|Martes, Agosto 20, 2019
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La Iglesia Católica y su atractivo para la homosexualidad 

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Si bien no existen estadísticas constatadas y fiables, es un hecho ostensible la prevalencia de la homosexualidad en lo que constituye el orden sagrado en la Iglesia Católica, es decir entre quienes han tomado la profesión religiosa en las estructuras y con las reglas de la vida consagrada.

Se ha señalado en un reciente libro publicado por el periodista F. Martel que el Vaticano es “una de las comunidades de homosexuales más grandes del mundo“ y cita fuentes que lo calculan en un 80%. En la misma línea, Krysztof Charamsa, sacerdote polaco oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, junto con hacer pública su homosexualidad señaló que un 50% de curas del Vaticano eran homosexuales. La prevalencia mayor que en la sociedad general, aunque no llegue a los porcentajes anteriores, se extendería más allá del Vaticano como una realidad en las conferencias episcopales, en las órdenes religiosas, en los seminarios, etc. Esta realidad sería el motivo de que el papa Francisco esté hablando del tema tan repetidamente y se haya generado una extendida polémica al interior mismo del Vaticano, de las Conferencias episcopales y del mundo católico, al introducir este tema en el contexto de la convocatoria del Papa a la Cumbre sobre abusos sexuales en la iglesia, ocurrida en febrero de 2019.

Antes de reflexionar sobre las razones que me parecen plausibles para pensar que la prevalencia homosexual en la iglesia jerárquica es una realidad, me interesa aclarar que pienso que la orientación sexual puede ser auténtica y legítimamente homo, étero, bi, diversa o cambiante, según las biologías y las culturas humanas. Por otra parte, la opción sexual y su práctica, incluida la decisión de no practicarla, asumidas con libertad y respeto hacia los demás, también me parecen legítimas en todas sus diversidades. En consecuencia, la reflexión siguiente no pretende hacer un juicio de valor ni ético sobre la orientación ni sobre la opción homosexual. Sólo responde a la pregunta de por qué la Iglesia Católica es una institución tan atractiva para las personas homosexuales y punto.

Otra pregunta muy distinta, y la separo completamente de cualquier relación con la anterior, es por qué en la Iglesia Católica hay tanto abuso sexual. Señalo expresamente la distinción porque hay quienes consideran la homosexualidad como causa del abuso sexual en la iglesia, lo que no me parece sostenible ni justo.

La reflexión siguiente se concentra en preguntarse qué características de la Iglesia Católica han derivado en que una prevalencia homosexual fuera de lo común en la sociedad se instale en su orden jerárquico.

¿Por qué la Iglesia Católica es una institución tan atractiva para las personas homosexuales?

Hasta hace poco tiempo, la cultura occidental cristiana, influida por las doctrinas de las iglesias, calificaba la homosexualidad como una aberración de la naturaleza y su práctica una falta a la ética. Esto hacía que las personas homosexuales fueran socialmente estigmatizadas y rechazadas. En un mundo en el que solo la heterosexualidad era socialmente aceptada las personas homosexuales tenían que esconderse en el armario, es decir, reprimirse, ocultarse y a menudo forzarse a vivir contra su naturaleza para no ser sospechado de homosexual.

En este contexto, existe una institución, la Iglesia Católica, que independiente de su discurso doctrinario y moral ha ofrecido a las personas homosexuales un mundo muy atractivo para su situación. He aquí nueve razones.

En primer lugar, la Iglesia Católica ha sido vista como una institución altamente prestigiada y las personas que entraban a ser parte de su orden jerárquico no se dudaba que lo hicieran por una vocación altruista que implicaba renuncias heroicas. Difícil pensar en segundas intenciones por parte de los postulantes al clero o a la vida religiosa. Por ello, el solo hecho de optar por la vida religiosa le daba al postulante o la postulante un halo de bondad, dignidad y admirabilidad social, que representaba todo lo contrario al amenazante juicio que sentiría la persona homosexual que se mantenía en el mundo.

En segundo lugar, la Iglesia Católica les ofrece a las personas homosexuales un espacio donde se exige a los hombres no tener vida de pareja con mujeres y a las mujeres con hombres (celibato) y se les recomienda comprometerse a no tener práctica sexual (voto de castidad). Se subentendía que la práctica sexual a la que se comprometían abstenerse era la heterosexual, es decir a los hombres se les impelía a declarar su compromiso de no tener vida sexual con mujeres y a las mujeres con hombres. Qué oferta más atractiva para hombres y mujeres con orientación homosexual que una institución prestigiosa les valore como renuncia generosa y heroica lo que para ellos es una tendencia natural. Y al mismo tiempo, los libera tener que vivir ante la sociedad, como una muestra de normalidad, lo que para ellas es contra natura, como sería aparentar la atracción hacia personas del sexo opuesto, comprometerse, hacer pareja y hasta formar familia heterosexual.

En tercer lugar, la iglesia les ofrece a las personas homosexuales un lugar donde se convive exclusivamente entre personas del mismo sexo. Son las comunidades religiosas masculinas y femeninas. En estas comunidades las personas homosexuales encontrarán concentradas y únicamente a personas del sexo que les atrae: los hombres a otros hombres y las mujeres a otras mujeres, sin la sospecha de una atracción prohibida, lo que parece del todo atractivo.

En cuarto lugar, la convivencia religiosa favorece el contacto en la intimidad, facilitando que se produzcan las relaciones físicas deseadas por la atracción. En la formación para la vida religiosa se vive en comunidad, donde se comparte cotidianamente actividades domésticas como cocinar, lavar, asear y espacios de intimidad como cuartos y baños, lo que favorece la proximidad y el contacto corporal entre personas que naturalmente esa corporalidad les atrae sexualmente, facilitando e incluso propiciando de este modo la práctica sexual. Otro motivo para entusiasmarse.

En quinto lugar, la vida religiosa desarrolla actividades rituales que incentivan la complicidad afectiva y espiritual. El corazón abierto entre pares, la dirección espiritual con mayores, la confesión, la oración comunitaria y la convivencia recreativa, provocan situaciones de gran carga emocional y de intercambio afectivo. La atracción carnal se complementa con el contexto sicológico de bienestar, generando un ambiente placentero de gran poder seductor.

En sexto lugar, la Iglesia Católica convoca mucha gente, por lo que ofrece un espacio para un amplio relacionamiento social donde poder encontrarse con multiplicidad de gentes. En ese sentido facilita las ocasiones para descubrir personas de interés y establecer relaciones con ellas en un ambiente autorizado y no declaradamente homosexual. El esfuerzo por tener que salir a buscar con quien relacionarse en un mundo hostil es reemplazado por la facilidad de ser buscado por multitudes que llegan por propia iniciativa al encuentro personal.

En séptimo lugar, la Iglesia Católica ofrece un lugar para que las personas homosexuales que pertenecen al orden sagrado se vinculen con el mundo homosexual exterior desde una posición de privilegio que le facilita establecer relaciones más íntimas y de dominación con otras personas homosexuales. Ellos ya pertenecen a la institución que se ve como atractiva para un externo, por lo que pueden ser vistos como un mediador para la postulación a ese mundo. A menudo, se relacionan desde la superioridad espiritual, lo que les permite modelar la ética y la práctica de sus fieles, con autoridad. Además, actúan desde una institución que avala sus relaciones, desde el prestigio que la envuelve.  Por ello, sus relaciones se ven facilitadas y reforzadas por el poder desde el que emanan, legitimando lo que en el mundo exterior resulta sospechoso.

En Octavo lugar, para los más ambiciosos y advertidos, una institución en la que ha sido tan atractivo el ingreso para homosexuales durante siglos es esperable que entre sus miembros ocupen puestos en la jerarquía personas homosexuales, siendo un factor que podría facilitar que se abrieran espacios de poder para otros miembros homosexuales de manera privilegiada respecto de otras instituciones de la sociedad, ya sea por favoritismo o al menos por no discriminación. En esta línea, la Iglesia Católica se presenta como una buena oportunidad para subir en la escala social, ocupando puestos de poder y autoridad.

En noveno lugar, la pertenencia al orden sagrado en la Iglesia Católica ofrece una vida mantenida con bastantes seguridades y poco esfuerzo, comparado a las exigencias de la mantención en el mundo civil, donde los recursos para mantenerse personalmente y a grupos familiares en vivienda, alimentación, vestuario, medicina, locomoción, etc., son dependientes de condiciones laborales bien exigentes, sometidas al mercado y en la gran mayoría de los casos al esfuerzo individual. En la sociedad tradicional, discriminatoria para los homosexuales, acceder al mercado laboral para auto mantenerse es una dificultad aún mayor. Por ello, este motivo también debe haber significado un aliciente para postular a ingresar al orden sagrado de la Iglesia Católica para personas homosexuales.

Una situación imaginaria: la otra cara de la medalla

Me parece que las nueve razones anteriores dan una explicación razonable para corroborar la evidencia de que entre las personas que asumen el estado religioso en la Iglesia Católica hay una prevalencia mucho mayor que en la sociedad en general de personas homosexuales.

Pensando desde la heterosexualidad me he puesto en una situación imaginaria, que podría ser equivalente a la que enfrenta una persona homosexual frente a la opción de ingresar al orden sagrado en la Iglesia Católica.

Me imagino viviendo en una sociedad donde la norma, lo mayoritario, lo bien visto y lo esperado sea la homosexualidad, es decir donde se pensara que lo normal sería que yo quisiera proyectar mi vida en una relación con otro hombre y la presión social fuera no solo que lo quisiera sino que lo cumpliera. Sería una sociedad donde este deber ser me lo pondrían a prueba permanentemente preguntándome qué hombre me gusta, si tengo pareja, si mis relaciones homosexuales son satisfactorias, etc.  Una sociedad en la que si yo dijera que me gustan las mujeres sería mal visto, enjuiciado y discriminado, de tal manera que no me atrevería a decirlo y viviría mis gustos escondido, los tendría totalmente reprimido, o incluso tal vez tendría que vivir haciendo el esfuerzo por mantener relaciones homosexuales, en contra de mis deseos.

En esa situación imagino que conozco una institución de mucho prestigio, en la cual la vida se organiza en grupos donde hay mujeres, que viven juntas con los hombres, se apoyan, se quieren, se cuentan sus secretos, comen juntos, duermen juntos, se bañan juntos, etc.  La única restricción que pone la institución es que al entrar en ella hay que renunciar al matrimonio, como una muestra de que estoy decidido a no tener otra preocupación mayor en la vida que la entrega por entero a la institución, y hacer un voto de castidad.

Pienso que en esa situación encontraría de gran atractivo la oferta. En primer lugar, porque me libro del mundo amenazante y exigente que rechazo y me es hostil. En segundo lugar, porque la condición de renuncia a casarme (con hombres, se entiende, que es lo único normal y permitido en esa sociedad imaginaria) no me costaría nada, al contrario, lo sentiría como un alivio. Y, lo más atractivo, tendría la oportunidad de poder convivir con mujeres, profundizar cariños y satisfacer deseos con quienes son el objeto de mis deseos, sin tener que darle cuentas al mundo exterior de esas relaciones sospechosas de heterosexualidad.

En esa comunidad seguramente se encontrarían mujeres en la misma situación. Ellas serían heterosexuales que huyendo del mundo que les exigía relaciones con otras mujeres, encontraron una ocasión de escape al ingresar a esta comunidad, que les valora como renuncia algo que no representa para ellas nada deseable y les ofrece ocasión de encuentros protegidos con quienes ellas desean y que en el mundo exterior sería objeto de sospechas y posiblemente de castigos.

Lo más probable es que al cabo de siglos de este modo de organización, esa institución imaginaria hubiera captado porcentualmente muchos más heterosexuales que los que prevalecerían en la sociedad imaginaria.

Pensar en esta institución imaginaria en esa sociedad imaginaria puede ayudar a entender la situación actual real en la Iglesia Católica respecto de su atractivo para la homosexualidad, imaginando lo que sería la otra cara de la medalla.

Manuel De Ferrari

Teólogo / Consultor organizacional

 

 

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