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La voz de las víctimas puede salvar a la Iglesia 

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En vista del encuentro de febrero en el Vaticano, los obispos tendrán que «escuchar directamente el sufrimiento» de quienes sufrieron abusos. El precedente del Cardenal Schönborn, los retrasos de la Iglesia italiana y el caso chileno.

Desde que en los últimos 20 años las víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes han superado la vergüenza, el miedo a los estigmas sociales, el temor de no ser creídas, y han comenzado a hablar, el escándalo de la pederastia explotó bruscamente en la Iglesia. Su voz, mucho más que los procedimientos judiciales, que los procesos canónicos, que la burocratización inevitable y necesaria del delito para obtener justicia, ha roto la lógica del encubrimiento. Del 21 al 24 de febrero se llevará a cabo en el Vaticano un encuentro dedicado a la protección de los menores en la Iglesia, en el que participarán todos los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo. En un mensaje dirigido a todos ellos, el comité organizador del encuentro en el Vaticano ha dado una indicación precisa: «encontrarse con las víctimas supervivientes a los abusos sexuales del clero, en sus respectivos países, antes del encuentro de Roma, para conocer directamente el sufrimiento que han experimentado».

“Un lamento que toca el alma”

El testimonio directo, efectivamente, tiene un valor no solamente penitencial. Es también el instrumento que puede romper «el abuso de poder» (según las palabras del Papa) que se crea y amplifica detrás del mecanismo de los abusos para defender a la institución y a sus miembros, sin importar la justicia ni la piedad. En la carta del Papa, de agosto de 2018, dedicada al escándalo y dirigida a todo el pueblo de Dios, Francisco afirmó al respecto: «El dolor de estas víctimas es un lamento que sube al cielo, que toca el alma y que durante mucho tiempo ha sido ignorado, oculto o silenciado. Pero su grito ha sido más fuerte que todas las medidas que han tratado de hacerlo callar o, incluso, han pretendido resolverlo con decisiones que han aumentado la gravedad, cayendo en la complicidad. Grito que el Señor ha escuchado mostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar».

El camino de la Iglesia austriaca

Recientemente algunas Conferencias Episcopales (empezando por las de Estados Unidos y Francia), afrontando las consecuencias del escándalo, han escuchado las voces de las víctimas; un paso no formal que indica un camino, siempre y cuando se tome verdaderamente en serio. Y, por otra parte, no se puede olvidar que algunas Iglesias locales, algunos altos prelados, sean precursores en este sentido. Entre ellos está, sin dudas, el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena y líder de la Iglesia austriaca. Desde 2003, la Iglesia en Austria se ha comprometido, a la luz de los casos de avisos, en el combate de la plaga de la pederastia mediante un proceso nada fácil hacia la transparencia y el reconocimiento público del escándalo.

Después, en 2010, el cardenal Schönborn organizó, en la catedral de San Esteban de Viena, una celebración penitencial con varias asociaciones de víctimas de abusos. Según las noticias que publicó “L’Osservatore Romano” en ese entonces «una decena de testimonios, mujeres y hombres, víctimas directas de los abusos o representantes de ellos, hablaron denunciando y presentando ante Dios la violencia sufrida, las heridas insanables, la desilusión, pero también sus esperanzas y sus peticiones. Ante tanto dolor, observó el purpurado, cada palabra está “fuera de lugar”. Mejor el silencio, pero no el silencio cómplice, sino el silencio reflexivo y sapiente de Job, cuya fe, según la narración bíblica, es duramente puesta a prueba». Entonces, «el purpurado ha reconocido la responsabilidad de algunos sacerdotes, tanto en casos de “violencia sexual” como al haber “ocultado los hechos”. Y ha reconocido, en nombre de la Iglesia, “haber dado más importancia a la seguridad, al poder, a la apariencia”».

Los retrasos de la Cei y el reciente cambio

En este contexto, se muestra con gran retraso la Iglesia italiana que solamente en estos últimos tiempos está tratando de recuperar el tiempo perdido. La Cei ha afinado finalmente las “líneas guía” para afrontar el fenómeno coherentemente con las indicaciones de la Santa Sede, después de haber redactado en los últimos años documentos análogos que no han superado no solo el juicio de la opinión pública, sino de los dicasterios vaticanos competentes. Ahora algo comienza a moverse, aunque el borrador de las líneas guía sobre la pederastia será sometida a votación definitivamente en el mes de mayo, en ocasión de la asamblea anual general de los obispos italianos. También habrá dos encuentros en el futuro próximo: uno antes del encuentro en el Vaticano con el Consejo de la presidencia de la Cei y otro, en primavera, con el Consejo Episcopal permanente. Sin embargo, sería importante que estos encuentros no se reduzcan a “momentos” demasiado privados, en los que la institución absuelve esencialmente un papel necesario y al cual parecería obligada. En las próximas semanas quedará claro cuál es el camino que ha elegido la Conferencia Episcopal.

Por otra parte, la relación con las víctimas no siempre ha sido fácil para la Iglesia; a menudo la experiencia sufrida ha dejado profundas e indelebles heridas en las biografías de hombres y mujeres, a veces son padres de familia que han visto las vidas de sus hijos destrozadas (muchos suicidios) por haber confiado en “su” Iglesia; en otros casos, la rabia por los encubrimientos, las protecciones ofrecidas a los depredadores seriales, no deja de agitar los ánimos. Sin contar que muchas víctimas de abusos han sido obligadas a callar, sobre todo en Estados Unidos, con imponentes indemnizaciones económicas mediante las cuales, a menudo, ha quedado sofocado incluso el escándalo. En algunos casos, las desorbitadas indemnizaciones de las diócesis han obtenido el efecto contrario, pero casi siempre el conflicto judicial nace de la intención de ocultar la verdad.

El caso chileno 

Lo cierto es que algunas víctimas se han vuelto “famosas” porque han dedicado sus vidas a luchar contra la pederastia clerical, a pedir justicia, y poco importa que, a veces, en sus discursos y argumentos entren las polémicas más ásperas. Por ejemplo, el caso de Juan Carlos Cruz, chileno. Su nombre se relaciona con el caso del obispo chileno Juan Barros, gran protector (además de otros sacerdotes) del poderoso exsacerdote Fernando Karadima, que abusó de él y de otros. Juan Carlos y algunos de sus compañeros nunca han dejado de pedir justicia, acusando a la cúpula de la Iglesia chilena.

Cuando Francisco fue a Chile, en enero de 2018, defendió a Barros, pero después explicó que había sido mal informado, por lo que se retractó radicalmente y se ocupó del doloroso caso de los abusos en el país andino de una manera que se convirtió en un banco de prueba para la Iglesia universal. En este camino de concientización, en el que incluso renunciaron todos los obispos chilenos, de investigaciones conducidas directamente por el Vaticano, mediante el enviado del Papa, monseñor Charles Scicluna, la voz de las víctimas tuvo un papel importante. Cruz y otras dos víctimas de Karadima fueron escuchadas en una serie de largas entrevistas por el Pontífice. Es precisamente una de las cosas lo que pedían.

En 2015, Cruz, en una carta enviada al Papa, en la que describió con detalles los abusos sufridos y los encubrimientos de Karadima, concluyó: «Sigo adelante, aunque cueste, querido Santo Padre, trato de no caer en la tristeza y en la desesperación porque espero que alguien como usted pueda hacer algo. Espero, si Dios quiere, ir a verle un día y abrazarle personalmente. Siempre rezo por usted. Por favor, ayúdenos. Quiero creer desesperadamente en usted y conservar mi fe. Todo lo que ha sucedido en los últimos años y en los últimos días indica lo contrario. Por favor, Santo Padre, no sea como todos los demás. Somos muchos los que creemos, a pesar de todo, que usted puede hacer algo».

Francesco Peloso   –   Ciudad del Vaticano

Vatican Insider   –   Reflexión y Liberación

 

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