Mayo 25, 2024

Vivir humanamente, don y tarea

 Vivir humanamente, don y tarea

La semana pasada, concluía con una cita de san Agustín: “seamos nosotros mejores y los tiempos serán mejores”. Es un llamado a cultivar la aspiración que tenemos los seres humanos al bien y la bondad, y así vivir esperanzados en las posibilidades y capacidades de los seres humanos para hacer algo nuevo y mejor para todos, a pesar de las complejas situaciones que nos toque vivir.

Conviene recordar que la propuesta de Agustín no tiene nada que ver con un optimismo ingenuo o con algún “buenismo” cándido, sino que la formuló en medio de la tragedia que vivían hace mil quinientos años con la caída del Imperio Romano. Para los hombres de ese tiempo, la caída del Imperio era el fin del mundo que conocían, y no podían imaginar lo que podía suceder sin el Imperio.

Hoy vivimos en un mundo fracturado, lleno de amenazas e inseguridades; nos rondan muchas preguntas que quedan sin respuestas en medio de un presente confuso y ante un futuro incierto. Entre los temores y cansancios, todo parece reducirse a un sinfín de dramas violentos, de sinvergüenzuras y querellas inútiles que va destruyendo la confianza en las personas, sin la cual no se puede vivir. Parece que muy poco nos ha quedado del gran aprendizaje de la pandemia del coronavirus, que nadie se salva solo.

Estamos necesitados de esperanza, ese “sueño del hombre despierto”, como lo llamaba Aristóteles, que es un don de Dios y una actitud espiritual que se construye laboriosamente con lucidez en el juicio y el discernimiento de las situaciones, de los medios y las posibilidades. Sólo con un discernimiento lúcido podemos abrirnos al futuro y a lo nuevo; sin lucidez y discernimiento nos quedamos en el subjetivismo de las sensaciones (“siento que…”), o en la fugacidad de los estados anímicos (como son el optimismo o el pesimismo), o en el inútil voluntarismo de ir contra viento y marea repitiendo los mismos errores, o en la pasividad del que se queda sentado esperando que pase algo, o simplemente, seguimos con la fiesta del consumismo y la entretención, aunque sea con las manos ensangrentadas. 

Pero, ¿cómo podemos ser nosotros mejores para que nuestro tiempo sea mejor, y así vivir con esperanza? Ahí es necesario mirar las causas de la crisis sistémica en que estamos inmersos, y desde diversos análisis es posible llegar a dos causas fundamentales: el deterioro del sentido ético y la pérdida de la dimensión espiritual.

Por más que se hable mucho de la ética, que es cultivar -en forma personal y socialmente- la aspiración al bien y la bondad, ésta es erosionada por el afán de dinero y de poder, los cuales acallan el deseo de bien y bondad en las personas y en la sociedad. La ética nos permite vivir humanamente, y su deterioro lo percibimos, día a día, en la deshumanización de todas las dimensiones de la vida: en la política, en los negocios, en el ambiente laboral, en las relaciones sociales, en la familia, etc.

La opción por vivir éticamente, según la aspiración al bien y la bondad, siempre es una decisión personal, la cual debe ser acompañada, formada y potenciada por la sociedad a través de los valores que transmite en sus sistemas educacionales y por las formas de recompensar su vivencia y de sancionar las faltas.

La dimensión espiritual es esencial al ser humano, como lo es nuestra corporalidad, inteligencia, voluntad y afectividad. La espiritualidad permite que percibamos que detrás de toda la realidad hay una Realidad mayor que poderosamente sostiene todo y, amorosamente, sustenta todo. La espiritualidad, independientemente de cuales sean sus expresiones religiosas, es la conexión que hace presente el “nosotros” en la capacidad de compasión y solidaridad, en la apertura al otro, a la naturaleza, al infinito, a Dios.

En el mundo en que vivimos, la espiritualidad es asfixiada por una cultura que valora más el dinero que las personas y la naturaleza, que fomenta la competencia y la acumulación por sobre el compartir, que ante los conflictos elige la violencia en lugar del diálogo. Siempre será necesaria una decisión personal para cultivar la espiritualidad, esta dimensión esencial de nuestro ser humano.

Vivir éticamente, cultivando la aspiración al bien y la bondad, y cultivar la dimensión espiritual en la propia vida van de la mano, cada una potencia y dinamiza a la otra, permitiéndonos vivir más humanamente, con esperanza, y haciendo posible que “seamos nosotros mejores y los tiempos serán mejores”.

Marcos Buvinic – Punta Arenas

La Prensa Austral – Reflexión y Liberación

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