|Domingo, Diciembre 15, 2019
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Bendigan las cacerolas 

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¿Violencia? Pues evidente. ¿Violencia sin sentido, fruto de vandalismo y delincuencia? Claro que no. Quedarse con la imagen de un saqueo no explica en nada lo que está sucediendo en nuestro país.

Violencia ha habido siempre, en las barras bravas, en territorios apropiados por el narco y la delincuencia. La violencia nos habita como personas. Somos capaces de violencia. Pero eso no es lo que está sucediendo. Si fuera cierta esa idea, entonces Chile entero es una caldera. Si fueran actos vandálicos producto de delincuentes, entonces todos lo somos. No. La violencia callejera, pues a esa se ha referido el Gobierno insistentemente los últimos días, responde a otra cosa: al cansancio de un sistema que mata. Al agotamiento -la última gota, como se ha afirmado- de que se nos engañe y burle. El pueblo chileno, endeudado hasta el cuello por una economía agresiva que solo quiere lucrar. El pueblo cansado en salas de espera, cuando se le ha prometido mejoras. ¿Cómo explica lujosas clínicas privadas y un sistema de isapres cuestionado? No, claro; eso es así nomas. Así es la vida. Sucede que no, que no debe ser así, que no tiene por qué ser así. El pueblo se cansó de que lo pisoteen. Lamentablemente le tocó a este gobierno, pero no vamos a ser ingenuos; podría haber pasado 10 años antes, o 15. Solo que el Gobierno de Sebastián Piñera fue lo suficientemente inepto para provocarlo. Ahí recae la responsabilidad de la rabia colectiva.

No estamos en guerra, pero si estamos aburridos, cansados, agobiados y enojados. No es un sentir ni generacional ni de clase. Como pocas veces, el cansancio es transversal; y, lo que es más fino y decisivo, es que el gran grupo social que está hoy gritando, marchando y cantando con sus cacerolas es la clase media. Y ellos no son delincuentes. Son profesores de universidades y colegios, son profesionales y trabajadores, son estudiantes conscientes y críticos. ¿Sabe quién está en las barricadas? Sus futuros técnicos, emprendedores y analistas; jóvenes universitarios que probablemente carretean con los hijos de los políticos y empresarios. No son extraterrestres. Somos los mismos. Los violentistas que el Gobierno bautizó para emitir la Ley de Seguridad del Estado, el estado de emergencia y el toque de queda; somos los mismos. Los endeudados, los que renunciaron espiritualmente a las AFPs, pues es mejor no esperar nada. Somos los que hace más de 20 años, pues el descontento no es de ayer ni de antes de ayer, esperamos justicia social y dignidad ciudadana. Chile se cansó y se sumó a un Chile que lleva cansado décadas, al cual, hermosamente, también se le ha sumado el Chile descansado, el de viajes al extranjero y vacaciones de primera, el de derroches en fiestas y casas de 250 m2.
Hoy estamos con toque de queda y militares en las calles. ¿Acaso no se dan cuenta que eso es lo que genera más rabia en el pueblo? ¿Cómo no comprender que a mayor “mano dura” mayor será la manifestación y la violencia callejera? Si se llama al diálogo, lo primero es bajar las armas. Si se quiere, realmente, buscar soluciones, los caminos democráticos son otros (asambleas, mesas, juntas ciudadanas, referéndum, reuniones barriales, o los mecanismos que políticamente podamos generar). Eso necesitamos: caminos democráticos, pues vivimos en democracia.

Qué lamentable haber tenido que llegar a esto para que los dirigentes políticos se atrevan a buscar soluciones a los problemas sociales urgentes. Da cuenta de una muy mala gestión que se arrastra hace décadas; pero yo me pregunto si no hay también un problema de voluntades. ¿Quieren y están dispuestos a renunciar a sus riquezas y lujos, a sus beneficios y gratuidades para que el pueblo de Chile pueda vivir con mayor dignidad? ¿Estamos dispuestos a mejorar la salud pública, la educación y la calidad de las viviendas? ¿Hay verdadera voluntad política y económica para llevar a cabo un proyecto país en su diversidad de contextos y territorios? Lo que hoy vivimos para muchos no es excepción, es regla. Comunidades mapuche y barrios pobres estigmatizados y violentados en su cotidianidad. Un negocio del narco que aumenta desde hace años. Zonas de sacrificio, intoxicación de niños y destrucción del medioambiente. Miles, miles de personas trabajando en condiciones indignas para recibir sueldos indignos. El problema es social, ni de partidos ni de colores. Se trata de la ciudadanía, de los y las chilenas. De quién le sirve al café en su oficina, de quién madruga para el turno en el edificio, de quién hace clases en tres universidades boleteando, de quién compite por los fondos cada año para realizar su investigación o creación artística, de quién está terminando la universidad angustiado por los años de deudas que se le vienen; de quién invisiblemente habita una oficina mientras la vida pasa. Y sí, también del carabinero joven que se ve obligado a obedecer y que lo único que quiere es que pasen los años de servicio para jubilar; y de la señora pensionada que no puede más que esperar que todo se acabe.
¿Tenía que pasar esto para hacerse cargo de los innumerables problemas sociales de los ciudadanos? ¡No! Si la democracia puede ser comprendida como el arte de administrar la violencia; este Gobierno ha fracasado.

Al señor presidente le encanta hablar de Dios y terminar bendiciendo sus discursos. Le pregunto y junto con él a todos los creyentes -políticos, empresarios y ciudadanos- que apoyan intervenciones militares y elevan la bandera de la seguridad y el orden, aunque ello signifique miedo, represión y muerte: ¿Han leído el Evangelio? Sinceramente, ¿Han escuchado el llamado de la Iglesia sobre el bien común y la construcción de la justicia y la paz sobre todo para los más pobres y marginados? ¿Han leído cuando el Papa Francisco afirma que esta economía mata y que estamos éticamente obligados a generar condiciones más humanas de vida para todos? ¿Saben de las bienaventuranzas? ¿Y de la insistencia en el desarme de los países y el fin de la carrera armamentista? ¿Cómo entienden aquello de que la paz es fruto de la justicia? ¿O cuando ya el año 1968 en Medellín, la Iglesia afirmaba que la “lucha contra la miseria es la verdadera guerra que deben afrontar nuestras naciones”? Esperamos que las bendiciones esta vez no sean para las armas, sino para las cacerolas: artefacto cotidiano de nuestras cocinas, pequeño objeto que entre huevos y fideos, ahora se convierte en símbolo de una ciudadanía empoderada, hambrienta de justicia, diálogo, escucha, paz y, sobre todo, de que se le respete porque todos somos gente.

Hoy, marchando entre cientos, vi una abuelita que movía la bandera de Chile desde la ventana de su edificio. Solo sonreía, silenciosa mientras movía la bandera. Todos nos emocionamos y la aplaudimos. Era una generación apoyando a otras, era el símbolo de un cansancio lleno de esperanza, de una sonrisa que sabe que es posible y que en ese gesto sencillo y denso nos enviaba a seguir tocando las cacerolas.

Pedro Pablo Achondo Moya

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