exagero nada. Ya comenté cómo el cardenal D. Ángel Suquía, en mi visita protocolaría a su despacho el año en que me nombró párroco de la parroquia de los Sagrados Corazones, al informarle de que lo que me agradaba mucho, y me llenaba de satisfacción, era que en dos días de la semana, en un horario nada favorable, de 21,15 a 22,30 hs. de la noche, impartía clase de Biblia a unas 130 personas, entre los dos grupos. A lo que me respondió: “Padre, ¡la Biblia, la Biblia!, hay que tener mucho cuidado al facilitar el acceso a la Biblia a los fieles” (sic). Me sorprendió, me escandalizó, y pensé: “¡Mucho más cuidado y falta de responsabilidad hay que tener para impedir este acercamiento de los creyentes a la Palabra de Dios!” que es lo que vino haciendo la Iglesia, es decir, su jerarquía, implacablemente, hasta llegar a perseguir con la Inquisición a personas tan poco sospechosas, y respetabilísimas, como Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o Fray Luis de León. ¿Habrá que recordar que la primera traducción de la Biblia, en España. con el “nihil obstat”, fue la de Nacar Colunga, el año 1943, ayer, como quien dice? Y todo eso ha llevado a la imponente ignorancia bíblica de los fieles, y a que la misa no pueda pasar, en muchos casos, de media hora, si no quieres oír los improperios de los ¿fieles?, o no tan fieles.

El cardenal Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, lleva ya un tiempo propugnando una iniciativa que puede ser denominada de estrambótica, pero que no conviene echar al armario de los trastos pintorescos e inservibles. Aludiendo a la vetusta tradición que se cumplió en la Edad Media de construir las catedrales con el ábside, donde se aloja el altar mayor, mirando hacia Oriente, es decir, para Europa, hacia Jerusalén, está intentado, a todas luces, volver a la postura de espalda al pueblo en la posición del celebrante. Y si a eso unimos la insinuación a que es más digno e indica mayor respeto a la Tradición celebrar la misa en latín, ya tenemos montada por entero la “Reforma de la Reforma Litúrgica Conciliar” que algunos integristas de la Liturgia pretenden. El antecedente más importante de este principio de claudicación del cambio más visible del Concilio es la ruptura de la unidad litúrgica de la Iglesia católica ocurrida con la reintegración del Misal de Pío V por voluntad de Benedicto XVI.

Ya sabemos que el papa emérito siente verdadera añoranza por formas litúrgicas más solemnes, barrocas y selectas, sean op no las más pastorales y pedagógicas para el clero. Y si a esto añadimos la incomprensible actitud con los lefebvrianos, que más que extrema benevolencia parece evidente claudicación, (ahora están proclamando a todos los vientos que no permitirán, de ninguna manera ultrap0asar determinadas “líneas rojas” en la Liturgia, que son ellos los llamados y elegidos para señalar), comprobamos que el panorama no puede estar más delicado y frágil para los que propugnamos una liturgia viva, rica, lo menos ritual posible, y lo más cercana y comunicativa con los fieles, para que se puedan empapar de la palabra del Señor, que es la única luz que nos guiará a todos por caminos de vida, de Paz y de esperanza.

José María Urío Ruiz de Vergara

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