|Domingo, Diciembre 15, 2019
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Menos violencia, cada vez menos; más dignidad, cada vez más 

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Me habría gustado explayarme en el Chile que queremos pero me resulta imposible dado lo que estamos viviendo y que bien podría hipotecar lo que ha estado naciendo desde el pasado 18 de octubre.

He conversado con mucha gente en las últimas semanas, personas que viven en el sector oriente y muchas otras que están en las comunas periféricas. He estado en algunos cabildos o conversatorios de empresa donde comparten la mesa el gerente general, con los profesionales, los técnicos y los auxiliares. El estallido social ha hecho posible esto. Hay un sentir común o transversal de que en la hora actual es posible OTRO CHILE.  Hay políticas que están en desarrollo que deberían ir en la línea de “emparejar la cancha”, de llevar dignidad a los más pobres, a los que el costo de la vida los ha golpeado en su día a día. Queda igual mucho por hacer. Avanzaríamos más si el gobierno, los políticos, las organizaciones sociales (particularmente las asociadas al Estado y las municipalidades) dejaran de lado sus anteojeras, sus  ideologías, sus intereses partidistas y gremiales y colocaran por delante el Proyecto País.

A la pregunta, ¿cómo me siento hoy?, lo que más he escuchado es cansancio, tristeza, rabia, miedo, vulnerabilidad, mucha inseguridad y un cerro enorme de incertidumbre. “Quiero que esto se acabe”, es una expresión que he escuchado con más frecuencia. Que sigamos movilizados pero que las marchas sean cada vez menos pues los vándalos se han enquistado en las mismas y quienes llaman a marchar (donde el anonimato parece ser la tónica) tampoco la han condenado de manera clara y enérgica. Una mayoría quiere que la violencia deje las calles y barrios. No podemos permitir que nuestro despertar se transforme en una pesadilla, como ya está ocurriendo para mucha gente que por miedo no sale de sus casas a ciertas horas; que debe caminar y gastar más para abastecerse de comida y otros servicios porque en su barrio saquearon y quemaron el único centro comercial o los pocos locales que daban servicios; que nuestros tiempos de traslado (al trabajo principalmente) toma hasta 3 horas para ir y otras 3 para volver porque destruyeron su estación de metro, porque  se ha vuelto costumbre la quema de buses en el barrio, porque los semáforos no funcionan o colocaron una nueva barricada en el camino; donde pequeñas y medianas empresas están haciendo malabares para llegar a fin de mes… Caso aparte la destrucción de tantas fuentes laborales de manos de delincuentes (incluidas las barras bravas) que se han hermanado con los narcos y anarcos. Si antes del estallido social, en las comunas más pobres se vivía con miedo e inseguridad por la delincuencia y el  narcotráfico, con el estallido social el problema se ha agudizado pues éstos  están actuando con más fuerza y total impunidad, sin ningún control. La fuerza pública, el Estado,  ha dejado muchos barrios a merced de la fuerza oscura. Siguen siendo los más pobres los más golpeados.

Para algunos el miedo murió con la explosión social y eso es un arma de doble filo. Estamos corriendo el cerco de las normas, de lo tolerable, de lo éticamente aceptable. Apedrear una comisaría parece “aceptable” si allí hubo algún tipo de abuso; saltarse normas del tránsito está permitido cuando cunde el desorden; evadir pagos resulta “justo” en medio de tanto abuso; donde saquear es una oportunidad; violar derechos humanos de los manifestantes es parte del oficio o mal menor en medio del cansancio o el anonimato; armarse, portar armas y hacer uso de las mismas suena bien porque hay que velar por la integridad propia y de la familia; desviar recursos públicos en beneficio propio es buen negocio mientras no te descubran; cuando mantenemos salarios bajos y/o condiciones laborales precarias por aumentar los márgenes de utilidad y eso no es motivo de indignación; cuando destruir los espacios públicos es el costo a pagar por una causa mayor; instalar una barricada e impedir el tránsito es un derecho ya adquirido; tomarse una universidad o liceo, cortar acceso a la educación a sus compañer@s y afectar seriamente la calidad de vida de los vecinos que viven en los alrededores es el precio a pagar; detener el tránsito portando extintores y piedras, es lo de menos…

Los primeros días después del 18 se percibía unidad, una sola gran voz detrás de demandas y a medida que pasan días y semanas, nos estamos polarizando. Nuestra convivencia, como el aire en algunos sectores de nuestro país, se está volviendo tóxico. Hay que evitar los extremos, eso de “hacer cambios para que todo siga igual”, como también lo de “avanzar sin transar”. Todos, cada uno en su medida, debemos aportar y también ceder. Cada día, cada semana, cada mes, son claves. Si nos quedamos en la violencia o en las demandas propias sin mirar el bien común y particularmente el de los más pequeños y pobres, más largo y difícil será el camino de recuperación y mejor vivir. Ya hay muchos damnificados y la situación se puede tornar más dramática como país si dejamos ir lo que se ha logrado al día de hoy y lo que podemos abrazar mañana. Y si no ordenamos la casa, los meses siguientes profundizarían la crisis y el desempleo golpeará las puertas, la propia o de nuestros familiares y amigos. Hay mucha ideología, mucho slogan, mucho panfleto en los discursos. Creo que al día de hoy mucha gente que tenía como prioridad una nueva constitución y convención constituyente de por medio, hoy está más preocupada de su derecho de vivir en paz, de mantener un trabajo y cada vez más digno, de llegar a fin de mes sin recurrir a terceros o en la obligación de endeudarse, de dejar atrás una vejez de sobrevivencia.  Esto no es política del miedo, es la sensación que se respira y la que podríamos vivir transversalmente si no somos capaces de grandes acuerdos, sin espacio para los extremistas y los que promueven la violencia.

¿En qué están las Iglesias?. En la Iglesia Católica, ha habido declaraciones oficiales, sin mayor peso en el cuerpo social. Con tardanza se están realizando cabildos o conversatorios. En lo grueso, hemos pasado de estar en la frontera a la deriva, de tener peso en el tejido social a la irrelevancia. En uno de procesos de gran significación para Chile, la Iglesia Católica ha estado ausente, más allá de las declaraciones de algunos miembros de la jerarquía. Por momentos pensé en realizar cabildos inter-religiosos, más allá de una Declaración Ecuménica que se emitió hace días. Después de reunirme con algunas personas con tal objetivo, he terminado algo deprimido. Estamos dando pie para que algunos, en pleno siglo XXI, se hagan eco de las palabras de Karl Marx cuando dijo que “la religión es el opio del pueblo”.

¿Qué más debe ocurrir en el país para que el gobierno, los políticos, los empresarios, los otros poderes del Estado, las Iglesias, las policías y  las organizaciones sociales – gremiales despertemos, profundicemos las grandes transformaciones y hagamos la hoja de ruta de lo que viene?. Y eso que aún no tocamos de manera seria y profunda otras realidades que están golpeando nuestra puerta, como el tema de la sequía y el calentamiento global, la corrupción pública y privada, la modernización del Estado …

Aún tenemos patria ciudadanos y la esperanza, aunque cueste mantenerla, sigue en pie.

Juan Carlos Navarrete Muñoz

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