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“No a una Iglesia de solterones” 

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Lo ha proclamado Francisco en la sencillez de su homilía en Santa Marta el 21 de mayo pasado en la festividad de “La Iglesia Madre”. ¡No me lo puedo “de” creer!, pero estas han sido sus palabras. “La Iglesia es femenina”, “es madre”. […] En cambio, cuando es una Iglesia masculina, se convierte, tristemente, “en una Iglesia de solterones”, incapaces de amor, incapaces de fecundidad”.

Soltero etimológicamente proviene del latín “solitarius” (solitario). Es el estado natural de la persona que se encuentra sin una pareja. La soltería es una opción humana que algunas personas eligen libremente de por vida. No tiene por qué ser una experiencia horrible. De hecho, muchas personas descubren aspectos muy importantes de sí mismas tras optar por la “soledad”. Se dice que lo mejor de estar soltero es no tener que estar pendiente ni dependiente de nadie. Pero también encierra aspectos negativos. Lo peor, sentir que se privan de compartir su vida con alguien. Compartir la vida hace crecer en muchos aspectos. Uno cuando está solo tiende a “repetirse”, a anquilosarse. A nivel social, se aprecia cierto halo de superioridad entre los que son capaces de llevar una relación de pareja y los que no.

El término “solterón” es despectivo

Se usa normalmente para referirse a alguien que ha alcanzado o sobrepasado la edad en la que, en su sociedad, se consideraría propio casarse, sea por desprecio o menosprecio al matrimonio, sea por desinterés por el compromiso serio. Les resulta más cómodo seguir una vida “libre de ataduras”. Es decir, sería una persona más bien comodona, acomodaticia, sin verdaderos objetivos, poco dada a tomarse las cosas en serio y a “complicarse la vida”. Solo le interesa vivir sin que nadie lo controle. Está claro que también en intención del papa Francisco “solterones” suena a desprecio, a descrédito, un don nadie, alguien amargado, insoportable, rancio… Desgraciadamente abundan los curas solterones, de los de raza, maniáticos, malhumorados, caprichosos, mandones, engreídos… gente sombría. Es decir, se trata de sacerdotes que se sienten reprimidos, desmotivados, desilusionados, cansados, en una palabra “quemados”; personas sin otro sentimiento que su ego, que se aferran a su “dignidad clerical” para dominar y manipular y poder sentirse alguien, incapaces de afectividad, de amar, de ser fecundos, como dice Francisco.

¿Qué habrá querido sugerir el Papa en esta homilía?

En el desarrollo han coincidido dos aseveraciones puntuales. La primera, “Sin la mujer, la Iglesia no va adelante, porque ella es mujer”. La segunda, la adoptada como título de mi reflexión: “No a una Iglesia de solterones”. Ya tenemos bien claro que Francisco intenta que la mujer ocupe puestos de responsabilidad en la Iglesia. Lo ha dicho y lo ha llevado a efecto en varias ocasiones. Con la segunda rotunda afirmación, ¿no habrá pretendido insinuar que no quiere en la Iglesia curas “solteros por obligación”? ¿No habrá intentado sugerir que la mujer aportará al “cura solterón” la sensibilidad, la afectividad, la capacidad de amar, la ternura que reportará la mujer a la Iglesia como “esposa y madre”? ¿Acaba Francisco de abrir las puertas al fin del celibato? ¿Es útil y necesario el celibato en la sociedad y en la Iglesia del siglo XXI?

El problema del “celibato” está actualmente en tierra de nadie

Muchos lo intentan perpetuar sacralizándolo, santificándolo y endiosándolo; no pocos sueñan con revisarlo adoptando una visión algo más real, que entienda el celibato como un problema práctico que resolver. Desde luego, el debate no es de ahora. Sin embargo, en esta cuestión todos los Papas, desde el Vaticano II hasta hoy, reconocen que el celibato no es inherente al sacerdocio, pero se pasan el uno al otro la “patata caliente”. ¿Lo hará también Francisco?

¿Qué consecuencias está acarreando en la Iglesia el preceptivo celibato ministerial? ¿Existe una relación causa efecto entre pederastia y celibato impuesto? ¿Cómo neutralizar los efectos del celibato obligatorio? Preguntas, espinosas de responder con exactitud científica, pero muy útiles para cuestionar los propios prejuicios eclesiales. Reivindicar el celibato opcional solo tiene sentido desde una eclesiología del Pueblo de Dios: de fe adulta, de encuentro de igualdad. Muchos de los planteamientos actuales de la ética sexual de la Iglesia precisan de una nueva reflexión.

Se está fraguando la ordenación de hombres casados (“viri probati”)

Y es que la elección de “viri probati” para los ministerios era ya práctica habitual de las primeras comunidades. Quiero hacer aquí referencia a un artículo mío publicado hace unos meses (“Viri probati” y “viri reprobati”). En él afirmaba que los actuales curas casados son “viri reprobati”. Personas que han optado precisamente por compartir su vida con una mujer. Que no estaban dispuestos a llevar una aburrida e infecunda existencia de “curas solterones”. La unión a una mujer que vive la misma inquietud cristiana, que comparte no sólo la comunidad de vida sino la comunidad de compromiso, que participa de las mismas aspiraciones y proyectos, es una riqueza inestimable que supera cualquier “noble ascetismo”, por mucho que se quiera sublimar el celibato. “¿Acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros una esposa creyente, así como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?” (1Cor. 9,5). Atrevida reivindicación de Pablo en defensa de su ministerio apostólico.

Francisco intuye que la aportación de las mujeres en la Iglesia será decisiva; que lograrán con su dinamismo, su sensibilidad e intuición resituar lo femenino en la vida de los curas y de las comunidades. La presencia de la mujer, en pie de igualdad al lado del sacerdote, debe ser necesariamente valorada como una presencia amorosa y fecunda, que terminará aportando todo lo que una Iglesia machista no ha sabido desentrañar del mensaje evangélico.

Pepe Mallo  –  Escritor del Pueblo

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