|Viernes, Diciembre 14, 2018
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La herencia de Medellín para la Iglesia de hoy 

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Este 26 de Agosto, recordamos los 50 años del comienzo de la Asamblea de Medellín.

De alguna manera, en mayor o menor medida, todos los hijos de la Iglesia latinoamericana tenemos conciencia del acontecimiento “Medellín”, de aquella señera Asamblea de los Obispos del continente que en Agosto de 1968 se reunieron en Colombia para escuchar, leer y comprender cómo el Concilio Vaticano II marcaba el inicio de un nuevo tiempo para la Iglesia. Medellín significó un punto de inflexión en nuestra forma de comprensión del cristianismo vivido y practicado en este lugar del mundo, en el “Sur global”. Con Medellín, la Iglesia latinoamericana comenzó a vivir un periodo de adultez, de creación de una teología nueva y propositiva (la teología de la liberación, que también este 2018 cumple 50 años), de una liturgia y una pastoral atenta a los signos de los tiempos, sobre todo a la irrupción del pobre como sujeto teológico; a la consideración de la historia como lugar de la acción de Dios. ¿Qué decir hoy, cincuenta años después, del acontecimiento “Medellín? ¿Cómo recuperar la memoria profética de los padres – y madres – de nuestro cristianismo latinoamericano? ¿cómo los teólogos estamos dispuestos a recibir creativamente las orientaciones magisteriales de la II Asamblea del CELAM? ¿cómo la Iglesia, Pueblo de Dios, en medio de sus actuales circunstancias, está atenta a los signos de los tiempos y a su discernimiento?

La Asamblea tuvo por nombre “La presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina”. Con el nombre se muestra, a su vez, la opción metodológica, teológica, pastoral y social de Medellín: es necesario mirar hacia la realidad concreta del hombre y de la mujer latinoamericanos. La Iglesia en el Concilio ya había reconocido que los gozos, las esperanzas, tristezas y protestas de los hombres y mujeres, sobre todo de los pobres, eran también patrimonio y responsabilidad de la Iglesia (Cf. Gaudium et Spes 1). Y esta comprensión antropológica se ha realizado colocando en diálogo constructivo la ayuda de las ciencias sociales (sobre todo de la mediación socioanalítica de la comprensión de la realidad) y el Evangelio de Jesús. Con ello, aparece otro desafío para las comunidades: hemos de aprender a trabajar juntamente con otras formas de interpretación de lo humano y lo cultural. La Iglesia no puede huir de la cultura ni del mundo, porque el mismo Concilio reconoce que la Iglesia está en el mundo, y que a Dios se le encuentra en el mundo. Por ello Medellín afirma: “la Iglesia ha buscado comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra que es Cristo, en quien se manifiesta el misterio del hombre” (Introducción a las conclusiones 1).

Hoy, en nuestro momento histórico convulsionado, social y eclesialmente, estamos llamados también a la transformación de la realidad a partir de Aquél que, con su muerte y resurrección, también transformó para siempre la historia del hombre. Por ello es que la mejor manera de entender el misterio del hombre y de su cultura es desde Jesucristo (Cf. Gaudium et Spes 22). Pero para lograr la transformación, es necesaria la decidida construcción de la Iglesia profética. Marins, Trevisan y Chanona (1976), en su obra Realidad y praxis en la pastoral latinoamericana muestran que con Medellín, y sobre todo desde las comunidades de base que fueron capaces de renovar la Iglesia, surge un nuevo modelo eclesial. Dicho modelo se articula en tres categorías:

  1. Iglesia profética: aquella que denuncia las injusticias y las idolatrías, que anuncia la utopía cristiana de la hermandad universal ganada por Jesucristo, Hijo de Dios, y que por dicha fraternidad se compromete con la historia.
  1. Iglesia de los mártires: la Iglesia latinoamericana es comunidad de mártires. Romero, Ellacuría, Alsina, Jarlán, tantos hombres y mujeres que dieron su vida y sangre en el compromiso consecuente con las mayorías empobrecidas. Como afirma Jon Sobrino en Jesucristo liberador, la experiencia de la Iglesia del continente asume el concepto de los pueblos crucificados que esperan ser bajados de la cruz. Esta es la Iglesia con dolores de parto, humillada (desde dentro y desde fuera ¡hoy el tema es más actual que nunca!), esperando nacer de nuevo.
  1. Iglesia, Comunión, Reconciliación: que se abre a la comunión como procesos (¡no pastorales de eventos!), en la cual la conversión al Evangelio actúa como fuerza nuclear y cohesionadora. Es la Iglesia que acompaña, que es servidora y no opresora.

Hoy podríamos añadir tantos otros calificativos: la Iglesia que no encubre, la Iglesia que deja de ser cómplice, la Iglesia que actúa por el amor a su Señor y no por el amor al poder, al dinero, a los nuevos ídolos. Tarea pendiente. Francisco está hablando, pero ¡hay que escucharlo! Puede ser que Francisco sea punto de síntesis de esta Iglesia que nace en Medellín. Y de hecho, lo es.

 Con Medellín, con las comunidades de base, con los cristianos mártires, con las esperanzas y luchas populares del continente, aprendimos (¡y hoy nos apasionamos!) a pedir un nuevo Pentecostés. En la Introducción a las conclusiones los Obispos declaran: “En esta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano se ha renovado el misterio de Pentecostés” (Introducción, 8). Hoy es necesaria la invocación al Espíritu. Si la transformación es un proyecto actual, y también pendiente, es menester comprender que ella pasa primero por el Espíritu. Así actúa la gracia: comienza desde Dios que anima al ser humano a trabajar por ella (la gracia supone la naturaleza). Creer que la transformación eclesial es sólo un patrimonio de los creyentes, sería reciclar el semipelagianismo, aquella herejía que en el siglo V de la era cristiana suponía que el primer movimiento provenía del hombre y no de Dios. Pero la paradoja del Dios cristiano nos muestra que la situación es al revés: Dios actúa primero invitando, de esta manera, a que el ser humano también actúe.

Medellín está a cincuenta años de nosotros. Hoy tenemos que mirar agradecidos hacia el pasado, comprendiendo cómo la II Asamblea significó un momento clave en la historia eclesial del continente. Es necesario surcar el contexto que la vio nacer y hoy, con la ayuda del Espíritu, continuar el discernimiento de sus alcances. La narración de los hechos sucedidos en Colombia en 1968, su puesta en práctica, la mirada crítica sobre ellos, y la decisión de caminar desde el Evangelio que animó Medellín, constituyen nuestra herencia y responsabilidad.

Juan Pablo Espinosa Arce /  Académico Teología UC

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