|Miércoles, Septiembre 18, 2019
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Por qué sigo en la Iglesia 

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Hace unos años, nuestro amigo José Ruiz de Galarreta; Jesuita y estudioso de las Escrituras, dejó este valioso artículo que hoy -para la realidad eclesial chilena y Latinoamericana- tiene renovado sentido y es recomendable discernirlo con sentido de futuro y misericordia. Agradecemos a aquellas personas y Comunidades que desde Gipuzkoa nos piden volver a publicarlo.

Entre los muchos artículos y comentarios que aparecen en los medios a propósito del escándalo de la pederastia en la Iglesia, he encontrado uno que hacía referencia al problema en Alemania de que “un fuerte porcentaje de fieles están pensando en abandonar la Iglesia”.

Me parece que esta postura es lógica, además de preocupante y desgarradora, y creo que muchos de los que intentamos seguir a Jesús nos la habremos hecho alguna vez. Yo, desde luego, me lo he planteado y he llegado a conclusiones claras. Quizá a alguien le puedan servir y por eso expongo lo que siento.

Yo creo en Jesús, me convence, me gusta, me fascina, creo que “Dios estaba con Él” y creo en Dios como Él cree, en Abbá que es Padre, Palabra y Viento. Cada día descubro más verdad en el evangelio y cada vez mi fe en Él es más decidida.

Yo estoy en la Iglesia porque mis padres me llevaron a bautizar, pero ahora que puedo pensar y valorar, no me gusta nada mucho de lo que veo en la Iglesia. La primera vez que escuché la expresión de Gandhi: “me gusta Cristo pero no me gustan los cristianos”, algo se me rasgó, dolorosamente, en lo más hondo…

Yo sé y todos sabemos que la misión de Jesús fue hacer visible y creíble la Buena Noticia, hacer creíble a Abbá. Yo sé y todos sabemos que esa es nuestra misión: hacer visible el Espíritu, el Viento del Padre, para hacer creíble al Padre. Pero nada es así: ¿quién cree por vernos?

El espectáculo de este colectivo que se llama a sí mismo “La Iglesia de Jesucristo” tiene poco poder de convicción, no es una llamada a la conversión, no muestra a Dios, y, al menos para algunas personas, es más bien causa de rechazo que no de atracción.

Cuando nos ponemos críticos –críticos de todo menos de nosotros mismos- es frecuente que no nos guste la Iglesia, al menos la que aparece: una multinacional clerical, plagada de leyes y ritos, que mantiene ávidamente una situación de poder –aunque la esté perdiendo por momentos–, que maneja enormes cantidades de dinero, cuyos jefes reclaman una autoridad absoluta de origen divino y mantienen un rígido conjunto de dogmas poco comprensibles y preceptos que parecen anticuados, dando impresión de ser reliquia de un pasado superado en todos los demás órdenes de la vida…

La imagen es poco atrayente y la pregunta se ofrece espontánea-mente: ¿hay que creer en eso? ¿Dios está ahí? ¿qué tiene que ver con Jesús todo ese montaje?

Pero si somos más sinceros y reales, nos miramos a nosotros mismos y enrojecemos. Nosotros la iglesia –y me refiero ante todo a mi iglesia, la que veo y tengo cerca, la iglesia de mi ciudad, la de mis padres, la de mis amigos, ésa de la que formo parte– somos un colectivo burgués que hemos encontrado el secreto para hacer pasar al camello por el ojo de la aguja, adjetivamente interesados en los problemas del mundo, adoradores por encima de todo de nuestro status socio-económico, bastante tranquilizados por nuestra pertenencia al pueblo elegido, más preocupados por la ortodoxia que por el hambre del mundo, más inclinados al culto pomposo que a la eucaristía comprometedora, pertenecientes sobre todo a las clases burguesas medias y altas, porque las clases “inferiores” hace años, va para siglos, que se hartaron y se fueron de “la Iglesia”.

Para colmo, esto parece un comercio en rebajas por cierre inminente. Se siente en muchos sectores de la Iglesia una impresión de decepción general, un sentimiento de “esto se acaba”, como si la Iglesia fuera algo del pasado irremediablemente abocado a la desaparición.

Porque todo lo anterior se resume en unas preguntas: ¿creo en la Iglesia?, ¿quiero a la Iglesia?, ¿me gusta la Iglesia? ¿sigo en la Iglesia?. Y, el resumen de todas ellas: ¿qué significan para mí todas esas preguntas, qué quieren decir y qué importancia tienen?

Mi respuesta es: pues sí, creo en la Iglesia, ese innumerable y anónimo colectivo de gente que cree en Jesús (aunque no le conozca), que es positiva para la humanidad, respeta a los demás, anda por la vida con los criterios y valores de Jesús … todos aquellos que merecen oír “venid benditos porque a mí me lo hicisteis”.

Creo en todos esos, creo que su modo de ser no les viene de la carne sino del Viento de Dios, el que sopló en Jesús y sigue soplando en ellos. Creo, más bien veo, que es la mejor ONG de la historia, la que más ha hecho por la humanidad.

Creo, además, que nos han robado el sentirnos Iglesia, porque la jerarquía se ha preocupado de que creamos que sólo ella es la Iglesia. Así que dejo de hablar de Iglesia como conjunto de jefes sagrados más o menos poco dignos de fe y hablo de los que siguen a Jesús. En esos, sí creo. Que creo en ello significa que creo que ahí está el Viento de Jesús.

Quiero a esa Iglesia: gracias a ella conozco a Jesús, gracias a ella me han llegado los evangelios, en ella he sentido el Viento de Jesús. Me siento su hijo, le debo más que a mi madre de carne. A solas no podría creer ni esperar, ni servir, me arrastrarían vientos oscuros. Sin la Iglesia no sería nada. Me siento bien con tantos hermanos de fe, de vida, de servicio, de esperanza.

No me gusta nada la iglesia oficial, la que se llama a sí misma “La Iglesia”. No me gustan sus templos, no me gusta su autoritarismo, no me gusta su pretensión de poseer a Dios y controlar La Palabra. No me gusta su sentido de clan, su clericalismo, su antifeminismo, su sacralidad, su pompa, la importancia que se da a sí misma. Y me repugnan algunos de sus comportamientos, como los que actualmente se están dando. Todo eso y más cosas no me gustan nada.

Sigo en la Iglesia, en la que me gusta y en la que no me gusta, porque no soy un ingenuo que crea que se puede separar aquí el trigo de la cizaña, porque sé que yo pecador no soy mejor que todos esos a quienes critico, porque sé que lo propio de Jesús es sembrar, porque creo en la levadura y el grano de mostaza.

Sigo en la Iglesia, es decir, ante todo sigo en comunión con todos los que creen en el ser humano, sigo en comunión con todos los que creen en Jesús y sigo necesitando y celebrando la Cena del Señor para unirme a todos ellos en la Palabra, en la Oración y en la Comunión con Jesús.

Por esto, busco a la Iglesia, a la que no encuentro en las misas solemnes ni en las procesiones ni en los espectáculos de masas ni en la sumisión cerril. Busco dónde celebrar bien la Cena del Señor, busco personas con las que compartir la fe en la oración. Porque necesito sentirme en esa Iglesia, comulgar con esa Iglesia.

Y por esa misma razón, yo diría que por ese mismo espíritu, me disgustan y me duelen las manchas, las arrugas, los pecados de la Iglesia; porque la quiero.

Cuando vemos envejecer a nuestra madre, cuando advertimos con angustia que la vejez la va haciendo más descuidada, despeinada, quizá incluso de peor carácter… nos duele intensamente, hacemos todo lo posible por que esté guapa, limpia, no le toleramos manchas en el vestido… porque la queremos.

Nos duele intensamente la Iglesia cuando no es bella, cuando no es amable, cuando no piensa como Jesús, cuando oímos que se le critica con razón… nos duele intensamente. Y por eso no nos callamos sus defectos y trabajamos intensamente para que a los ojos de cualquiera la Iglesia –nosotros la Iglesia- haga creíble a Jesús, que sea evidente que Dios está con ella.

Por otra parte todo eso significa muchísimo para mí, hasta tal punto que es el sentido de mi vida. Ser la Iglesia, ser de los de Jesús, es antes que mi propio éxito profesional, antes aún que mi propia realización personal. Es lo primero, mejor aún, es el sentido de todo. Sin ser de la Iglesia, sin ser de los de Jesús, nada tendría sentido.

 +José Ruiz de Galarreta, S.J.

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