|Martes, Abril 7, 2020
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¿Pilas o personas? 

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El verano es un tiempo especial, un verdadero grito de resistencia ante el tráfago de una vida llena de labores, de un rendimiento deshumanizante que aplasta nuestra libertad y la convierte en una estéril manifestación de individualismo. Ser un esclavo es la premisa y como, en líneas generales postula Byung-Chul Han, nos quieren encadenados a nuestro propio esfuerzo de explotación corporal, espiritual, emocional. Es el triunfo, momentáneo, del ocio (otium) sobre el negocio (nec-otium, no-ocio).

 El verano también es espacio de lecturas abundantes, de libros por doquier, tanto técnicos como de lectura más ágil. Pero también hay momentos en que se degusta del buen cine, de las buenas películas, tanto las más difíciles de comprender, como las más populares en términos de taquilla. Así también pasa con la música, el teatro y otras formas de manifestación cultural.

Me gusta el cine, mucho. Pero la verdad es que no busco ese cine más profundo, de contenidos más intelectuales, esa filmografía que a veces deja la mente llena de preguntas como ¿de qué se trata esto? No lo niego y he encontrado valiosas piezas del séptimo arte de elevada complejidad. Pero también me gusta ver la profundidad de mensajes de películas que otros consideran “del pueblo”, “pop”, fáciles de comer, de digerir y que sacan risas y entretención por un breve rato. Sí, esas películas que a ciertos intelectuales escandalizarían en lo alto de sus Olimpos de cine duro de roer, como cuero de caballo.

Sin embargo, entender estas filmografías “fáciles” es un buen ejercicio de observación de las acciones, los espíritus, las emociones y corporalidades de una determinada época. Hasta la más ridícula película (se me viene a la cabeza Wayne’s World, Scary Movie, Y dónde está el Piloto, junto con otras perlas) son especialmente dignas de tomar y ser pensadas, como una actividad que muestre aquel espíritu de una época, aquel que determina discursos, gestos, paisajes a destacar y hasta las comidas consumidas.

Matrix: la idea de ser humano como nutriente y pila/cosa.

En este contexto, quiero detenerme en un film en particular. Y es que pienso en la serie de interpretaciones que muchos han establecido en relación a Matrix (USA, 1999, hermanos[1] Wachowski). Mayoritariamente intentan dirigir sus reflexiones ante una idea más bien subjetiva e individualista de una realidad total aparente, toda una pantalla para ocultar una verdadera realidad, controlada por supercomputadoras y seres cibernéticos.

Se puede rescatar algo de ello, no todo es falso en el planteamiento general de muchos. Pero, como mencioné antes, lo individualista y evasor del contexto real no los convierten en interpretaciones auténticas que pueden iluminar el hoy, en camino a un mañana de vida buena, pan compartido y gozo de hombres y mujeres liberados, reconciliados y en un orden de cosas basados en el amor, la justicia, la paz. Es menester, pues, sacar aquello de fantasía conspirativa y volcarlo a la situación imperante, nacional y mundial.

Parto mencionando algo importante: el mundo es un lugar de hombres y mujeres motores de un sistema. Son sus motores, sus nutrientes, son la energía que moviliza el orden de cosas que hace que los mecanismos funcionen. Ese orden de cosas requiere que quienes lo nutren no sean, empero, seres humanos. Son cosas, son baterías, son meras pilas. Pilas. Todo funciona, pues, por las energías que otros necesitan (las máquinas, los sistemas) para que esto continúe, para que todo sea normal, para que la máquina-sistema-lo normal sea perfecta. Todo es transparente entre todos los habitantes del mundo, de la ciudad, del barrio. La vida es mostrada como objeto a todos, pero, en el fondo, todo es sinsentido y deshumanización, aunque de imposible mirada. Pues estamos funcionando como una pila, alimentando, destrozándonos en nosotros mismos:

«Matrix te posee. Tú te crees dueño de tu vida, de tus acciones, de todas esas pequeñas o grandes cosas que haces cada día, pero… ¿Cómo podrías demostrar que todo esto no es una ilusión? ¿Nunca has tenido un sueño que pareciera muy real? ¿Cómo sabrías entonces diferenciar sueño de realidad? El hacer creer que se vive una existencia normal es un poder muy grande, una forma de control terrible» (Morfeo a Neo).

Entonces, la única manera de salir del círculo deshumanizante y placentero, a la vez, es desenchufando la vinculación con el orden de cosas, abandonando la postura de ser-pila-objeto, y regresar a lo humano, lo verdaderamente humano[2]. Vuelve el sentido de la relación, el amor, el ser-se. Se devuelve a una visión de lugar, de vínculo, partiendo de lo sencillo, con verdadero placer. Es no creer que se come carne, sino degustar en verdad y con otros la supina y extraña comida servida en el Nabucodonosor, la nave de quienes liberaron a Neo.

Pero hay quienes gustan imaginar-creer comer carne:

«¿Sabes? Sé que este filete no existe, sé que cuando me lo meto en la boca, Matrix le dice a mi cerebro que es jugoso y apetitoso. Después de nueve años, ¿sabes de lo que me doy cuenta? Bendita ignorancia» (Cipher, al agente Smith).

Son quienes defienden este orden vital con todo, este sistema, conociendo sus funciones e implicancias éticas. Además, a la hora de la represión, existen elementos de seguridad, programas, sirvientes de la autoridad-sistema, que intentarán reintegrar (o asesinar) a los rebeldes, para que retornen al ciclo utilitario de sus cuerpo/unidades corpóreo-espirituales al mecanismo reinante. Utilizando conceptos de Lévinas, son servidores que intentarán cortar el camino hacia lo infinito y que, como fieles adictos, poner a los anti-sistema-humanos en la consistencia destructora de la «totalidad».

Elegido, camino de/para todas y todos.

Las dificultades son altas, pero éstas son traspasadas con la ayuda de quien ha sido nombrado como Elegido. No entraré en los pormenores de la elección, el encuentro con La Oráculo y las palabras intercambiadas. Pero se puede poner en una perspectiva que, quienes vieron la cinta entenderán.

Y es que el Elegido es el símbolo, la metáfora del ser humano como hombre y mujer de libertad liberada, llena de infinito, de un corazón ardiente por el otro, lleno de alteridad, de ética samaritana y eucarística, de don para los demás. Es «la imposibilidad de sustraerse al otro, [que] es ‹la modalidad primera de la libertad y no algún accidente empírico [de ella]›»[3]. No busca autosatisfacción en una libertad estéril, sino que ve el momento como una oportunidad para entregar-se por todas y todos («… en rescate por muchos, Mt 20, 28). Es tan su pasión por los demás que entrega hasta la misma vida, y por esa misma entrega desinteresada se levanta, traducida al inglés como is risen (que es la expresión para referirse a resucitar).

Ha superado la esclavitud, ya no es una pila, no es una cosa. Pero, a diferencia de los demás compañeros, se planta sin temor contra los programas, encabezados por el señor Smith. Ha pasado de ser un objeto a ser persona, a exteriorizarse (Dussel), frente quienes se siguen sustentando en la vida transparente, de rendimiento, cosificada.

Invitación

Podría continuar con más interpretaciones, pero quiero quedarme acá, pues mi objetivo es que este ejercicio hermenéutico sea un camino también para entender nuestra realidad como país. Es para pensar en quienes son los dominantes y dominados, en cómo poder llevar esperanza a quienes quieren permanecer en la resignación complaciente, la anti-fecunda maquinaria que impide a todos (incluso a quienes desean la carne, los que desean estar en la «bendita ignorancia» de ser utilizados) poder volver la vista a tantas y tantos Nos-Otros que sufren hoy.

¿Alguna semejanza con la realidad? Lo dejo a disposición de ustedes. O, más cercano a esta película de culto que después de dos décadas sigue interpelándonos; ¿quieres ser pila o ser humano?, ¿elijes la píldora azul o la roja?

[1]              Entre 2003 y 2016 ambos hermanos iniciaron un proceso de cambio de sexo, siendo reconocidas hoy como hermanas Wachowski.

[2]              Neo: ¿Por qué me duelen los ojos?

Morfeo: Porque nunca los habías usado.

[3]              Gesché, A., El Sentido, Sígueme, Salamanca 2004, p 43.

LucianoTroncoso G.

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