|Viernes, Mayo 24, 2019
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Las instituciones en jaque 

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El panorama actual de la sociedad chilena  da una imagen bastante fracturada. Cuando unos se con una nueva contienda futbolística u otro evento musical masivo, otros pasan todo su tiempo libre recorriendo sus contactos electrónicos. Por los noticieros se  pueden llegar a saber  todos los pormenores de las últimas catástrofes. Se da vueltas  a  los proyectos de leyes discutidas por los parlamentarios y, para las próximas elecciones, se escuchan los políticos principiantes competir en sendas discusiones con los veteranos… Por lo demás, en las calles, se turnan todas las manifestaciones de los movimientos sociales: los estudiantes, profesores, empleados, clientes de AFP, sindicatos o pobladores con problemas medioambientales…

La constante  en todo este acontecer nacional es una sorda desconfianza respecto a las  instituciones, son sentimientos de indefensión o de indignación. Se critica  las instituciones civiles, la clase política, los gobiernos de turno, la administración de la Justicia y la policía pero están también cuestionadas las grandes empresas productivas, las empresas de servicios, las instituciones de las fuerzas armadas, las iglesias, los colegios profesionales, las instituciones deportivas. Hasta las nuevas generaciones menosprecian las instituciones del matrimonio y de la familia… ¿Quién puede seguir diciendo que las instituciones funcionan?… En realidad menos y menos convencen los organismos. Se los enjuicia por sus malas administraciones, por el incumplimiento de sus deberes, por sus estafas, por su  corrupción, por los vicios.

Si uno añade a todo esto la inseguridad creada por la delincuencia, los asaltos y los atentados, las violencias familiares, el bulllying en las escuelas,  la peligrosidad de las carreteras, se debe reconocer que es el desarrollo de la sociedad misma que inquieta.  No nos falta solidaridad para enfrentar cataclismos naturales como terremoto, inundaciones y tsunami…pero, aquí,  lo que no funciona es nuestra propia convivencia, nuestra organización societaria y nuestro tipo de democracia.

Ayer, las sociedades y las instituciones de todo tipo eran motivos de cohesión, de solidez y de seguridad, uno confiaba en sus representantes políticos, se creía en los curas, uno se sentía más fuerte siendo sindicado, uno tenía la vida feliz en la familia, el carabinero era un amigo en el camino, uno quería a su Patria …  ¿Qué pasó?

El mundo ha cambiado, la educación, las organizaciones sociales y las comunicaciones han emancipado las poblaciones. Antes las masas se sometían  casi infantilmente a los mandamases pero  los ciudadanos aprendieron a valerse por sí mismo, pudieron conocer sus derechos y opinar con mayor razón… Se podría haber pensado  que por más cultura se habría podido lograr mayor participación, mayor cohesión social, más solidaridad pero está pasando  todo lo contrario, surgió  un particularismo y un individualismo sorprendente justamente cuando los medios de comunicaciones y todo nos empuja hacia la globalización planetaria.

Podemos disfrutar viajar y comunicarnos de manera increíble pero se gatilló un fenómeno que no hemos dimensionado todavía pero tiene una peligrosidad insospechada.   Se trata de la globalización de la economía “financiera”. El capitalismo tradicional podía facilitar la producción y el comercio pero  la banca internacional entró en un el juego especulativo de compra-venta de dinero, de inversiones y los créditos. Este sistema se impuso en todo el planeta dominándolo todo.   Ninguna instancia puede manejarlo, su sola ley es la mayor ganancia posible y a cualquier precio. Pueden existir numerosos organismos económicos internacionales pero ninguno  puede dirigir ni controlar el mundo de las finanzas globales. Los mismos empresarios industriales y comerciales están sometidos al juego de estas especulaciones para sus inversiones productivas. Este juego mantiene los paraísos fiscales y el blanqueo de dinero sin asumir responsabilidad alguna. Ni los Estados tampoco pueden para controlarlo, deben acomodarse o endeudarse con él. Lo maquiavélico de esto es que todos los ciudadanos estamos implicados en este juego infernal.  Servimos el sistema: trabajamos, compramos, consumimos,  tenemos nuestra AFP, nuestros ahorros y  nuestras deudas en este sistema. El sistema es ciego y no promete ningún “chorreo” de sus ganancias, a lo contrario, concentra las riquezas en algunos y propaga la pobreza en las masas, financia el armamentismo para las guerras creando millones de refugiados, desfinancia las ayudas a los países pobres creando un nuevo colonialismo y unas emigraciones espantosas. Tan demoníaco es que pone en serios riesgos el planeta por el derroche de recursos naturales y la contaminación.  Los fracasos de las “cumbres” de los jefes de Estados,  el retorno de los proteccionismos,  las distorsiones de los acuerdos comerciales entre los países y las corrupciones  que contagian todas las instituciones de las más grandes a las más chicas confirman este descontrol generalizado.

El historiador y sociólogo francés Alain Touraine escribió un libro que se tradujo recientemente en castellano  titulado: “El fin de las sociedades”. En él, estudia el fenómeno de la “des-socialización” e de  la individualización actual en reacción al imperio  incontrolable de la gran finanza. Detalla la crisis de las instituciones. Ve lo positivo de la rebeldía de lo particular  y de lo individual, apoya la acción reivindicadora  de los movimientos sociales.  Describe el surgimiento de nuevos actores para  una era “post-social”, son unos sujetos empoderados de sus derechos fundamentales y universales. Destaca el rol  muy particular de las mujeres por su sensibilidad tanto a lo propio como a lo universal pero no es muy concedente por la Iglesia que denuncia por su institucionalidad dominante y su gerencia doctrinal.  Denuncia las resistencias a los cambios  sociales profundos que se requieren sin embargo desconfía de los análisis catastróficos, ve con buenos ojos las posibilidades de relaciones y de acciones  que ofrecen los flujos rápidos de información gracias a los smartphones y eso  cuando van disminuyendo los intercambios de ideas. Declara que la humanidad  está iniciando una era “post-social que devolverá prioridad a la producción sobre las finanzas  pero tendrá que definir nuevos objetivos para nuestro trabajo, nuestra educación y nuestra vida política.

Su libro que es la culminación de una larga carrera, aclara muchas sombras de nuestra época y sus proposiciones para el futuro merecen inspirarnos.

En este artículo, nos corresponde recoger algunas críticas  merecidas para  nuestra  institucionalidad eclesial. Somos invitados a descubrir la manera de detener la decadencia  de la cristiandad.

Las estructuras eclesiales que conocemos fueron creadas hace 500 años por el Concilio de Trento. Sostuvieron el auge de la civilización cristiana pero no lograron acompañar la emancipación de los pueblos. La Iglesia quedó en deuda con los derechos fundamentales  y universales de la persona humana y con la democracia en general. Las cúpulas religiosas han mantenido el laicado en un infantilismo. Si uno piensa, por ejemplo, en la marginación de las mujeres o en el centralismo de los nombramientos de obispos, uno puede entender la deserción masiva de los fieles. Esta crisis de la religión no ocurre por vicios “mundanos” como lo quieren creer algunos sino por una desconfianza en lo institucional. Las estructuras actuales de la Iglesia no lograron mantener la evangelización. Esta incapacidad  de conducción obliga los cristianos que quieren mantener su fe, a asumirla de manera mucho más personalmente y mucho menos gregariamente. Son cambios profundos que requieren serios compromisos cristianos. En primer lugar; no callar las críticas  porque demasiados vicios y corrupciones surgieron desde el Vaticano hasta las últimas parroquias y colegios. Se sabe que la Iglesia tiene  un tesoro en un jarro de greda.  Y hablando de “Iglesia”, mejor olvidarse de referirse a la institución o a la jerarquía, mejor hablar del “Pueblo de Dios”, de la agrupación de los cristianos.

Hay que seguir celebrando la figura providencial del Papa Francisco por su sencillez personal y su afán de corregir los vicios del Vaticano. Como católicos, creemos que Jesús encargó a los apóstoles seguir la evangelización,  pero el error sería pensar que, en el futuro, se podrá  seguir  evangelizando de arriba hacia abajo como antes. Los nuevos actores de la evangelización serán los cristianos que se atreverán con gran libertad a levantar y compartir su fe desde sus propios discernimientos. Los encargados de cumplir los roles de guía, de representatividad, de promotores de unidad y  de continuidad, deberán, ellos también encontrar nuevas maneras para abrir los caminos de Reino de Dios para las generaciones futuras.

Muchas ideas deben evolucionar. Conviene por ejemplo dejar las  imágenes de un “Dios mandamás” bien lejano por la de un Padre que uno puede tutear con mucha familiaridad. Mejor creer en el mismo Dios que se hizo uno de nosotros revelándonos nuestro destino humano de hijos de Dios al lugar de pensar en  Jesucristo como  2º persona de la Santa Trinidad.

Sólo una fe personalizada, mucho menos eclesiástica y asumida con responsabilidad logrará entregar los  testimonios evangelizadores que nuestro mundo necesita. La teología de la Liberación no debe ser una teología paternalista para con los pobres sino una teología de “libertos”, de cristianos que descubrieron en los derechos humanos universales, los caminos de su propia liberación personal.

Las parroquias, los colegios, los movimientos,  los obispados,  son instituciones cuestionadas. ¿No convendría entregar más relevancia a las comunidades?

Para quienes se impresionan de los desafíos actuales, quizá conviene pensar en levantar una teología “del destierro” después de la teología de la liberación. Como lo aconsejó Jeremías 23,7  : “Mirad que días vienen en que  … no se dirá más  que “Yahvé subió a los hijos de Israel de Egipto sino que trajo la simiente de la casa de Israel de las tierras del Norte donde  fueron arrojados y volverán a habitar en su propio suelo”.

Por las malversaciones y la decadencia de la religión actual  los cristianos pueden sentirse  vivir un verdadero exilio. Dudan y se preguntan por el porvenir de fe de sus hijos y de sus nietos. Para nuestra enseñanza, los profetas de la Biblia supieron promover la esperanza del pueblo en esa desastrosa experiencia del exilio a Babilonia. Es allí que nacieron las ideas del Mesías, de un brote que emerge del árbol cortado, de una luz que brilla en la oscuridad, de una semilla que se aguarda para la futura cosecha.  La parábola de Jesús del sembrador nos devuelve esta confianza. No hay que considerar la semilla caída en el camino o en las malezas, hay que confiar en  la semilla que cayó en buena tierra y esa semilla dará el cien por uno (Mat. 13,5).

¿No será la Esperanza nuestra la mejor entrada para la evangelización de nuestros contemporáneos?

Paul Buchet  –  Freire

Consejo Editorial de revista “Reflexión y Liberación”

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