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La debilidad del coraje creyente 

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Juan Pablo Espinosa Arce.-

Los conceptos asociados al título de estas ideas son claramente contrarios.

Por debilidad entendemos la falta de valor o de energía, una sensación de fatiga, un estado de cansancio. Por su parte coraje indica una sensación de valor, el ímpetu y la decisión ante una situación negativa o dificultosa. La pregunta que quisiera pensar en este espacio de conceptos irregulares, contrarios pero unidos por un filón llamativo es cómo entender la experiencia creyente en lo divino en medio de la debilidad actual. Pero no solo en el contexto “débil”, sino que también busco ensayar en torno a la cuestión de cómo el “coraje creyente” es profundamente débil. ¿La fe expuesta a la incertidumbre? Es una entrada a la incertidumbre y el no saber como vivencias en medio de una incertidumbre aún mayor como la de estos días. Propongamos algunas ideas.

La debilidad de creer

El jesuita francés, filósofo, antropólogo, cercano al psicoanálisis, a la historia de la mística y de las experiencias cotidianas Michel de Certeau, escribió un bello libro titulado La debilidad de creer. Para De Certeau la experiencia “tradicional de lo que entendemos por cristianismo ha comenzado a ponerse en duda”. La institucionalidad se pone en tela de juicio. Los conceptos utilizados por el autor son dramáticos: “el cuerpo cristiano ya no tiene identidad; fragmentado, diseminado, perdió su seguridad y su poder de engendrar militancias, tan sólo en su nombre”. Para este autor aconteció el tránsito de una fe institucional a una fe de “pequeños grupos que cultivan la dicha de estar juntos y de construir un discurso en lugar del cuerpo que ya no existe”. El cuerpo, en Michel de Certeau, hace eco de las relaciones de poder, de administración, de jerarquías existente en una determinada unidad social. Eso ha comenzado a resquebrajarse. Esta lenta erosión explicitada por el francés ha dado como resultado “discursos sin fuerza”. Pero es justamente en medio de esa crisis en donde un surge un creer débil, más cotidiano, de pequeñas comunidades y de nuevas formas de organización. Esto es llamado “espiritualidad del hombre de la calle” por Michel de Certeau, la cual tiene como base el no poder, la conciencia de la finitud, de la vulnerabilidad, de aprender a vivir una nueva comunión más fraterna y creativa. El autor utiliza una expresión precisa y preciosa: aprender a encontrarnos con el casi nada. Y más adelante inquiere: “así vivida (desde este casi nada) la fe cristiana es experiencia de fragilidad, medio de convertirse en el anfitrión que inquieta y hace vivir (…) se trata de aceptar ser débil”.

Una cultura en la que ser débil sea una cuestión humanamente asumida y vivida está también en la base de la propia fe y de su experiencia creyente. Pienso que la experiencia de la debilidad, de la incertidumbre, de lo frágil y de su conciencia es lo que permite el comienzo de la fe. Surge nuestra mirada de lo sagrado, de lo trascendente, de lo místico cuando experimentamos la más profunda flaqueza, la “noche oscura” dirán los místicos. Solo el enfermo necesita médico, pronunció Jesús de Nazaret. Necesitar médico es figura de la importancia humana de que un otro me auxilia, sostiene y salva. Por ello comenta Michel de Certeau: “ningún hombre es cristiano solo (y nosotros decimos: ningún ser humano es ser humano) sino en referencia y enlazado con el otro, en la apertura a una experiencia solicitada y aceptada con gratitud (…) es una fragilidad que despoja nuestras solideces e introduce en nuestras fuerzas necesarias la debilidad de creer”. Pienso que en estos días de profundo dolor, de quebraduras internas, de una latente incertidumbre vuelve a aparecer la figura de un cristianismo y de una fe débil, de un cristianismo de lo casi nada, de un cristianismo de la oración casera, hecha con pocas palabras pero con profundos gestos. Es aprender a mirar más allá, es aprender a taladrar la realidad y encontrarnos con su dimensión trascendente. Y eso es ante todo una experiencia débil pero que llena de coraje.

Coraje creyente en la debilidad propia y ajena

Alguna vez escuché que coraje era “poner el corazón por delante”. Me quedó grabada esa frase que cada vez que puedo se la comunico a mis estudiantes, con los que me atrevo a pensar la vida, a ampliar esos radios de comprensión que tenemos cada uno, a dejarnos interrumpir por el otro como dice Michel de Certeau, a dejarnos ayudar por ese extraño hecho huésped. Pensando en cómo la fe nos anima a vivir con el corazón latiendo en medio de la latente debilidad recordé que el teólogo alemán Paul Tilich en su propuesta de Teología sistemática propone un acercamiento a este concepto y experiencia. Adentrándome en el Tomo I de esta obra, encuentro: “la fe en el Dios todopoderoso es la respuesta a la búsqueda de un coraje que nos permite vencer la congoja de la finitud”. Al mirar detenidamente esta frase, quizás reflejo de una carencia (de nuestra carencia actual, de nuestro duelo y ausencia), pienso que la fe no es una escapatoria de la finitud o de la congoja, sino que es una mirada distinta a estas experiencias de debilidad. Es aprender a entender que ellas son un lugar clave para hacer experiencia de fe. Sólo hay irrupción de fe en la debilidad. Sólo hay búsqueda de lo trascendente cuando la cotidianidad nos desafía. Hay resurrección en la cruz.

Pienso que también esto repercute en la comprensión que tenemos de Dios en medio de la pandemia. Desde la errada visión de que ella es castigo divino hasta el punto de ejecutar liturgias y redoblar oraciones para “exigirle” a Dios que acabe con el virus pienso que ambas pueden significar una lectura errada de una fe que no soporta ser débil en el sentido expuesto por De Certeau. Por ello vuelvo con Tilich: “no desaparecen ni la finitud ni la congoja, pero son asumidas en la infinitud y en el coraje”. El coraje, para este autor, es la dinámica de aceptar la vida con sus incertidumbres, no como resignación, sino que como apertura al deseo de vivir. Es aprender a mantener vivo el salto cualitativo hacia un más asumiendo la propia incertidumbre de ese salto. Por ello el coraje es un acto ético en cuanto reúne a una comunidad (el éthos como espacio de convivencia) de vulnerables.

Entonces la pregunta surge en cómo pensar y vivir la debilidad propia y asumir y proteger la debilidad ajena. Pienso en esto que la teología, como intento de sistematizar las experiencias creyentes débiles, tiene una sugerente posibilidad en cuanto formulación de una teología con corazón, una teología cordial y también débil. Pensar y vivir una fe y una teología que anima razonablemente el coraje en la situación conflictiva, no como resignación sino como apertura creativa a la problemática humana la cual también es una problemática teológica, es una tarea que demanda el coraje débil. Quizás el auténtico coraje de la fe es aquél que camina “ligero de equipaje”, al decir de Ignacio de Loyola, en medio de sus contrariedades y esperanzas, en sus carencias de lenguajes y de lugares, en su apertura generosa a todo, a todos y al Todo, especialmente en vínculos directos y amorosos con los que sufren.

Juan Pablo Espinosa Arce

Académico Teología UC

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