|Miércoles, Septiembre 18, 2019
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Las bienaventuranzas liberadoras de Jesús de Nazareth 

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(P. José Comblin).-

Es verdad que durante la historia de la cristiandad muchos miembros de la jerarquía y muchos predicadores volvieron al mensaje de los doctores de la ley o de las sabidurías tradicionales. Se hicieron denunciadores de los pecados, elaboraron una pastoral del pecado y del miedo a los castigos. Hicieron de la vida humana lo opuesto de aquello que Jesús quería: culpabilizaron en lugar de alegrar, amenazaron en lugar de contar con la fuerza del Espíritu. De esa manera procuraron apoyo en un tradicional sentimiento de culpa que está presente en todos los pueblos.

Jesús vino a emancipar de ese sentimiento de culpa y a liberar a los hombres y a las mujeres del desánimo que se alimenta con una conciencia de pecadores. La conciencia cristiana es de quien se está liberando y liberando a otros de toda culpa. Es la conciencia de alguien que comienza una vida nueva. Debido a la predicación legalista, hecha durante siglos, la Iglesia adquirió la fama de ser profesora de moral, jueza severa, mensajera de resignación y sumisión – en lugar de ser mensajera de transformación y de libertad. El actual retroceso de la Iglesia en los países de la cristiandad – también en América latina – no tiene otra motivación. Si la Iglesia hace lo contrario de lo que es propio de su vocación y se contenta con repetir una falsa sabiduría de moralismo y de desilusión, no puede tener futuro.

Jesús dice: “¡Amarás a Dios y a tu prójimo!”. Muchos entendieron eso en el sentido de una ley: “Usted debe amar a Dios y al prójimo”. ¿Cómo es que se puede amar por obediencia, forzado por una ley? Nadie puede amar a Dios por deber. Enunciada en esa forma, la palabra de Jesús solamente puede despertar un sentimiento de culpa: “Yo tengo la culpa porque no fui capaz”. Jesús decía eso en el sentido de una promesa: “Usted será capaz de amar a Dios y al prójimo”. El responde a un sentimiento de debilidad e impotencia. Él quiere convencer a los discípulos de su capacidad, a pesar del sentimiento de ser incapaces, débiles y pecadores. Esa capacidad es una caminata, ella va creciendo y cada uno tiene su ritmo, pero cada uno debe convencerse de que es capaz.

Jesús dice: “¡Bienaventurados los pobres porque el reino de Dios les pertenece! ¡Bienaventurados vosotros que ahora tenéis hambre porque seréis saciados! ¡Bienaventurados ustedes que ahora lloran, porque han de reír!…” (Lc. 6,20-21). Explicaron esas bienaventuranzas como siendo palabras de consuelo: ”Consolaos vosotros, los pobres, porque el reino de Dios les pertenece – ¡en el cielo! ¡Bienaventurados los que tienen hambre, porque serán saciados – ¡en el cielo!…”. Sería como una recompensa o un consuelo por la paciencia que tuvieron en la tierra. Eso fue repetido durante siglos, hasta el momento en que los trabajadores y los pobres del mundo se rebelaron y perdieron la confianza en los predicadores.

Sin embargo, Jesús quiso decir: “¡Levántense los pobres! ¡En marcha! ¡Vosotros vais a realizar el reino de Dios! ¡Levántense los que tienen hambre! ¡En marcha! ¡Vayan a conquistar la comida! ¡Levántense los que lloran! ¡En marcha! ¡Viene el momento en que vosotros vais a reír!”. Con eso Jesús quería darles ánimo a los pobres, movilizar sus fuerzas, darles coraje frente a la falta de esperanza. ¡No quiso aconsejar a los pobres el quedar esperando que del cielo les viniese un cambio sin que ellos tuviesen nada que hacer, como si la pobreza fuera en sí misma una virtud que Dios fuera a recompensar! Esa fue la interpretación de las élites sociales, de los privilegiados  y muchas veces una expresiva parcela del clero simplemente repitió la interpretación de los poderosos, haciéndose portavoz de los privilegiados, consiguiendo la pasividad de los pobres por razones religiosas. Ese fue el gran escándalo de la historia. El mensaje que debía levantar el ánimo de los pobres fue desviado y sirvió para mantenerlos en la pasividad. Les enseñaron a conformarse con su pobreza, en lugar de convocarlos para luchar contra esa pobreza. ¡Fue la gran traición de los Clérigos!

Desgraciadamente esa traición todavía continúa en muchos lugares que cultivan la antigua cristiandad.

Párrafos del opúsculo “¿Qué es la Verdad?”, de José Comblin, Páginas 15 y 16, traducidas del original portugués: “O que é a verdade?”, Editorial Paulus, 2005 y tituladas por Juan Subercaseaux Amenabar.

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