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Los laicos y la eclesiología participativa en el Documento de Aparecida 

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Renovación en la teología del laicado

El Documento de Aparecida (DA) al hablar de los laicos y de su relación con el Pueblo de Dios sostiene: “los laicos y laicas cumplen su responsabilidad evangelizadora, colaborando en la formación de comunidades cristianas y en la construcción del Reino de Dios en el mundo” (DA 282). La corresponsabilidad en la construcción de comunidades más participativas y dinámicas ha sido el querer del Concilio Vaticano II, de la Iglesia en América Latina y también del Papa Francisco. Las experiencias populares de las comunidades cristianas de base, de los movimientos apostólicos, de las experiencias de encuentro eclesial, han sido decisivas en la búsqueda de una eclesiología dinámica. Esto, a juicio de la teóloga alemana Margit Eckholt “implica un cambio de perspectiva en el desenvolvimiento concreto de la Iglesia, en la iglesia local y en la communio de los diversos ministerios y servicios” (2013).

La búsqueda de la revitalización de los carismas al interior del Pueblo de Dios, del discernimiento de la acción del Espíritu en la historia de todos los días, implica para el laicado una renovación de nuestras propias espiritualidades. Esto implicó una renovación respecto a la visión previa al Concilio en torno al laicado. El pastoralista español Julio Ramos (2001) recuerda que “en su definición estaba presente lo que no era: ni pertenecía al orden sacerdotal ni a los religiosos en la Iglesia. En una estructura piramidal, para ellos quedaba el estrato más bajo de la organización eclesial caracterizado, ante todo, por la obediencia y la pasividad”. Con el Vaticano II presenciamos una verdadera teología del laicado la cual se puede manifestar en tres elementos claves: el laico posee dignidad en cuanto a su participación bautismal del sacerdocio, profetismo y realeza de Cristo. En su obrar aparece su experiencia de Dios que comparte al interior del único Pueblo. Finalmente, el Concilio favoreció una revitalización del compromiso y formación específicos en la vivencia eclesial a partir de una adecuada entrega de conocimientos teológicos y pastorales, por medio de los cuales los laicos pudiéramos dar razón de nuestra esperanza (Cf. 1 Pe 3,15) en medio de las realidades del mundo. El laicado comenzó a tener una carta de ciudadanía completa.

Una eclesiología del testimonio laical

 El Documento de Aparecida al hablar de los laicos pone un especial énfasis en el testimonio cristiano de los mismos. Así, en el número 210 dice: “su misión propia y específica (de los laicos) se realiza en el mundo, de tal modo que, con su testimonio y su actividad, contribuyan a la transformación de las realidades y la creación de estructuras justas, según los criterios del Evangelio”. Por su parte el número 211 sostiene: “los laicos están llamados a participar en la acción pastoral de la Iglesia, primero con el testimonio de su vida y, en segundo lugar, con acciones en el campo de la evangelización, la vida litúrgica y otras formas de apostolado”. Con ello, estamos accediendo a una dimensión y categoría fundamental de la eclesiología, a saber, el testimonio como clave para entender la acción de los creyentes en el mundo y en las culturas. Somos testigos – mártires – porque nos hemos encontrado con Cristo que nos ha enviado de dos en dos (Cf. Lc 10) para hacer de todas las naciones sus discípulos por el signo del bautismo en nombre de la Trinidad (Cf. Mt 28,19-20).

Así, el encuentro con Jesucristo y la dinámica del encuentro con el otro nacen de una experiencia dinámica de testimonio. Otros son los que nos contaron sobre Jesús. Hemos recibido la fe en Jesús por tradición. Le hemos creído a la comunidad apostólica y a la comunidad postapostólica inmediatamente posterior, los cuales tuvieron la experiencia del acontecimiento de Cristo y de la recepción de su buena noticia. La eclesiología del testimonio siempre es de otro. El Papa Francisco nos dice que “el verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera” (EG 266).

El testimonio debe ser una característica del discípulo misionero, laico y consagrado, a la vez que representa una de las renovaciones dentro de la eclesiología fundamental (eclesiología fundamental como testimonio). No evangelizamos anunciándonos a nosotros mismos porque ello sería vivir una Iglesia autoreferencial, centrada en sí misma. Los creyentes anunciamos a Jesucristo que camina gracias a su Espíritu en medio de nuestra historia. La importancia de la espiritualidad y de la conciencia eclesiológica del martirio – testimonio, implica dejar que Cristo actúe a través de nuestras palabras y acciones de manera que podamos irradiar su amor salvador. Gracias a dicha irradiación graciosa, otros podrán encontrarse con Él. Es por ello que Aparecida habla del testimonio de los discípulos misioneros que gracias al encuentro con Jesucristo son capaces de anunciar (evangelización y misión) a todos los pueblos la vida abundante que de Él han recibido. El testimonio está sostenido por el Espíritu Santo, de manera que ese mismo Espíritu sea el que conduzca a la verdad completa (Cfr. Jn 14,6) a los que han y hemos optado vitalmente por Jesús de Nazaret y por su proyecto del Reino de Dios.

Los laicos estamos llamados a ser testimonio vivo de una Iglesia que es como un sacramento, que es signo visible de la salvación que Cristo ofrece con la irrupción del Reino en nuestras historias cotidianas (Cf. Lumen Gentium 1). Aparecida nos invita a renovar nuestra adhesión al proyecto discipular y misionero de Jesús de Nazaret. Pero para lograr esto, Aparecida recuerda, y yo me sumo conscientemente a sus palabras, que se necesita de nuestros pastores “una mayor apertura de mentalidad para que entiendan y acojan el ser y el hacer del laico en la Iglesia, quien por su bautismo y su confirmación es discípulo misionero de Jesucristo. En otras palabras, es necesario que el laico sea tenido muy en cuenta con un espíritu de comunión y participación” (DA 213). Se han dado pasos grandes en este aspecto, pero es necesario dar otros. Los laicos hemos de superar el clericalismo que ha sido condenado tantas veces por Francisco. Hay presencia del Espíritu en nuestras acciones y dicha presencia nos lleva a dar testimonio y a construir una Iglesia corresponsable y participativa.

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Religión y Filosofía – UC del Maule  –  Chile.

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