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Condiciones que facilitan el abuso sexual en la Iglesia Católica 

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Desde la asunción al papado de Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, se ha producido un destape de gran cantidad de casos de abuso sexual en la Iglesia cometidos principalmente por miembros del clero y de la alta jerarquía, muchos de ellos contra menores.

El conocimiento de esta realidad ha sido motivo de escándalo en el mundo católico y de preocupación principal del mismo Papa que ha tratado el tema del abuso contra menores en 13 documentos pontificios, además de otros 4 documentos emanados de la comisión pontificia para la protección de los menores[1]. Baste para confirmar las afirmaciones anteriores recordar la reciente cumbre de presidentes de conferencias episcopales de todo el mundo titulada “La protección de los menores en la Iglesia”, convocada para tratar exclusivamente el tema de los abusos sexuales en la Iglesia Católica, realizada en febrero de 2019 con participación de unos 200 obispos y cardenales. En el discurso que el papa hace a los asistentes se refiere particularmente al abuso sexual contra menores, calificándolo como una plaga en la sociedad que también afecta a la Iglesia: “Debemos ser claros: la universalidad de esta plaga (el abuso sexual de menores), a la vez que confirma su gravedad en nuestras sociedades no disminuye su monstruosidad dentro de la Iglesia. La inhumanidad del fenómeno a escala mundial es todavía más grave y escandalosa en la Iglesia, porque contrasta con su autoridad moral y su credibilidad ética”[2].

Develada esta realidad desde su más alta autoridad es necesario preguntarse qué características de la Iglesia Católica pueden ser causas que permiten amparan o refuerzan la existencia de gran cantidad de casos de abuso sexual, y particularmente de abuso sexual de menores, cometidos por personas que pertenecen al orden jerárquico o religioso de la institución. Si se logra avanzar en respuestas plausibles, también se podría avanzar en prevención y disminución de los casos. Las reflexiones que siguen apuntan en esa línea e irán tratando de responder, de lo más amplio a lo más restringido, por qué en la Iglesia Católica se dan condiciones para el abuso, en general, luego, por qué se dan condiciones especiales para el abuso sexual y, finalmente, por qué se favorece el abuso sexual contra menores.

a) La doctrina y la organización de la Iglesia Católica favorecen el abuso

Partiendo por lo más general, me parece que la doctrina sobre la autoridad y la estructuración de la Iglesia Católica favorece el abuso de poder y de conciencia. El ordenamiento jerárquico y el ejercicio de la autoridad que se le atribuye a quienes pertenecen a la jerarquía, es decir a obispos y sacerdotes, se funda en la creencia de que tienen origen divino. Esto implica que quienes mandan en la Iglesia lo hacen por mandato de Dios, razón por la cual se facilita la obediencia por parte de quienes adhieren a esa creencia, transformándose muchas veces en obediencia ciega. El desarrollo de esta creencia en el origen divino de la autoridad genera argumentos complementarios para afianzar las posibilidades de dominación por parte de los detentores de la autoridad, así como la posibilidad de sometimiento por quienes la creen, transformándose en la dinámica propicia para el abuso.  Veamos algunos de ellos:

  • El poder que se le atribuye a la jerarquía para conocer la verdad revelada les permite a sus miembros situarse con la autoridad de interpretación sobre la verdad y el error en la vida.
  • La condición de superioridad para conocer la verdad no se refiere a un conocimiento superior sobre temas de desarrollo humano, como la de un experto en medicina, por ejemplo, sino al conocimiento de la verdad absoluta e indiscutible que viene de Dios, especialmente aplicable a las verdades sobre la ética de la conducta humana.
  • Quienes pertenecen al orden jerárquico tienen autoridad para enseñar la verdad y para interpretar la manera como la verdad se aplica en la vida. Este poder de interpretación les permite sentenciar con autoridad cuándo se actúa bien o mal, según se ajuste o no a esa verdad revelada, pudiendo dirigir no solo las conciencias sino también el actuar de quienes están sometidos a esa jerarquía.
  • Por último, la autoridad de quienes ejercen el orden jerárquico se completa con la atribución de poseer el poder para perdonar o condenar las conductas, en representación de Dios, según la verdad revelada, mediante el sacramento de la penitencia. Así, además de juzgar si algo es bueno o malo, la autoridad tiene el poder de definir en qué consistió lo bueno o lo malo en la conducta personal y de anular lo malo ante Dios, a condición de que quien ha cometido lo malo reconozca lo que se le ha señalado como malo y cumpla las penas que la autoridad le imponen como penitencia.

Me parece que este entramado es un poderoso facilitador del abuso de poder que pueden ejercer los miembros del clero sobre las conciencias y sobre el actuar humano.

Otro factor que favorece el abuso de poder sobre las conciencias es la enseñanza de que la forma de vida elegida por quienes detentan el poder sagrado tiene superioridad moral en relación con la vida de las personas comunes. Se sostiene en la Iglesia Católica que quienes han podido acceder a la jerarquía han hecho renuncia a diversos aspectos de la vida común, como una manera de entrega más perfecta al servicio de la Iglesia y de su misión. Esta superioridad recae no sólo en los integrantes de la jerarquía sino en todos los miembros de la Iglesia que deciden adscribir a la vida religiosa siguiendo los consejos evangélicos (castidad, obediencia y pobreza), dando a esas personas, sean o no miembros del clero, una posición de superioridad y de poder sobre los otros miembros de la Iglesia.

La estructuración del orden jerárquico y de la vida religiosa se organizan en instituciones altamente jerarquizadas y reglamentadas, en las que la subordinación y la obediencia a la autoridad constituida forman parte de una virtud y de una obligación que se comprometen a cumplir quienes quieren formar parte de ellas. Esta característica genera relaciones de poder al interior del clero y las órdenes religiosas, de manera que quienes se integran a la vida religiosa o clerical también quedan vulnerables al dominios y abuso de autoridad.

La estructuración del orden jerárquico como cuerpo, contribuye a dar a la autoridad de cada uno de sus miembros un soporte colectivo que potencia su poder individual. El cuerpo episcopal es considerado la versión actualizada del grupo de 12 los apóstoles, dando a sus actuaciones colectivas un peso de autoridad adicional. Consecuentemente, cada uno de sus integrantes puede sentirse legítimamente como un apóstol, de manera que pertenecer a este nivel de la jerarquía potencia su autoridad y en la misma proporción las posibilidades de ejercerla abusivamente sobre quienes adhieren a esa creencia. Esta derivada se repite en las pertenencias a colectividades de menor rango jerárquico, pero con similar modo de operar dentro de las estructuras de la Iglesia Católica.

La Iglesia Católica es una institución fuertemente androcéntrica, donde el poder sagrado y de gobierno están exclusivamente ejercido por varones. Esto genera una cultura de dominio masculino como un hecho natural, lo que facilita que no se adviertan ni cuestionen los comportamientos abusivos de carácter machista, porque en la sociedad en general se han naturalizado. Consecuentemente, se desarrolla también una cultura de subordinación femenina en la Iglesia que coloca a las mujeres en situaciones muy susceptibles de ser objetos de abusos de autoridad y poder}

b) La doctrina y la organización de la Iglesia Católica favorece el abuso sexual

Las características mencionadas en el apartado anterior facilitan las conductas abusivas por parte de los miembros de la jerarquía y de quienes abrazan la vida religiosa, en ámbitos muy amplios y diversos, incluyendo también el abuso sexual. En consecuencia, al focalizar nuestra reflexión en los abusos sexuales en la Iglesia Católica es pertinente inferir que todas las facilidades que ofrecen las características anteriores para el abuso en general se apliquen al abuso sexual. Sin embargo, hay aspectos que se refieren más focalizadamente al tema sexual en la Iglesia Católica que favorecen específicamente el abuso en ese ámbito del comportamiento. A ello me refiero en las reflexiones siguientes.

Para comenzar esta parte de la reflexión, debo señalar que pienso que el ser humano es intrínsecamente sexuado y que la pulsión sexual se expresa poderosamente en la vida, como un instinto de atracción y deseos sexuales difíciles de desconocer o de reprimir. En sicología se habla de sublimar los impulsos instintivos mediante la focalización de la energía en actividades distintas a la que se dirige espontáneamente el instinto. Llevada a la sexualidad, esta operación de la razón y la voluntad obraría ocupando la energía de la atracción sexual en una actividad distinta, que consiguiera aplacar el impulso y desviarlo hacia un objeto de deseo no sexuado. Me parece que si esta operación de la razón y la voluntad se pudiera realizar en algunas ocasiones, ejercer esa manera de vivir el instinto sexual sostenidamente y de manera perpetua es de extrema dificultad y requiere de poderes extremos, cultivados con dedicación acuciosa para no sucumbir ante la fuerza de la naturaleza.

En primer lugar, basado en la premisa anterior, considero que el aspecto más relevante que genera condiciones para que se produzcan los abusos sexuales en la Iglesia Católica es su doctrina sobre la sexualidad humana y sobre la manera como debe ser vivida obligatoriamente en la condición clerical y religiosa. En términos simples, para la enseñanza de sus fieles, el catecismo de la Iglesia Católica señala que “La perfección de la caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes asumen libremente el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino” (n° 915). Esta obligación conlleva dos elementos inseparables según el texto: el celibato, que consiste en no casarse, y vivir en castidad (que en otros documentos se le llama virginidad, aplicada a las mujeres), que consiste en no tener práctica sexual, al menos en su expresión genital. No basta para las personas consagradas con ser célibes, sino que tienen que ser célibes que renuncian a ejercer prácticas sexuales. Pretender que esta exigencia extrema es practicable genéricamente por todos quienes quieran formar parte de del clero y la vida religiosa es una ilusión que, salvo contados casos de capacidad extraordinaria de sublimación, se va a escapar de la represión favoreciendo su expresión en prácticas no educadas y mal conducidas.

En segundo lugar, dada la ingenuidad con la que la Iglesia Católica ha supuesto que, de manera general, gracias a la simple voluntad y a la acción milagrosa de la gracia divina[3], es posible resistir a la tentación de lo prohibido y no ejercer la sexualidad, no se exigen condiciones humanas especiales para optar a perpetuidad por una vida sin ejercer la sexualidad ni se educa con rigurosidad para poder mantener esa opción de manera constante. Ello favorece que haya muchas personas que comprometen una vida célibe y casta sin las condiciones para cumplirla sanamente, lo que facilita que el instinto sexual se exprese de manera insana, como una explosión descontrolada cuando la voluntad no da más. En esas condiciones se favorecen conductas sexuales abusivas.

En tercer lugar, la condición de negación de la práctica de la sexualidad para ingresar al orden religioso es un atractivo para personas que por múltiples razones tienen conflictos con la vivencia de su sexualidad. Una manera de evitar el problema es entrar a una organización en que existe la obligación de no ejercer la sexualidad. Ello favorece que a la Iglesia Católica postulen y se incorporen personas con una sexualidad mal integrada, en una institución que aborda el tema de manera ingenua, según lo planteado en el párrafo anterior, favoreciendo que en la conflictividad se produzcan relaciones sexuales abusivas.

En cuarto lugar, paradojalmente la vida religiosa que supone la proscripción de la sexualidad se vive desde su formación en grupos humanos que tienen relaciones de gran intensidad afectiva y de intimidad corporal. Ambas condiciones estimulan la necesidad de la expresión sexual que, sin embargo, debe ser reprimida. Esas condiciones paradojales, que generan confusión y temor, son propicias para que se produzcan prácticas mal consentidas donde el atrevimiento a la transgresión del más audaz o del más fuerte ejerce un dominio abusivo sobre otros más débiles.

En quinto lugar, el tratamiento negacionista del poder del instinto sexual y la percepción ilusoria de que una gracia divina suplirá las debilidades de la voluntad humana ante el instinto generan la idea de que quienes sucumben ante el deseo son culpables de falta de compromiso o de falta de fe que impide actuar al poder divino. Una percepción culposa y vergonzante del propio comportamiento favorece la manipulación de la conciencia ajena por quienes tienen el poder y la autoridad, generando condiciones para que la relación de abuso de poder y de conciencia, así como su correlato que es la subordinación a la autoridad, se manifieste en relaciones en las que se ejerce la sexualidad de manera abusiva.  Este mecanismo opera principalmente en las relaciones de abuso sexual que se da al interior de las comunidades de vida religiosa entre quienes han optado por el celibato y la castidad y ha sido una constante en los casos de abusos sexuales develados en los últimos tiempos en la Iglesia Católica.

En sexto lugar, la sexualidad pecaminosa y culposa no se puede vivir abiertamente, por lo que conduce a quienes han caído en lo prohibido al ocultamiento y la clandestinidad. Cuando se ha entrado en la clandestinidad se produce un círculo vicioso que exige mantenerse en ella y cuanto más tiempo y más hechos clandestinos, más presa la persona de seguir viviendo en la clandestinidad. En esas condiciones de culpas clandestinas acumuladas, la víctima queda sometida al chantaje y otras formas de manipulación que dan poder al abusador y facilitan la mantención de la situación de abuso sexual.

En séptimo lugar, la supuesta superioridad moral que se le atribuye a quienes han optado por la vida religiosa, por sobre el resto de los adherentes a la Iglesia Católica, así como la autoridad que se le entrega a quienes tienen roles jerárquicos, permiten que se le otorgue a esas personas el poder de dar significado y de juzgar las conductas sexuales, pudiendo manejar las conciencias y las conductas de los subordinados. Estas condiciones son un facilitador del abuso sexual tanto de personas que lo realizan desde las estructuras del poder religioso hacia el común de los miembros de la Iglesia Católica, como de quienes lo practican al interior del orden religioso.

En octavo lugar, la Iglesia Católica se sitúa en la sociedad como una entidad espiritual, que tiene una dimensión que está fuera de las realidades civiles.  Por ello, las conductas de sus miembros se definen, se juzgan y tienen consecuencias prácticas de acuerdo con creencias y doctrinas que funcionan de manera paralela y distinta a las definiciones, juicios y consecuencias que los mismos hechos tienen en la sociedad civil. Esto pasa con los conceptos de pecado, juicio y penitencia, que se usan en la Iglesia Católica y se aplican en paralelo a los conceptos de delito, juicio y pena de la justicia civil. Esta realidad da la posibilidad de que en la Iglesia Católica el juicio religioso reemplace al juicio civil, facilitando la sensación de que las consecuencias punitivas por el abuso sexual pueden ser restringidas a arreglos de orden espiritual, quedando impunes en el orden civil. Esta práctica institucional ha sido una constante en la forma de tratar los casos de abusos sexuales develados en el último tiempo en la Iglesia Católica.

En noveno lugar, solo una breve mención al hecho de que los busos sexuales develados en la Iglesia Católica han afectado mayoritariamente a acciones homosexuales masculinas. Considero que este hecho no tiene ninguna explicación que se pudiera atribuir a que la inclinación o la opción homosexual sea una condición que favorece el abuso, más que cualquier otra inclinación u opción. Me parece que la prevalencia de abusos en acciones homosexuales masculinas denunciadas en la Iglesia Católica se explica, en primer lugar, por la prevalencia inmensamente mayor de hombres con poder en relación con la cantidad de mujeres con poder en la Iglesia Católica, debido a la exclusividad del acceso masculino al orden sagrado, la mayor fuente de poder en la Iglesia[4]. Siendo el abuso sexual una derivada del abuso de poder, es explicable que se produzca mayoritariamente cometido por hombres. Por otra parte, la prevalencia mayor de homosexualidad que existe en la Iglesia Católica, en comparación a la prevalencia que se da en la sociedad, explica la alta cantidad de abusos que se denuncian en acciones homosexuales. Esta mayor notoriedad del abuso sexual homosexual masculino que ha trascendido en la Iglesia Católica no significa que el abuso homosexual femenino o el abuso sexual heterosexual sea necesariamente menor o falto de gravedad. Simplemente, por ahora se puede decir que ha trascendido menos.

El abuso contra menores

Para terminar, una breve reflexión sobre tres razones que pueden explicar la facilitación del abuso sexual contra menores en la Iglesia Católica, teniendo como antecedentes las condiciones favorables para el abuso sexual que se desprenden de las reflexiones anteriores.

En primer lugar, la Iglesia Católica recibe una gran cantidad de niños, niñas y adolescentes (NNA) de ambos sexos en instituciones y actividades organizadas por ella, como son escuelas, colegios, parroquias, grupos de scouts, de catequesis, comunidades juveniles, misiones, etc. Estas instituciones y actividades constituyen ambientes cerrados donde el agente eclesial tiene un dominio exclusivo y muchas veces solitario o con escasa compañía adulta que pueda ejercer una vigilancia sobre los comportamientos en relación con los NNA. El gran número de posibilidades de contacto en ambientes con concentración de NNA y sin control interno es un factor que facilita el abuso sexual infantil.

En segundo lugar, el contacto de los agentes eclesiales con los NNA se da en ambientes en los cuales las familias han confiado en ellos, lo que se traduce en una falta de vigilancia externa hacia las personas a cargo de las instituciones y actividades. La confianza y la ausencia de sospecha se traduce en falta control sobre las conductas y falta de atención sobre los signos de ser víctimas de abuso por parte de los NNA, generando el ambiente de mayor seguridad para cometer los abusos.

Finalmente, el abuso sexual requiere de personas que estén en condiciones de debilidad frente al abusador para que el abuso pueda ser cometido con las mínimas posibilidades de resistencia o de denuncia. Los NNA son en este sentido víctimas preferidas, pues sus criterios en formación son fácilmente manipulables por el ascendiente de un adulto, especialmente si este ha generado lazos de confianza con la familia y lazos afectivos con los NNA.

Las reflexiones anteriores son un intento por entender los mecanismos ideológicos y estructurales que favorecen el abuso sexual en la Iglesia Católica, más allá de la casuística que explica los hechos en características personales y situaciones particulares. Me parece que si se quiere atacar la raíz del problema es necesario ahondar en estas -y seguramente en otras causas que han quedado fuera de esta reflexión- y generar los cambios en la doctrina, en la normativa y en la organización misma de la Iglesia Católica.

[1] Los documentos se pueden descargar en: http://www.vatican.va/resources/index_sp.htm#DOCUMENTOS_PONTIFICIOS

[2] Publicado en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/february/documents/papa-francesco_20190224_incontro-protezioneminori-chiusura.html

[3] “La castidad “por el Reino de los cielos”, que profesan los religiosos, debe ser estimada como un singular don de la gracia” dirá el Concilio Vaticano II en Perfectae Caritatis n°12.

[4] “Sólo el varón (vir) bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación”, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n° 1577)

Manuel De Ferrari

Teólogo / Consultor organizacional

 

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