|Martes, Octubre 15, 2019
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¿Qué tan importantes son los obispos? 

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Hacer cuestionamientos de este tipo  es oportuno en nuestras sociedades que le quitan  su hegemonía al cristianismo.

El Papa y los obispos están enfrentados a las exigencias de lograr una nueva identidad en nuestro mundo  globalizado. Al interior de la institución eclesial, las catequistas y los profesores de religión  tienen la difícil tarea de explicar la importancia  de los obispos a los catequizando.  Si los niños no ven al obispo entre las autoridades en algún acto público o, si no se encuentran  con él en una ceremonia de confirmación seguro que no tendrían  idea de la función que tienen y menos todavía podrían decir  su nombre.

Desde la separación de la Iglesia y del Estado en 1925, la secularización de la sociedad ha hecho mucho camino. El catolicismo dejó de ser la religión oficial del Estado chileno pero los obispos  lograron mantener una cierta prestancia. Supieron darse un rol social importante en la mitad del siglo pasado y asumieron, providencialmente, un rol imprescindible en defensa de los derechos humanos en los largos años del gobierno militar. Algunos obispos se destacaron notablemente y muchos ciudadanos de la tercera edad recuerdan con mucho cariño al cardenal Raúl Silva Henríquez, a don José Manuel Santos, Enrique Alvear, Carlos González, Fernando Ariztía, Carlos Camus, Jorge Hourton…

Las nuevas generaciones no tienen estos recuerdos y cuando los noticieros mencionan uno que otro obispo, arzobispo o cardenal, los clasifican fácilmente en su carpeta “ni allí con los curas”. Para los que estudiaron en colegio y liceos católicos es un poco distinto pero muy poco en realidad porque las estructuras eclesiales enseñadas son poco prácticas para su vida. Por cierto hay también los jóvenes más cercanos a las parroquias, los que participan de algunos movimientos,  los que peregrinan a algún evento religioso, ellos asuman que los obispos son los  mandamases de los curas y de todo lo que es católico. Existen también los que conocieron algunos obispos por las denuncias y los encubrimientos de los abusos sexuales. Si se preguntaría a la salida de las misas a los parroquianos  los nombres y apellidos del obispo de su diócesis, muchos tendrían dificultad de recordarlos a pesar que se los nombra en todas las misas. La importancia de los obispos es muy formal. Muy pocos católicos pueden alagarse de conocer personalmente a su obispo o algún obispo.

En la sociedad en general los obispos son poco presentes, de repente  se sabe de un obispo que presidió la misa en el santuario de San Sebastián, otro que encabeza una campaña en defensa de la vida, otro por abrir una mesa de diálogo con mapuches en Temuco, otros por comentar su visita al Papa en Roma, otro por ser rechazado por  los laicos en Osorno por sus antecedentes con el caso del cura Karadima. Además, aparecen otros obispos entre los evangélicos, obispos ortodoxos…

Si uno recorre en la web de la conferencia episcopal,  la imagen pública que allí se perfila de los obispos de cada diócesis, uno se puede hacerse una idea de la importancia que se da a los obispos. (Un estudio profundizado valdría la pena). La primera impresión general  es que las diócesis quieren hacer noticias con muchas informaciones de actos, ceremonias y actividades de todo tipo   en su página de entrada y en su boletín pero,  enseguida, después la preocupación mayor es de informar de la estructura de las iglesias diocesanas con una presentación especial por el obispo titular.  Para algunas diócesis la biografía y las calificaciones del Obispo reflejan una verdadera egolatría,  en otras diócesis  es el organigrama de las estructuras diocesanas que parecen infladas y desproporcionados con la realidad. Algunas pocas diócesis mencionan  unas orientaciones pastorales que reflejan una gestión pastoral destacada. Otras se esmeran a capacitar evangelizadores, muy pocas tienen una preocupación social original contentándose de seguir las acciones de Carita nacional. Quien conoce un poco la historia pastoral en la Iglesia chilena  puede descubrir cómo han influido  los nombramientos de obispos para transformar  las orientaciones pastorales y la vitalidad de cada diócesis. Sin menospreciar la vitalidad de las parroquias y de feligresía, el rol del obispo es determinante para  imprimir una orientación pastoral muy personal a la diócesis.

Es que la Iglesia católica se rige en Roma y en cada diócesis por un régimen de gobierno que es monárquico. Es un poder absoluto que a nivel universal es a penas temperado por una “aristocracia” cardenalicia (unos electores). En derecho (canónico), el Obispo nombrado por el Papa es plenipotenciario en su diócesis. Dispone del clero a quien otorga jurisdicción y a quien desplaza como quiere, autoriza o prohíbe todo lo referente a la religión católica (salvo algunas excepciones para no arriesgar los bienes diocesanos).

Esta figura tan principesca no es extraña si uno recuerda que en la Edad Media en Europa los obispos reinaban en territorios propios igual que los demás príncipes y duques. El mismo Vaticano hasta los días de hoy sigue siendo un Estado, un territorio autónomo con derecho de embajadores en otras naciones, los nuncios.  Podríamos esperar que los obispos guarden sus vestimentas principescas pero es más complicado verlos renunciar a esa autoridad de gobierno personal. Sólo la determinación personal de cada uno podría cambiar poco a poco esta mentalidad tan poca democrática de la mayoría de los católicos que sustentan este poder

Lo que afianzó esta figura de los obispos ha sido de considerarlos  “sucesores de los apóstoles”. (Creo en la Iglesia  una santa católica y “Apostólica”) En esto radica la importancia fundamental y autentica de los obispos. Cristo consideró su grupo de los doce apóstoles como el fundamento del nuevo Pueblo de Dios, su Iglesia. Después de su resurrección y antes de dejarlos, les mando a evangelizar a todos los pueblos, esta responsabilidad  para perdurar y traspasarse  a través de la historia utiliza modos de elección y  modos de conferir estas responsabilidades respecto a la evangelización. Jesús sopló sobre sus apóstoles para comunicarles su Espíritu, en las primeras comunidades, utilizaron el gesto de imponer las manos a quien dejaban como responsables en las comunidades. No hay ninguna magia en juego en esto.  Estos gestos no cambian la calificación personal  del elegido sino que se le otorga “responsabilidad” frente a las comunidades en  cuanto a la evangelización.

La palabra “obispo” utilizada en las cartas de los apóstoles significa ‘administrador’, ‘responsable’, ‘encargado’ y es esta importancia del cargo que se debería  devolver a los obispos hoy día. Desgraciadamente, igual que para el “sacerdocio” volvió a entrar una mentalidad mágica en la religión. Se habla de “consagración” episcopal como si los obispos por ser “consagrados” detuvieran por sí mismo alguna valoración que les reviste de mayor dignidad, unos poderes especiales. La sola cosa sagrada que tienen es la misión encomendada.

Devolviendo a los obispos la importancia de su cargo, uno puede volver a cuestionar los por menores de sus elecciones y de sus nombramientos.

Primero aclaramos que igual como faltan curas, igual faltan obispos. Una persona puede razonablemente llegar a conocer unos pocos  miles de personas pero no  centenares de miles de personas y la diócesis son desmesuradas sobre todo en las ciudades.  Por cierto al multiplicar los obispos se arriesga la cohesión de la catolicidad pero el centralismo y el dirigismo institucional  paralizan la  evangelización y no es la creación de más ministerios que solucionará los problemas. El Espíritu sopla por donde quiere, no se ve porqué limitar la evangelización refrenando la multiplicación de responsables locales. Las elecciones por Roma son negativas porque contratan personal que responden mayormente por la institución central cuando se necesitan, urgentemente, encargados de la evangelización en terreno.

Un responsable no es alguien de afuera que viene a encargarse de un feudo. Quien se puede encargar de un grupo de comunidades, es quien participa de ellas de manera notoria y quien tiene las capacidades para administrar el conjunto de comunidades que conoce. La manera de elegir los obispos  actualmente es vetusta, conservadora y en muchos casos hasta mafiosa. Hay padrinazgos y juegos malignos de influencia.  La democracia no es la mejor fórmula para elegir cabecillas en la Iglesia pero igual que en la sociedad es la menos mala.  La Iglesia debe hacer grandes reformas en la materia si quiere seriamente evangelizar.

Por último: ¿Serán adecuados los títulos de “Pastores” o aún de “Padre” para los obispos? Las ideas de cuidador, de superioridad, de paternidad no parecen convenientes, menos todavía  los títulos de “monseñor”, “excelencia”….

Leamos  Mateo 23 1-12 … ¡Para pensar de otra manera!

No llamen a nadie “Padre” suyo en la tierra porque uno solo es su Padre: el del cielo…”

Paul Buchet  –  Freire

 

 

 

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