|Viernes, Agosto 14, 2020
You are here: Home » Artículos Destacados » Los 81 años del Papa del Evangelio

Los 81 años del Papa del Evangelio 

20130524cnsbr05051-592x320

“Está activando una Iglesia desclericalizada, sinodal y corresponsable”

Hace cuatro años y 9 meses que llegó al solio pontificio. Para darle a la Iglesia un baño de Evangelio. Para volver a las fuentes, para recuperar las raíces. Para regresar al estilo de la Iglesia primitiva, en la que distinguían a los cristianos por el ‘mirad cómo se aman’. Francisco está colocando primero, ante todo y sobre todo, el Evangelio y, después, la doctrina. Primero, la misericordia, la ternura y los pobres.

Una tarea casi ciclópea, porque el polvo de los siglos acumulado en la Iglesia es mucho. Y las resistencias a los cambios, enormes en una institución pesada y paquidérmica. ¿Tendrá tiempo Francisco para completar su primavera? Hoy, 17 de diciembre, el Papa cumple 81 años. Una edad avanzada, aunque, por ahora, no se le conocen grandes achaques y mantiene una frenética actividad.

En cualquier caso, la Iglesia y el mundo asisten atónitos a un “milagro”, que, a pesar de inesperado, ha cuajado ya en la Iglesia y en el mundo. El prodigio lleva el nombre de Francisco y el lema del también Francisco, el santo de Asís: “Repara mi Iglesia”. En estos pocos años, el Papa ha transformado una institución hundida, humillada y denostada, en un referente mundial de misericordia y esperanza. Algunos dicen que los milagros no existen. Pero aquí y ahora, ante nuestros ojos, se está cumpliendo uno de los mayores: la primavera floreciente de la vieja Iglesia católica.

En el Concilio, la Iglesia se puso al día y dejó de condenar al mundo, para salir a las calles, dar esperanza a los pobres y escrutar atentamente los signos de los tiempos. Ese ‘aggiornamento’, iniciado por Juan XXIII, lo consolidó Pablo VI y tuvo la coda de 33 días de Juan Pablo I, el ‘Papa de la sonrisa’ o el ‘Papa meteorito’. Su sucesor, Juan Pablo II, tuvo miedo del riesgo que corría una institución demasiado encarnada y dedicó su largo pontificado a ‘congelar’ el espíritu conciliar. Con la coda, esta vez más larga, de los 8 años de Benedicto XVI.

En total, 35 años de involución de una institución, que se encerró en sí misma y en sus seguridades doctrinales, miró al mundo como un enemigo y se convirtió en una “fortaleza asediada”. Con un cisma silencioso de riadas de fieles que se fueron, sin dar portazos, camino de la indiferencia y hastiados de la imagen de poder y arrogancia que transmitía. Una institución encastillada en las “verdades innegociables”, desde las que anatematizaba a sus oponentes, y con una casta clerical que tendía abiertamente al funcionariado. Y, además, señalada con el dedo social por mor de la lacra de la pederastia.

Algunos la llamaban la Iglesia de las tres P (puta, potente y paranoica). Tanto era su descrédito que estuvo a punto de hundirse por completo, al menos en Occidente, arrastrada por los vientos de la secularización y por su propia y errada estrategia comunicativa y de presencia social. La salvó la histórica renuncia de Benedicto XVI, sin fuerzas para gobernar, y la llegada del ‘Papa del fin del mundo’.

La Iglesia necesitaba con urgencia un Papa libre y decidido. Incluso, desconcertante. Necesitaba un hombre tan apasionado por el Evangelio que echase por tierra siglos de papado imperial. Necesitaba un líder que desconcertase profundamente a los que, por la inercia de los siglos, están acostumbrados a ver en el Sumo Pontífice un rey absoluto, dotado de mando y de poder sagrado, que es la máxima encarnación del poder.

El autor de esa hazaña (con la ayuda del Espíritu Santo, para los creyentes) es Francisco, un Papa que se cree el Evangelio de Jesús, que lo vive, y que está convencido de que puede seguir dando sentido a la vida de los hombres. Su programa para la Iglesia y para el mundo es un retorno a las fuentes, un regreso a los orígenes, a aquella época de los primeros cristianos, en la que la gente, al verlos, decía: “¡Mirad cómo se aman!”. Ese amor vivido y contagiado hizo crecer como la espuma a la Iglesia primitiva.

Bergoglio sabe que la Iglesia sólo puede atraer de nuevo a las masas (tanto a los alejados de siempre como a los que se han ido a engrosar las filas de la indiferencia) con autenticidad y ternura. Recuperando el mensaje primigenio de Jesús de Nazaret y haciendo que los que se dicen sus seguidores lo vivan con honradez. Volver a los orígenes y a la dinámica del seguimiento. Convertir a los católicos serios y tristes del cumplimiento (cumplo y miento) en seguidores alegres y entusiastas del Nazareno, que acogía a todos, pero sentía una predilección especial por los más pobres.

La misericordia, motor del cambio

La opción preferencial por los pobres de la Teología de la Liberación despojada de cualquier resabio marxista. Los pobres y los empobrecidos como corazón del Evangelio, como núcleo de la fe en la teoría y en la praxis, y no como un mero apéndice. El Evangelio y, por ende, la Iglesia, como motor del cambio social. Y una Teología del Pueblo, que coloca la misericordia como su motor.

Desde esa base y en nombre del Evangelio, el Papa se permite criticar el sistema que crea iniquidad, que extiende “la cultura del descarte”, que coloca al dios-dinero en el centro y, por lo tanto, escupe hacia las cunetas de la vida a amplias capas de la población, privadas de trabajo, para poder llevar el pan a casa, y de dignidad como personas.

Un duro alegato que, en tiempos de crisis, cuestiona los cimientos del poder político-económico-financiero mundial, aporta consuelo a los empobrecidos y señala el camino de la esperanza a los que sufren. Con hondo pesar de los pocos que lo tienen todo y con profunda satisfacción de los desheredados del mundo. Sean o no católicos. Porque la voz del Papa se ha vuelto planetaria, en alas de su consolidada autoridad moral e influencia global. Bergoglio es, sin duda alguna, el hombre más querido y más escuchado del mundo.

Para poder predicar hacia afuera, Francisco sabe que tiene que dar trigo, ser creíble hacia adentro. Y no sólo como persona, sino como jefe supremo de la Iglesia católica. Y es aquí donde encuentra más resistencias. Las entretelas de la vieja institución chirrían expuestas al sol del Evangelio. Porque lo que el Papa propone es un cambio de vida personal y de tendencia eclesial. Pasar de la doctrina al Evangelio. Optar por la lógica del “deseo de salvar a los perdidos” frente a la del “miedo de perder a los salvados”, que imperaba hasta ahora.

Un cambio profundo, brusco, hondo, que pasa no sólo por la tan cacareada reforma de la Curia (que también), sino por el cambio del corazón. Una conversión (metanoia). Lo explica así de claro el cardenal panameño, de origen español, José Luis Lacunza: “El objetivo no debería ser realizar sólo una reforma cosmética, sino ir al fondo y llevar a cabo una conversión pastoral, que pasa por entender la Iglesia no como un fin en sí misma sino como un instrumento para hacer el Evangelio creíble y aceptable”.

La medicina de la misericordia

De una Iglesia aduana a otra “hospital de campaña”. Para acoger a los malheridos de la vida y a los expulsados por la propia institución. Francisco quiere abrir las puertas de par en par a los Zaqueos de nuestro tiempo, personas rechazadas por los de dentro y por los de fuera, en base simplemente a leyes y doctrinas. Una Iglesia madre, con los brazos siempre abiertos y que sólo aplique la medicina de la misericordia, que es “el látigo de Jesús”.

Una Iglesia, por supuesto, desclericalizada, sinodal y corresponsable. Donde sea realmente verdad que “Iglesia somos todos” y no sólo los curas, los obispos, los frailes y las monjas. Una Iglesia comunión y pueblo de Dios, donde los laicos dejen ya de ser “clase de tropa”.

Y una Iglesia que predique con el ejemplo. Por eso el Papa es el primero que intenta hacer lo que dice. Que predica y da trigo. Que no exige a los demás lo que él no hace primero. Que no quiere obispos-príncipes y él fue el primero en abandonar el palacio pontificio, renunciar a coches de gama alta y vivir austeramente en la residencia sacerdotal de Santa Marta.

El Papa engancha a la gente, porque es un testigo creíble y, además, porque habla el lenguaje de la gente. Ha hecho pasar la forma de hablar de los Papas del arabesco al tú a tú. No necesita intérpretes. Habla clarito y sin pelos en la lengua. Papa-párroco del mundo, que se hace entender por sus fieles, sin necesidad de intermediarios. En un “magisterio continuo”, del que sus homilías diarias en la Casa Santa Marta son el corazón estratégico del pontificado.

Con las antenas puestas en el Evangelio y en el pueblo (vox populi, vox Dei), Francisco se ha convertido, en pocos años, en el personaje más relevante, influyente y popular del planeta. Con capacidad de decisión y protagonismo diplomático internacional. Un “Papa hecho pueblo”, como se dice del pronto santo y ya beato, monseñor Romero.

Decidido a echar una mano para construir un mundo mejor y, para dar primero ejemplo, en el seno de su propia casa, Francisco va a cambiar la Iglesia cueste lo que cueste y pese a quien le pese.

En su primavera no cabe marcha atrás. A los altos eclesiásticos reticentes sólo le caben tres opciones: subirse al carro de la primavera, dejar que pase en silencio y al acecho, o verse arrastrados por ella. Porque nadie puede parar la primavera en primavera. Y menos si viene en alas del Espíritu de Dios.

José Manuel Vidal   –   Director de Religión Digital

Related posts: