|Jueves, Julio 18, 2019
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“La vida está siendo transgredida por las ganancias económicas…” 

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Carta del Papa Francisco a monseñor Vincenzo Paglia por el 25º de la Academia Pontificia para la Vida: “Avanza la anti-cultura de la guerra y de la división”. Aborto y eutanasia “males gravísimos” que “nos hunden en la anti-cultura de la muerte”.

El umbral del respeto fundamental de la vida humana está siendo transgredido hoy en día de manera brutal, no solo por el comportamiento individual, sino también por los efectos de las opciones y de los acuerdos estructurales. La organización de las ganancias económicas y el ritmo de desarrollo de las tecnologías ofrecen posibilidades nuevas para condicionar la investigación biomédica, la orientación educativa, la selección de necesidades y la calidad humana de los vínculos”. Es un panorama preocupante el que describe el Papa en su carta a monseñor Vincenzo Paglia en ocasión de los 25 años de la Academia Pontificia para la Vida, creada en 1994 por voluntad de Juan Pablo II con el Motu proprio Vitae mysterium y confiada a la guía del Siervo de Dios Jérôme Lejeune.

Es culpa, escribe el Papa en la misiva, de la “desconfianza recíproca entre los individuos y entre los pueblos se alimenta de una búsqueda desmesurada de los propios intereses y de una competencia exasperada, no exenta de violencia”. Y culpa también de la “distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida de la humanidad” que parece ampliarse hasta tal punto “que da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana”.

 “Somos plenamente conscientes de que el umbral del respeto fundamental de la vida humana está siendo transgredido hoy en día de manera brutal, no solo por el comportamiento individual, sino también por los efectos de las opciones y de los acuerdos estructurales. La organización de las ganancias económicas y el ritmo de desarrollo de las tecnologías ofrecen posibilidades nuevas para condicionar la investigación biomédica, la orientación educativa, la selección de necesidades y la calidad humana de los vínculos”.

 La “comunidad humana”, que es “el señor de Dios desde antes de la creación del mundo”, aparece hoy herida y atacada. La Iglesia está “llamada a relanzar vigorosamente el humanismo de la vida”, a partir de su raíz que es el amor incondicional de Dio del cual toma su impulso “el compromiso para comprender, promover y defender la vida de todo ser humano”. No nos podemos limitar por tanto a “aplicar criterios de conveniencia económica ni política” o a “algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas”, escribe Francisco.

   En esta óptica recuerda el testimonio de Lejeune que, “claramente convencido de la profundidad y rapidez de los cambios que se producen en el ámbito biomédico, consideró oportuno sostener un compromiso más estructurado y orgánico” en el frente de la vida humana, desarrollando en la Academia “iniciativas de estudio, formación e información para que «quede de manifiesto que la ciencia y la técnica, puestas al servicio de la persona humana y de sus derechos fundamentales, contribuyen al bien integral del hombre y a la realización del proyecto divino de salvación”.

 Aprovechando su experiencia, “el propósito era el de hacer que la reflexión sobre estas cuestiones tuviera cada vez más en cuenta el contexto contemporáneo”, insiste el Papa. “Es urgente intensificar el estudio y la comparación de los efectos de esta evolución de la sociedad en un sentido tecnológico para articular una síntesis antropológica que esté a la altura de este desafío de época. El área de vuestra experiencia calificada no puede limitarse, pues, a resolver problemas planteados por situaciones específicas de conflicto ético, social o legal”, escribe a Paglia y a todos los miembros de la Academia. “La inspiración de una conducta consistente con la dignidad humana atañe a la teoría y a la práctica de la ciencia y la técnica en su enfoque general de la vida, de su significado y su valor”.

 Recordando Laudato si’, el Papa Francisco resalta “el estado de emergencia en el que se encuentra nuestra relación con la tierra y los pueblos. Es una alarma causada por la falta de atención a la gran y decisiva cuestión de la unidad de la familia humana y su futuro. La erosión de esta sensibilidad, por parte de las potencias mundanas de la división y la guerra, está creciendo globalmente a una velocidad muy superior a la de la producción de bienes”. Para el Papa se trata de “una verdadera y propia cultura —es más, sería mejor decir anti-cultura— de indiferencia hacia la comunidad: hostil a los hombres y mujeres, y aliada con la prepotencia del dinero”.

 Esta emergencia revela además “una paradoja”. “¿Cómo es posible que, en el mismo momento de la historia del mundo en que los recursos económicos y tecnológicos disponibles nos permitirían cuidar suficientemente de la casa común y de la familia humana —honrando así a Dios que nos los ha confiado—, sean precisamente estos recursos económicos y tecnológicos los que provoquen nuestras divisiones más agresivas y nuestras peores pesadillas?”, se pregunta Francisco.

 “Los pueblos sienten aguda y dolorosamente, aunque a menudo confusamente, la degradación espiritual —podríamos decir el nihilismo— que subordina la vida a un mundo y a una sociedad sometidos a esta paradoja. La tendencia a anestesiar este profundo malestar, a través de una búsqueda ciega del disfrute material, produce la melancolía de una vida que no encuentra un destino a la altura de su naturaleza espiritual”.

 Debemos reconocerlo: “Los hombres los hombres y mujeres de nuestro tiempo están a menudo desmoralizados y desorientados, sin ver”, afirma el Obispo de Roma. Todos estamos un poco replegados sobre nosotros mismos. El sistema económico y la ideología del consumo seleccionan nuestras necesidades y manipulan nuestros sueños, sin tener en cuenta la belleza de la vida compartida y la habitabilidad de la casa común”. El pueblo cristiano está llamado a reaccionar ante los espíritus negativos que fomentan la división, la indiferencia y la hostilidad”, y recoge el grito de sufrimiento de los pueblos”. “Debe hacerlo no solo por sí mismo, sino por todos. Y tiene que hacerlo de inmediato, antes de que sea demasiado tarde”.

 La del Papa es casi una súplica: “No podemos continuar por el camino del error que se ha seguido en tantas décadas de deconstrucción del humanismo, identificado con toda ideología de voluntad de poder, que se sirve del firme apoyo del mercado y la tecnología, por ello hay que combatirla a favor del humanismo”. “La diferencia de la vida humana es un bien absoluto, digno de ser custodiado éticamente y muy valioso para la salvaguardia de toda la creación”, añade el Pontífice.

 Es hora, subraya, de relanzar “una nueva visión de un humanismo fraterno y solidario de las personas y de los pueblos” y también de reconocer lo que Juan Pablo II “gestos de acogida y defensa de la vida humana, la difusión de una sensibilidad contraria a la guerra y a la pena de muerte, así como un interés creciente por la calidad de la vida y la ecología”. Wojtyla indicaba entre estos gestos “la difusión de la bioética, como la difusión de la bioética como uno de los signos de esperanza, es decir, como «la reflexión y el diálogo —entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas religiones— sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del hombre”.

 Como conclusión de la carta, el Papa se concentra en las nuevas tecnologías hoy definidas “emergentes y convergentes”, o lo que es lo mismo, tecnologías de la información y comunicación, biotecnologías, nanotecnologías, robótica. “Hoy es posible intervenir con mucha profundidad en la materia viva utilizando los resultados obtenidos por la física, la genética y la neurociencia, así como por la capacidad de cálculo de máquinas cada vez más potentes”, destaca Francisco. “También el cuerpo humano es susceptible de intervenciones tales que pueden modificar no solo sus funciones y prestaciones, sino también sus modos de relación, a nivel personal y social, exponiéndolo cada vez más a la lógica del mercado”.

 Es necesario por tanto “comprender los cambios profundos que se anuncian en estas nuevas fronteras, con el fin de identificar cómo orientarlas hacia el servicio de la persona humana, respetando y promoviendo su dignidad intrínseca”. Una tarea “muy exigente, que requiere un discernimiento aún más atento de lo habitual, a causa de la complejidad e incertidumbre de los posibles desarrollos”. 

Salvatore Cernuzio   –   Ciudad del Vaticano

Vatican Insider   –   Reflexión y Liberación

 

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