|Martes, Agosto 20, 2019
You are here: Home » Artículos Destacados » El Buen Samaritano

El Buen Samaritano 

samaritano_Rupnik

Un texto tan conocido, tan usado, que parece que no es posible añadir nada.   Sin embargo, con él nos sucede lo que tantas veces en el evangelio: que nunca llegas a agotarlo, siempre hay más.   Señalaremos algunos aspectos que a veces pasan desapercibidos y nos parecen importantes.

Aunque Lucas lo sitúa fuera de Jerusalén, en el camino,  el contexto en que lo sitúan  Marcos/Mateo  es la  gran polémica  en  el  Templo,  previa  a  la condena definitiva.   Han polemizado ya con Jesús los fariseos (el tributo al César)  y  los saduceos (la resurrección), y han salido derrotados.  El legista, un doctor de la Ley muy probablemente  de  la  rama  farisea,  propone un ejercicio de erudición: cuál de los infinitos (más de seiscientos) mandatos de la Ley es el más importante.

Tema propio de eruditos, bueno para una interminable discusión teórica. Es fundamental darse cuenta del vuelco que da Jesús a la cuestión: lo que importa no es ese conocimiento; lo que importa es cumplir el precepto. Una estupenda lección para nuestra teología, tan preocupada muchas veces por el conocimiento sutil de lo más sublime. (¿Nos atreveríamos a ver en el texto de Colosenses un principio de ese peligro de elucubración cristológica estéril?).

El letrado sabe la respuesta a lo que ha preguntado. Jesús es tan hábil que le deja en ridículo ante todos: queda claro que ha preguntado lo que ya sabe, queda clara su mala intención.   El letrado tiene que quedar bien y, otra vez, hace una pregunta teórica:  ¿quién es mi prójimo?  ¿el extranjero, el  samaritano,  el  publicano…?   ¿tengo  que  amar  a  esos  pecadores, extranjeros,  herejes…?. Vuelve a la teoría,  vuelve a proponer un  “caso de conciencia”  apto para largas discusiones.

Jesús vuelve a invertir los terrenos.   La conclusión es: “no importa quién es el otro;  importa cómo te portas tú”.   Jesús  vuelve  a  poner  la  teología  al servicio del comportamiento.   Pero lo hace de forma agresiva.   Ninguna razón había para  que el  “bueno”  de la parábola  fuese  un  despreciado hereje samaritano,  ni para que  “los malos”  fuesen el sacerdote y el levita. Esto suena lo mismo que los milagros hechos gratuita e innecesariamente en sábado.   Advertimos en Jesús un postura de provocación,  un reto a los letrados,  a los sacerdotes.

Y una última clave.   El samaritano cumple a la perfección el sublime mandamiento sencilla  y  simplemente  porque  “sintió  lástima”,  es  decir, es  una  buena  persona,  de  buen corazón.   Innumerables  veces  aparece la  expresión  “sentir  lástima”,  “conmoverse”,  como  motivo  por  el  que Jesús  cura  o  enseña.   El  grave  error  de  los  doctores  es  que  conocen maravillosamente la Ley, pero todo se queda en conocimiento. Y un inculto hereje despreciado les supera ampliamente sólo porque lleva la Ley en el corazón, aunque no la conozca, o la conozca mal.

Resuena en esto la gran parábola del Juicio Final, en la que el motivo de la salvación es:   “A mí me lo hicisteis,  aunque no sabías que me lo hacíais a mí”.

Sobradamente conocido por todos que no es posible amar a Dios sin amar al prójimo; sobradamente conocido por todos que lo propio del cristiano es conocer a Dios en Jesús  y  servir a Dios en los demás;  sobradamente entendido y proclamado que la condición  “sagrada”  de algunas personas no tiene ninguna importancia… resaltemos algunos aspectos básicos.

El conocimiento que no lleva al servicio es una trampa satánica. Se refleja con perfección en la maldición lanzada por Jesús a los escribas: conocen y cumplen todos los miles de preceptos externos, pero esto les impide conocer a Dios y cumplir lo esencial de la ley: la justicia, la misericordia, la fidelidad. Y, sobre todo, les hace creerse superiores, apartarse de los demás, que son pecadores (ellos no). Todo el evangelio está lleno de esta idea. Quizá las dos escenas en que mejor aparece esta postura son el episodio de la mujer adúltera y el del ciego de nacimiento.

Aplicándolo a nosotros:   ¿por qué el  “Credo”  que  recitamos en la celebración de la Eucaristía es pura teoría trinitario / cristológica? ¿Por qué no decimos “creo en la austeridad, creo que es mejor dar que recibir, creo en el camino empinado…”?. ¿Por qué, a lo largo de la historia, se ha dado tanta importancia a la ortodoxia y se han consentido pecados históricos tan insultantes como la esclavitud, la explotación de los trabajadores, la destrucción del planeta, el ostentoso poder económico  y  político de los eclesiásticos…?

No insistiremos en esto: hay mil ejemplos en nuestra concepción religiosa que revela que éste no es un pecado patrimonial de aquellos legistas sino un pecado  “original”  de la religiones.

Jesús destruye la esencia de  “aquella religión”.  Los doctores que se saben toda la teoría y no tienen buen corazón.   Los sacerdotes que controlan el poder por medio del templo.   Los santos que lo cumplen todo al pie de la letra y no se conmueven ante las necesidades “ajenas”… ¡Qué retrato de buena parte de nuestra propia religión actual!

Recibe uno la impresión de que Jesús lucha a brazo partido precisamente contra  “la religión”,  es decir,  contra  esas  manifestaciones  llamadas religiosas que se dan en todas las religiones, se han dado y se siguen dando hoy en la iglesia,  y que son,  específicamente,  “pecados originales de la religión en sí misma”.   Más aún: esos pecados originales de la religión son los que mataron a Jesús y los que esterilizan a la Iglesia.

El centro es amar.   Demasiadas veces ponemos el centro de lo religioso en entender,  aceptar,  creer verdades.   No es así.  El centro  no  es el cerebro, sino el corazón. El centro no es la teoría sino el comportamiento. El secreto no es la erudición sino la con-pasión. Dios no es un enigma de naturalezas y personas, de procesiones y trascendencias. Dios es Abbá, es decir, Dios es amor.   Y el amor no es entender,  es sentir,  conmoverse, acercarse, dar la mano, ser positivo, aceptar…

No hace falta que nadie suba a las estrellas o viaje a los confines del mar. No hace falta que se escriban bibliotecas enteras sobre la divinidad y la humanidad. El evangelio es Buena Noticia sobre todo porque es sabiduría de los sencillos, evidente para los hombres de buena voluntad. Ni Jesús es complicado, ni la cristología es un crucigrama, ni la divinidad es para especialistas.

“Jesús, lleno del Espíritu, exclamó: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado todo esto a los sabios y a los poderosos y lo has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así lo has querido”

PROFESIÓN DE FE

Proponemos un credo no dogmático. Viene a ser como las bienaventuranzas escritas en forma de “le creo a Jesús”:

Creo que son felices los que comparten,
los que viven con poco,
los que no viven esclavos de sus deseos.

Creo que son felices los que saben sufrir,
encuentran en Ti y en sus hermanos el consuelo
y saben dar consuelo a los que sufren.

Creo que son felices los que saben perdonar,
los que se dejan perdonar por sus hermanos,
los que viven con gozo tu perdón.

Creo que son felices los de corazón limpio,
los que ven lo mejor de los demás,
los que viven en sinceridad y en verdad.

Creo que son felices los que siembran la paz,
los que tratan a todos como a tus hijos,
los que siembran el respeto y la concordia.

Creo que son felices los que trabajan
por un mundo más justo y más santo,
y que son más felices
si tienen que sufrir por conseguirlo.

Creo que son felices los que no guardan en su granero
el trigo de esta vida que termina,
sino que lo siembran, sin medida,
para que dé fruto de Vida que no acaba.

Y creo todo esto porque creo
en Jesús de Nazaret, el Hijo,
el hombre lleno del Espíritu,
Jesucristo, el Señor.

+ José Enrique de Galarreta S.J.

 

Related posts: