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Más obispos impuestos 

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Hace un par de días me disponía a escribir esta última columna del año, mirando lo que ha sido este tiempo complejo que estamos viviendo, y del que un colega español -José Ignacio González Faus- ha dicho acertadamente que en 2019 “pasará a la historia como el año del desencanto y la indignación”, pues en muchos países ha despertado y se ha levantado el pueblo, convocado no por la bandera de tal o cual partido, sino por la urgencia de la justicia social y la impostergable transformación de los sistemas económicos injustos que matan, como lo ha dicho con claridad el Papa Francisco (Evangelli Gaudium n° 53).

Pero, cuando comenzaba a escribir la columna me llegó una noticia que me hizo cambiar los planes: el Papa acababa de nombrar al administrador apostólico de Santiago -Celestino Aós- como obispo de Santiago, y al administrador de la Diócesis de Rancagua -Fernando Ramos- como obispo de Puerto Montt.

En el pasado mes de mayo, cuando fueron nombrados dos obispos auxiliares para Santiago, igualmente de modo inconsulto e impuestos al Pueblo de Dios de Santiago, escribí una columna titulada “Ningún obispo impuesto”, la cual es una expresión de un Papa del siglo V, llamado Celestino, con la cual defendía que se respetara la voluntad del pueblo católico con ocasión del nombramiento de algún obispo. Es lamentable tener que volver a recordar que en la Iglesia no debe haber obispos impuestos, y que este modo de nombrarlos no ayuda a que la Iglesia en Chile pueda ir enfrentando su crisis y dar signos de credibilidad ante la sociedad.

Después de lo que hemos vivido y estamos viviendo como Iglesia Católica en Chile por la crisis de los abusos sexuales y encubrimiento por parte de sacerdotes y obispos, después de lo ocurrido con la imposición del obispo Juan Barros en Osorno, cuesta mucho entender que se sigan nombrando obispos a espaldas del pueblo católico e imponiéndolos a esas Iglesias locales.

No hay cómo entender que los responsables de la Iglesia se comporten como hombres que no aprenden nada de los acontecimientos y pretendan seguir haciendo las cosas como si aquí no hubiese pasado nada. Tampoco resulta comprensible que haya personas disponibles a ser nombrados de modo inconsulto e impuestos como obispos a una Iglesia.   

Es muy lamentable para la vida de nuestra Iglesia que vuelva a ocurrir la imposición de obispos inconsultos; salvo unas consultas secretas que realiza el Nuncio, que intentan salvar la apariencia de que se consultó al Pueblo de Dios, cuando en realidad no se consultó al Pueblo de Dios. Todo esto es, por lo menos, una preciosa ocasión perdida para la “conversión pastoral” de la Iglesia a la que repetidamente ha llamado el Papa Francisco; una ocasión perdida para la renovación de las estructuras de la Iglesia y para la participación activa del Pueblo de Dios. Ocasión perdida que, además, como dice el refrán “borra con el codo lo escrito con la mano”.

Con estos obispos impuestos se borra con el codo todo lo que en la Iglesia se ha dicho y escrito sobre la participación del Pueblo de Dios, y sobre la conversión pastoral y sobre la sinodalidad (es un modo de ser Iglesia que significa ir caminando juntos y de manera corresponsable en la vida y misión de la Iglesia).

Como señalé en la columna escrita en mayo, no se trata, simplemente, de organizar elecciones directas, pero sí de buscar formas más participativas y más sinodales, con la intervención de los diversos miembros de una Iglesia local. No es algo complicado hacer esas consultas al presbiterio local, al colegio diaconal, a las religiosas, y a los laicos del Consejo Diocesano de Pastoral, de manera que las Iglesias locales presenten una terna para que el Papa nombre a los obispos; pero… se requiere la voluntad de hacerlo en un camino de renovación eclesial y de sinodalidad, se requiere una efectiva voluntad de que el Pueblo de Dios participe, como lo señaló el mismo Papa Francisco en su “Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile” (mayo de 2018): “la participación activa de ustedes no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial (…). Se nos exige promover conjuntamente una transformación eclesial que nos involucre a todos. Una Iglesia profética y, por tanto, esperanzadora reclama una mística de ojos abiertos, cuestionadora y no adormecida. No se dejen robar la unción del Espíritu”.

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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