|Sábado, Mayo 26, 2018
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“Es hora de que la Iglesia las escuche” 

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Marinella Perroni, teóloga y biblista, fundadora de la Coordinación de Teólogas Italianas, autora de numerosos volúmenes, profesora en el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma, afronta diferentes aspectos sobre la relación entre las mujeres y la Iglesia.

La prioridad para la Iglesia es pasar de la idealización de los modelos femeninos a la realidad concreta, es decir a las mujeres de carne y hueso que forman parte del pueblo de Dios. Por ello, tal vez, más que en un Sínodo general sobre la mujer, sería mejor pensar en Sínodos locales, nacionales o continentales. Por otra parte, las problemáticas relacionadas con la mujer y su papel en la sociedad y en la Iglesia cambian según los diferentes contextos. Lo ideal, de cualquier manera, sería un Sínodo sobre los bautizados (hombres y mujeres), en el que también los hombres cobren conciencia de representar solamente la mitad de la historia y de la Iglesia.

Profesora Perroni, ¿qué le parece la hipótesis de un Sínodo general sobre la mujer en la Iglesia, propuesta por la Pontificia Comisión para América Latina? 

Tengo algunas perplejidades; me parece que para la Iglesia la prioridad es la de ponerse a escuchar a todas las mujeres, no solo a algunas mujeres a las que se les pide una intervención establecida, leída y corregida antes, y así por el estilo. Se necesitaría verdaderamente de una amplia discusión que considere a las mujeres, no una idea, un modelo de mujer que sería bueno tener dentro de la Iglesia católica; esta es la perplejidad. En cambio, sería positiva, por ejemplo, la idea de un Sínodo para América Latina dentro del cual la Iglesia latinoamericana (de la que las mujeres forman parte, porque son bautizadas y confirmadas) se interrogue abierta y ampliamente sobre qué significa para las Iglesias en América Latina la participación completa de las mujeres en el pueblo de Dios, su participación en las necesidades del pueblo de Dios.

Entonces, mejor sínodos locales o nacionales que afronten el tema… 

Yo creo que entre más pueda seguir adelante el Papa hacia la descentralización, podremos ir pasando mucho más de la abstracción temática a la concreción, y nos ocuparemos más de las cuestiones de las mujeres. Creo que el documento de la Comisión para América Latina demuestra que el problema es urgente, pues no es un problema abstracto. Por ejemplo, el próximo Sínodo sobre la Amazonia no puede dejar de pensar en la participación de las mujeres de la Amazonia en esa Iglesia, con esas necesidades. Entre más liberemos el discurso de la relación Iglesia-mujer de la abstracción, de una idealización de la mujer (digamos, también, de una retórica de lo que se espera de las mujeres), mejor. Se trata de un bagaje que la cultura actual está tratando de purificar desde hace tiempo para volver a los saludables registros de la realidad. Si, por el contrario, debemos pensar en 300 hombres de Iglesia que tienen que discutir sobre el papel ideal de la mujer, expreso algunas perplejidades.

La disminución de las vocaciones es un fenómeno general, pero en el caso de la vida religiosa femenina se asiste, en diferentes partes del mundo, a un verdadero desastre. ¿Qué significa? 

La disminución de las vocaciones de las religiosas, por supuesto, forma parte de la disminución general de las vocaciones, pero también forma parte del éxodo de las mujeres de la Iglesia, y este es el problema. El mundo de las mujeres ha cambiado tanto en los últimos 150-200 años, y se encuentra en tal ebullición que no es posible pretender volver a llevarlo al orden, normalizarlo, hacer que encaje en las categorías; los modelos anteriores han envejecido un poco. Aquí no se trata de renovar el guardarropa, sino de escuchar las voces femeninas, no las voces amaestradas, sino ir y escuchar corrientes de pensamientos diferentes. Pensemos en lo que ha sido la relación entre el Vaticano y las monjas estadounidenses; ese fue un “vulnus” para el mundo femenino de la Iglesia; no es posible poner a las mujeres unas contra otras, las rígidas contra las progresistas. No es ese el camino. Un cisma oculto de las mujeres se está llevando a cabo desde hace décadas.

También hay un problema sobre los roles; siguen siendo muy pocas las mujeres en puestos clave en la Curia vaticana, y no solo… 

No es que el problema se resuelva con un nombramiento que se convierte en el espejo encantado. El problema de la Iglesia es sistémico y a nivel de participación; el Concilio Vaticano II comenzó ha hacer que se entendiera que el problema era sistémico, por ejemplo, en relación con los laicos. En relación con las mujeres no tuvo perspectivas particulares, ni siquiera se daban cuenta. Sin embargo, inmediatamente después, a la cuestión sobre los laicos se sumó la cuestión de las mujeres, de las religiosas. Esta ebullición que se ha verificado desde hace décadas, y que ha sido un poco acallada siguiendo una apologética de lo femenino que no corresponde al esfuerzo que las mujeres han hecho tratando de crear una cultura, de proponer problemas, de pretender interlocuciones. Estamos en un mundo en el que, desgraciadamente (y lo sigo como mujer de fe), parece que se puede vivir muy bien sin Dios. También para las mujeres es fácil irse de las iglesias.

Precisamente en América Latina ha habido muchos ejemplos de lideresas femeninas en ámbito social, en la defensa de las poblaciones indígenas. ¿No ha llegado el momento de darles el valor que les corresponde? 

Habría que decidirse a hacerlo de verdad. Al Concilio Vaticano II, hace 50 años, fueron llamadas algunas mujeres (en calidad de oidoras), entre las que había también latinoamericanas; una de ellas era argentina, la más joven del grupo, Margarita Moyano, responsable del Consejo superior de las jóvenes de la Acción Católica; otras se encargaban de grandes organizaciones, y nosotros estamos aquí, hablando sobre el pequeño papel dentro de la ciudad del Vaticano. La realidad ya les había dado visibilidad, ha habido mujeres no solo fantásticas por sus virtudes personales, sino porque inauguraron, como pioneras, caminos en la Iglesia católica y tuvieron un desarrollo notable. Desgraciadamente, si no se toman en serio los movimientos históricos, al final uno se acaba dando de topes contra el muro. Y creo que hemos vuelto atrás en ciertos aspectos.

Recientemente, el Papa, precisamente en América Latina, denunció el “machismo”, habló sobre los “feminicidios”; en estos años se ha referido en varias ocasiones a la cuestión femenina… 

El magisterio de Francisco sobre las mujeres es importante. Claro, el Papa ha tocado varios puntos en diferentes ocasiones. Por ejemplo, el punto de la injusticia a nivel de retribución por el trabajo de las mujeres, y también, cuando fue a Filipinas, en 2015, dijo que no hay que tener hijos “como conejos”. Son “pellizcos” muy centrados. Otra cosa a la que solamente ha aludido, pero se trata de un aspecto fundamental, es comenzar el discurso sobre los hombres y no solamente sobre los “machos”. El día de San José alzó un velo que, ojalá, hiciera perder su hegemonía al hombre. Desde hace, efectivamente, 200 años, las mujeres están tratando de comprender quiénes son, qué quieren, qué pueden aportar a la historia, qué les ha sido negado. Se han puesto en movimiento. Y los varones, ¿quieren ponerse en movimiento? Hasta que los hombres no reconozcan su parcialidad, el problema no se afronta profundamente. Yo haría un Sínodo sobre los bautizados hombres y mujeres, para comprendernos. Abriría la cuestión de los hombres, porque, o los hombres aceptan que son una parte de la humanidad y comienzan a comprenderse dentro de la humanidad como parte, o siempre estaremos frente a la pretensión de hablar sobre las mujeres, de soportar a las mujeres, de tener paciencia con las mujeres para que recorran sus propios caminos.

En el documento de la Pontificia Comisión para América Latina se habla de paternidad responsable, de superación de comportamientos sexuales irresponsables…

Decir estas cosas, en América Latina, hablar de paternidad responsable, significa refundar el mundo. Pero me gustaría decir que no se puede generalizar, en esta parte del mundo no existe el mismo problema de irresponsabilidad sexual, nosotros tenemos otro tipo de problemáticas entre lo masculino y lo femenino. Entonces, creo que es extremadamente importante analizar la situación a nivel local, sinodal, y darle la palabra a sujetos reales, a las mujeres reales.

  Si tuviera que indicar algunas prioridades sobre este tema, ¿por cuál comenzaría? 

Por ejemplo, me gustaría que toda la historia del feminismo, con sus claroscuros (porque no existe ninguna historia sin claroscuros; y la historia de la Iglesia no es menos problemática que la historia del feminismo), se convirtiera en patrimonio compartido, con todo lo que significa. Escuchar a las mujeres es fundamental. En cambio nuestra Iglesia se ha cerrado a la posibilidad de apropiarse de todo este patrimonio, claro, evaluando, discerniendo, pero sobre todo tratando de comprender. Por el contrario, el feminismo lo ha rechazado… las primeras críticas a las cuestiones “de género” surgieron de las feministas, no de la Iglesia; entonces, si se supiera un poco más, se razonaría de otra manera. Hay demasiada ignorancia sobre todo lo que se relaciona con el pensamiento de las mujeres en las últimas décadas. Hasta que en la Iglesia cierta conciencia no se convierta en un patrimonio compartido, se seguirá errando inevitablemente. El otro día hablaba con un sacerdote, un profesor, que se ocupa del curso de Teología feminista, y le dije: “Finalmente, este es un signo de futuro, porque no solo deben ser las mujeres a hablar sobre esto”. Es como si hablaran de la Guerra Civil española solamente los republicanos; no es posible, deben hablar todos, es historia, es vida. Un poco de valentía y de conocimiento, antes de defenderse y de atacar.

Se habla mucho de las reformas de Francisco. ¿Qué espera en este campo? 

La primera de las reformas que promueve el Papa es la reforma de las conciencias, de los comportamientos, de las orientaciones de fondo. Yo añadiría una reforma de la valentía, la voluntad de asumir la historia, de conocerla, y no atrincherarse; y esto nos lo dice Francisco en todas las formas: una Iglesia que se atrinchera no comprende nada, solo hace daño; no hay que atrincherarse, hay que estar en el mundo y comprenderlo.

Vatican Insider  –  Reflexión y Liberación

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