|Sábado, Mayo 26, 2018
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Comentarios a la Carta del Papa Francisco 

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Presentamos estos comentarios a la Carta del Papa Francisco que hace Jorge Costadoat, Jesuita y Doctor en Teología. A la espera de la Conferencia de Prensa de este Viernes, estas reflexiones del P. Costadoat nos representan plenamente (N d ela R).

Queridos hermanos en el episcopado,

Les quiero agradecer que hayan acogido la invitación para que, juntos, hiciéramos un discernimiento franco frente a los graves hechos que han dañado la comunión eclesial y debilitado el trabajo de la Iglesia de Chile en los últimos años.

El Papa y los obispos chilenos han realizado un discernimiento. Es decir, en un ambiente de oración y en la presencia del Señor, han analizado hechos y, para juzgarlos, han utilizado como  criterio el Evangelio y la tradición de la Iglesia. ¿Qué  hechos? No sabemos exactamente cuáles. Es presumible pensar que el documento de 9 páginas que Francisco entregó a los obispos chilenos para meditar, contuviera información acerca de abusos que muchos de los congregados no conocían del todo. En materia de abusos, sabemos que el encubrimiento también puede darse entre pares. La conferencia episcopal chilena no tiene un pacto de silencio. Sería injusto afirmar  algo así. Pero la tendencia a la defensa corporativa, como en cualquier institución, ha podido operar de un modo tácito. Los obispos han necesitado ser mejor informados para formarse un juicio y discernir junto con el Papa. Lo que se dice a uno no tiene el mismo efecto que lo que se dice a todos aunque sea exactamente lo mismo; el saber es apropiado por todos.

Francisco lamenta el daño eclesial que “graves hechos” han causado a la comunión eclesial y al trabajo de la Iglesia. No especifica de qué daño se trata. ¿Cuáles pueden ser? Por de pronto, sufrimientos, heridas y traumas profundos infligidos víctimas católicas. Además, la Iglesia entera está estremecida por estos abusos y las prácticas de encubrimiento de quienes, en vez de pensar primero en los inocentes, defendieron la institución que los ha puesto en un lugar de responsabilidad y, por tanto, responsables de eventuales abusos de poder. Los católicos están airados, por parejo, contra los obispos y nosotros los sacerdotes. No nos creen, no hay confianza. En muchos se ha terminado por quebrarse la pertenencia a la Iglesia. Generaciones completas de jóvenes talvez nunca llegarán a creer en Jesucristo.

A la luz de estos acontecimientos dolorosos respecto a los abusos -de menores, de poder y de conciencia-, hemos profundizado en la gravedad de los mismos así como en las trágicas consecuencias que han tenido particularmente para las víctimas. A algunas de ellas yo mismo les he pedido perdón de corazón, al cual ustedes se han unido en una sola voluntad y con el firme propósito de reparar los daños causados.

Francisco confiesa él mismo, junto con los demás obispos,  haber caído en la cuenta de la gravedad de los abusos, especialmente los cometidos contra menores de edad. A mi parecer,  el Papa ha concluido el proceso que muchos hemos debido llegar a hacer de creer a las víctimas. El beneficio de la duda, a futuro, no la tendrá quien detente el poder en la iglesia, sino los  que alegan haber sido atropellados en su dignidad humana. Esto no asegura que en los conflictos entre los fieles y las autoridades, que evidentemente continuarán produciéndose mientras no termine la historia, la verdad esté siempre del lado más débil. Pero no podrá decirse tan fácilmente que los que alegan justicia son difamadores. Francisco, durante  su paso por Chile, estaba a medio camino en este proceso. Ha sido la reunión cara a cara con Hamilton, Cruz y Murillo, encuentro prolongado y empático, la causa de haber concluido el Papa el  proceso de toma de conciencia del problema.

El Papa pide perdón. Lo hace a nombre propio. Él se ha equivocado. Fue engañado por otros, dijo no hace mucho. ¿No fue también negligente en ponderar las informaciones que le llegaban de lado y lado? Pero, ¿fue efectivamente engañado? No sabemos. Sí ha podido ocurrir lo anterior. La jerarquía y muchos fieles laicos no han terminado de darse cuenta de lo que significa este tipo de daños y de lo atroz que puede  ser para una víctima pedir justicia a quien debe hacerlo y no recibir más que portazos. El Papa también pide perdón por esta iglesia,  por quienes no le han creídos a los inocentes y,  en cambio, ha  preferido a las que aguas se calmen antes de tiempo. El Papa, empero, no ha debido pedir perdón por laicos y sacerdotes que, desde la primera hora, han exigido verdad y justicia. Se lamentaba hace poco un laico al cual, en misa, se le hacía rezar una  oración en la que todos los asistentes a la eucaristía debían pedir perdón. ¿Por  qué? Él no había hecho daño a nadie. ¡Qué pidan perdón los culpables!,  me decía. Pues se han puesto de moda las peticiones de perdón por pecados que no son los verdaderos pecados o en nombre de

Les agradezco la plena disponibilidad que cada uno ha manifestado para adherir y colaborar en todos aquellos cambios y resoluciones que tendremos que implementar en el corto, mediano y largo plazo, necesarias para restablecer la justicia y la comunión eclesial.

Los discernimientos acaban en decisiones. Los cambios y resoluciones por venir los realizará el Papa, no los obispos chilenos. Estos solamente han contribuido con plena disponibilidad a lo que Francisco ha emprendido.

-¿Qué resoluciones tomará Francisco? Probablemente removerá a los obispos que fueron dirigidos espirituales de Karadima. Es de esperar que la Iglesia no haga de esto una carnicería. Se necesita verdad, justicia y piedad.

¿Qué cambios urge implementar? Tengo en mente dos. Uno, a mediano plazo, dar participación a todos los bautizados y bautizadas en la elección de los próximos obispos chilenos, de ahora en adelante. Todos, a algún nivel,  tendrían que poder decir siquiera una palabra acerca del obispo que quieren y necesitan. Segundo, a largo  plazo, reestructurar la formación del clero. No  pueden seguir  formándose clérigos que creen ser “sacros” y que establecen una distancia “sacra” con el  resto de los seres humanos, distancia que suelen acotar con actos autoritarios y despóticos. Las primeras en agradecer cambios así, serán las religiosas, víctimas sempiternas de la prepotencia de los párrocos y otros curas.

Después de estos días de oración y reflexión los envío a seguir construyendo una Iglesia profética, que sabe poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el migrante, en el abusado.

Francisco, que quiere una “iglesia pobre y para los pobres”, concluye su proceso psicológico y espiritual asociando a los pobres de Mt 25, 31-46 con “el abusado”. Es el Papa latinoamericano que opta por los pobres. En el juicio final, si alguien nos absolverá, serán las víctimas inocentes de la violencia.

Por favor, no se olviden de rezar por mí.

Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Fraternalmente.

FRANCISCO

www.reflexionyliberacion.cl

 

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