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Mes de María 

Maria-justicia

(Paul Buchet).-

En muchas parroquias en este mes de noviembre se está rezando el Rosario y se celebrará con una procesión la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María el 8 de diciembre. Esta sigue siendo un día feriado inamovible en Chile. Esta devoción es la más vigente y difundida de todas las expresiones de la religiosidad popular y esto nos incita a plantearnos algunas preguntas acerca de la significación y las potencialidades de esta religiosidad típicamente católica frente a nuestra sociedad  que se seculariza tan aceleradamente.

Frente a los grandes eventos musicales, las masas que asisten en las competencias futbolísticas,  las carreteras que colapsan los fines de semanas largo,  las playas que se llenan en verano, los metros recargados diariamente, las muchedumbres corriendo los centros comerciales para preparar las fiestas de fin de año…, siguen existiendo estas manifestaciones religiosas  menos “altas”  si se puede decirlo así . La religiosidad popular, como algunos podrían creerlo no se refiere solamente a los eventos folclóricos como las cabalgatas de la Cuasimodo o los bailes de la Tirana, son las peregrinaciones  multitudinarias como la de lo Vásquez , las del 20 de enero a Yumbel y o las de muchos otros santuarios, son las celebraciones paralitúrgicas  de Navidad o la procesión del domingo de Ramos. Son eventos que congregan más feligreses a  los santuarios  y a las  parroquias. Es también esta sensibilidad católica que emerge masivamente  para el  macro-evento católico que acogerá el Papa Francisco en enero próximo en el país.

Conviene preguntarnos porque siguen vigentes  algunas manifestaciones religiosas  de este tipo cuando la cultura de la globalización parece minimizarlas. Muchas manifestaciones religiosas como la procesión del “Corpus Christi”, los “Vía Crucis”, las exposiciones del Santísimo  han casi desaparecido. Los  bautismos, las primeras comuniones, los matrimonios se celebran con mucho menos énfasis que ayer.  Las celebraciones de los funerales y las prácticas de los cementerios, ellas,  parecen resistir mejor a esta secularización radical. Las prácticas más individuales o familiares como las bendiciones de las mesas,  las imágenes y estatuas de santos en las casas, los crucifijos y las cruces que se llevan como adorno, el uso de agua bendita no parecen tener mejor futuro. Existen algunas manifestaciones religiosas especiales que llaman la atención: las imágenes y los rosarios que cuelgan los vehículos, las animitas (almitas) en las orillas de caminos,  las bendiciones de edificios o de  animales. Todas estas expresiones religiosas tan variadas testimonian de una “religiosidad popular”.

Tanto así que esta “religión baja”, como la llamaban algunos,  llegó a ser un tema muy particular para la Iglesia católica. Porque las iglesias evangélicas en general  tuvieron un rechazo por el culto a los santos que  tildaban de idolatra y por esos méritos que compraban la salvación. Siendo una característica importante de la religiosidad, los pentecostales cultivaron hábilmente  las expresiones emotivas ofreciendo a sus miembros unos ambientes de mucha sensibilidad grupal promoviendo la acción del Espíritu Santo. (Lo copiaron los carismáticos católicos).

La Iglesia católica siempre tuvo al lado de su columna vertebral de los sacramentos unas prácticas que se llamaba “los sacramentales”. Las peregrinaciones, los santuarios, los rezos, los cantos, la música religiosa, las imágenes, los santos tuvieron su aceptación en toda la historia de la Iglesia. Por cierto hubieron en todo tiempo excesos que necesitaron ser refrenados, el mercantilismo de lo religioso fue lo más frecuente, también la superstición (la de colgar un rosario a su cuello como amuleto era castigado de excomunión, por un sínodo de 1744).

El Concilio Vaticano II, curiosamente,  no abrió el tema de la religiosidad popular. Hablaba de la Iglesia como “Pueblo” de Dios pero siguió institucional en su descripción de la Iglesia. Se puede descubrir que fueron las conferencias de los obispos latinoamericanos  que abrieron el tema. Desde la conferencia de Medellin (1968) pasando por las de Puebla y Santo Domingo se desarrolló una preocupación especial por la religiosidad popular. Inicialmente marcaron  la necesidad de purificarla,  después se vio  su importancia por ser  la religión de los pobres, su conveniencia  para “inculturar” el cristianismo  y en los trabajos de la conferencia de Aparecida (2007) los obispos  llegaron a darle a la religiosidad popular sus credenciales como agente evangelizador católico.

Las ciencias humanas como la antropología o la sociología  discuten largamente acerca de la religiosidad popular pero  no se ha logrado dar cuenta verdaderamente de esta realidad. Hablando de Latinoamérica, todos reconocen que los primeros colonizadores españoles trajeron la sensibilidad religiosa propia de la España campesina del fin de la Edad media. Una religiosidad artesanal como los santos revestidos de Chiloé,  sacrificada como los antiguos Crucifijos, buscaban conjurar los peligros y las dificultades de su vida aventurera con  la protección del escapulario de la Virgen del Carmen, promoviendo rogativas, procesiones, cantando versos a lo divino para relatar la historia sagrada, rezando para interceder por las almas del purgatorio y salvar sus propias almas.

Algunos historiadores han descrito el impacto de la primera evangelización  cómo  todo un éxito que provocó  logrando una apostasía general de las poblaciones indígenas que abandonaron su paganismo para asimilar el cristianismo pero es una opinión equivocada que la historia moderna rechazó. Las poblaciones indígenas tenían su religiosidad. La prueba es que los mapuches en la Araucanía la conservaron vigente hasta  hoy.  Aun cuando pocos lo han presenciado, se realizan  muchos guillatunes que reúnen centenares y miles de personas algunos. Y no hay duda alguna que  existió un  mestizaje religioso  que se facilitó por la similitud de creencias cómo por ejemplo los relatos del Antiguo Testamento que permitían una compenetración de sensibilidades de poblaciones primitivas,  las creencias de las almas que siguen penando después de las muertes (el purgatorio)  son testigos los “descansos” a la entrada de las propiedades y las animitas a la orilla de las carreteras, también la comprensión del sacrificio de Cristo en la Cruz por la práctica de los sacrificios de animales en el guillatún, los ritos de compartir comunitariamente alimento y bebida (el muday) que asemeja a la eucaristía, los ritos de entierros  en que se  discursea celebrando el difunto … Otra prueba  de este mestizaje religiosos  lo dio la promoción pastoral de las comunidades de base esta pastoral comunitaria encontró con mucha facilidad en las comunidades indígenas preexistentes. Sin embargo, no se puede olvidar mencionar que los movimientos indigenistas actuales buscan recuperar la originalidad de su religiosidad tradicional considerando que su cultura ha sido trastocada por la cultura cristiana dominante.

Buscando otras raíces de la religiosidad popular actual se puede tomar en cuenta los cambios que aportó la aplicación del Concilio de Trento que reformó el clero y la celebración  de los sacramentos que se hicieron más ceremoniosos y más festivos conservando unas connotaciones individuales emotivas que se incorporaron por las devociones a la Inmaculada Concepción, la Virgen de Lourdes, el Sagrado Corazón. Frente a la institucionalidad de la fe católica, la religiosidad popular mantuvo sus rasgos con  una identidad personal, un fe anclada en la tradición de un país, con un vínculo localizado (el santuario) y un compromiso individual con un(a) santo(a) protector(a) por el sistema de la “manda”.

Más recientemente se pueden descubrir nuevos elementos que marcan la fe popular. El despertar social-político  del siglo pasado, el compromiso de la Iglesia con las transformaciones social y  la misma teología de la liberación han marcado la espiritualidad tanto de los intelectuales como de las bases poblacionales.  Aun cuando la jerarquía católica apoyada por poderosos movimientos conservadores logró frenar esta religiosidad comprometida con los movimientos sociales, persiste en la religiosidad popular una esperanza del advenimiento del Reino de Dios en esta tierra.

Es difícil hacer un diagnóstico actual de la religiosidad popular. La cultura individualista aísla las personas en expresiones religiosas muy íntimas y en una diversidad y una proliferación de grupos religiosos que proponen ambientes diversos para las más variadas demandas religiosas. Sería interesante descubrir la riqueza  de las distintas sensibilidades que existen en  los grupos evangélicos y otros. Todas responden a una percepción de Dios que podría aportar un enriquecimiento de fe al compartirlas.

Indagando ahora más precisamente  la religiosidad católica, llama la atención el envejecimiento de los feligreses y el claro predomino de las mujeres en todas las actividades tradicionales de la Iglesia.  Se descubre que son los más activos en las comunidades parroquiales  y en las instituciones educacionales. Llama la atención que mantuvieron importantes rasgos de la religiosidad popular como la devoción a la Virgen. Colaboran con el clero manteniendo  en funcionamiento las liturgias, las capillas y los movimientos pero quizás no se hacen grandes cuestionamientos, siguen haciendo lo que se ha hecho tradicionalmente lamentando secretamente que sus hijos no siguen su religiosidad.

Sin embargo la crisis cultural  que se vive globalmente es profunda. Se perdieron muchos parámetros de la religiosidad popular.  El sentido familiar y comunitario se trastornó. Se pierde fácilmente  las  referencias al pasado y el vínculo a un lugar originario. No hay gratuidad, todo se paga. Uno está inundado de informaciones pero no hay espacio ni tiempo para una sabiduría cotidiana. La fe se pierde o se recluye en lo íntimo.  Sólo se mantienen excepcionalmente algunos refugios de espiritualidad específica.

La problemática de la Institución eclesial, ella,  radica en primer lugar en la decadencia de sus estructuras clericales que monopolizaron lo sagrado y lo espiritual. En segundo lugar, el control dogmático y moral  ha erradicado todo espíritu profético, el movimiento bíblico se cansó remplazado por la difusión de un catecismo doctrinal. En tercer lugar se cerraron los espacios de libertad necesarios para que surgieran los líderes necesarios para enfrentar los desafíos de la época, los animadores de comunidad y los consejeros espirituales que los feligreses necesitan.

Las comunidades y personas que resistimos  al panorama desalentador de la sociedad secularizada debemos tomar consciencia de la situación dramática de un mundo que se hace sin Dios. Nuestra estrategia  debe ser el encuentro, el intercambio, el diálogo con los demás cristianos despiertos y después el compartir y  la colaboración  para llegar a la comunión en Cristo Jesús. A sabiendas que la mies es mucha y los obreros pocos, merecemos recibir el mejor testimonio que nos dieron nuestros antepasados de la religiosidad popular: la confianza en Dios, una esperanza indefectible.

Paul Buchet  –  Temuco

 

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