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Presencia de Dios en Pandemia 

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El obispo de Villarica que sobrevoló en avión su ciudad bendiciendo la población con el Santísimo despierta la reflexión acerca de la presencia o la especial relación con Dios  en este tiempo de Pandemia.

Los sentimientos religiosos y sus prácticas  son los elementos que permiten  abordar el tema de la presencia de Dios. Dos encuestas son relevantes para esto.  La primera es la Revista psicológica  de Santiago 2018 que revela que de los 67% que se declaran católicos en Chile menos de un 4 % tiene una  “practica” religiosa  frecuente  y  que llegan sólo a un 6%  los que dicen hacer oraciones personales frecuentes. La segunda publicada por la CEP  Centro de Estudios Públicos en nov.2018 revela que 86% creen en Dios en Chile, que llega a un 16% (católicos + otros) que se reúnen semanalmente, a un 18 %  que  tienen por lo menos un evento religioso anual…  Los detalles de estos sondeos  pueden dar más precisiones pero manteniéndose preferentemente en el ámbito católico, en estas líneas, se reflexionará a las vivencias de la presencia de Dios entre los católicos.

Dos actitudes llaman la atención en este tiempo de pandemia. Primero, los sacerdotes y pastores no quieren que sus fieles pierdan contacto con Dios. Quieren suplir de alguna manera a la imposibilidad  de  realizar los acercamientos litúrgicos a Dios que se celebraban  normalmente.  Por los medios de comunicaciones sociales, las redes sociales  y el internet videos  realizan  misas sin público, predicaciones, oraciones y encuentros religiosos en  zoom… n segundo lugar, se cree que por la emergencia muchos católicos habrán  vuelto a valorar sus oraciones personales quizás algo olvidadas. Recordaron  que   Dios  está en el cielo y en todas partes pero  tienen también la convicción que se puede encontrar a Dios en una devoción personal. Por lo demás la oración discreta encerrándose en su pieza fue aconsejada por Jesús cuando criticó el pavoneo de algunos en las ceremonias públicas.(Mateo 6,5)

Dios no está menos presente en lo individual. Pero se puede preguntar si el hecho de no participar de las misas (o culto para los evangélicos), les contraria  algo  a los cristianos. Hasta puede ser que algunos habrán revalorizados los acercamientos personales con Dios pero  otros, quizás, habrán perdido religiosidad  por  la falta de encuentros colectivos tradicionales. Las autoridades religiosas están investigando lo positivo y lo negativo de la relegación  de su feligresía en sus casas.

En realidad las cifras estadísticas mencionadas inicialmente dejan un profundo malestar. Mínima es la práctica religiosa en la sociedad y malos resultados tienen la promoción de la fe que debería ser el objetivo principal de las organizaciones religiosas. La pastoral actual no logra congregar a los creyentes en las iglesias  y tampoco suscita mayores prácticas intimas con Dios. Muchos creen todavía en Dios pero no se puede conformarse con una fe de mandas, una visita anual a un santuario, una fe del rosario colgando en el vehículo o el persignarse pasando delante una iglesia o por un gol metido en el arco adversario.

Para buscar crear mejores relaciones de nuestros contemporáneos con Dios es necesario en primer lugar analizar lo que realizan actualmente las religiones cristianas para conectarse con Dios.

Católicos y evangélicos tienen  creencias algo distintas  pero también diferencias de sentimientos y de expresiones religiosas. Los protestantes y evangélicos tienen una fe más individual apoyada en la lectura personal de la Biblia. Los creyentes  se ponen en presencia de Dios principalmente leyendo o recordando  su Palabra. Para sostener esta fe personal, celebran cultos frecuentes, culto de adoración, de alabanzas, con oraciones comunitarias y predicación sobre textos bíblicos. Ponerse en presencia de Dios, para ellos,  es sentirse pecador, humilde delante la majestad y clemencia de Dios, pero también alegrarse por la salvación. Los grupos pentecostales privilegian la presencia del Espíritu de Dios y la  manifiestan expresivamente.

Los católicos tienen generalmente contactos con Dios a través de ritos y de los rezos aprendidos en un catecismo en la niñez. Para celebrar los encuentros colectivos tienen un rito preciso: la celebración de la “misa” una liturgia  semanal en la parroquia o capilla donde se celebra y guarda una especial presencia de Dios en el tabernáculo. Existen otras maneras de  vivir la presencia de Dios : los “sacramentos”  para circunstancias particulares (bautismos de niños, confesión, confirmación matrimonio,..).Pero se puede decir que la misa es el centro de la vida cristiana de los católicos, porque corresponde al mandato de Jesús de recordarlo y de actualizar su presencia compartiendo el pan y el vino.  Para los católicos, Cristo quiso de alguna manera “materializar” su presencia de  crucificado y resucitado. No es una presencia pasiva sino activa  Al comulgar el pan y el vino son su cuerpo y su sangre que nos comunican su vida.

Estas convivencias instituidas por Cristo  en la última cena se institucionalizaron. Actualmente se realizan en unos ritos muy codificados. Un sacerdote actúa de “celebrante”, dirige y se dirige a Dios en nombre de todos. Esta celebración  es una tradición secular y universal que junta una multiplicidad de expresiones  religiosas. Se canta, alaba, se pide perdón a Dios, se escucha las lecturas y la predicación, se hace oraciones universales, siguen la ofrenda, la acción de gracia, la consagración y la comunión…Para entender la complejidad de esta práctica cristiana, se debe considerar que, en más de la conmemoración de la última cena, las comunidades primitivas heredaron de la liturgia del templo judío del antiguo  Jerusalén (sumo- sacerdote, altar, lo sagrado con ofrendas y sacrificios, …) también se contagiaron desafortunadamente de expresiones inadecuadas de los cultos paganos e de las cortes imperiales de la antigüedad.. Las instituciones eclesiales, no hace mucho tiempo que el sacerdote celebraba en latín de espalda a la gente, en las oraciones se sigue llamando a Dios  “Señor”, “Dios todopoderoso”  cuando Jesús nos enseñó llamar a Dios “Padre”, somos sus hijos no sus súbditos, se mantiene ideas antiguas acerca de  “lo sagrado”, el altar, las vestimentas, el tabernáculo, la consagración… se privilegia el arrodillarse.  Se deja a Dios en lo alto y tan distante se le pide a Dios :“Piedad”, “escúchanos” como si fuera castigador, sordo o distraído.. La institución clerical aprovecha demasiado esta configuración “cultual” y se ven  sacerdotes abusando de su rol de “celebrante” con oratoria y gestos presumidos como si Dios mismo no estuviera presente cercano a su pueblo. Se perdió la familiaridad del compartir con Jesús

Por la concentración en un tiempo record de múltiples expresiones y de acciones repetitivas se pierde lo esencial del encuentro con Dios; la presencia “activa” de Dios en los sacramentos y principalmente en la misa. No son los cristianos que rinden culto a Dios, sino que es Dios mismo que congrega e actúa. San Juan lo dice (Juan 4,10ss): La verdad del amor consiste “no en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como  perdón de los pecados”. El tesoro escondido desde la creación del mundo es la intervención benévola  y salvadora de Dios en la marcha del mundo. Por su presencia sacramental Cristo reafirma su voluntad de implicar a los cristianos en la realización de su Reino. Pan y vino- cuerpo y sangre, su vida para que comulgando sus discípulos se comprometan con él en la salvación del mundo.

Es triste ver la misa transformada en  un culto público o en una devoción santificadora. En la liturgia eucarística, conviene bajar ese perfil de “culto”  que no le corresponde. La Eucaristía  es  dar gracias por la Salvación pero sobretodo es “misa”  que significa  “envió” o “ misión”  de evangelización en la cual Jesús nos acompañará hasta el fin del mundo.

Después de hablar de esta presencia esencial o “sacramental” de Dios se puede hablar de la oración personal de los cristianos que es otro encuentro con Dios.

El confinamiento sanitario que recluyó los cristianos en sus casas tendrá quizás el efecto positivo de personalizar la fe del católico, una fe  quedada demasiado infantil e impersonal. Las  mandas, las devociones, las invocaciones, las bendiciones pueden santificar la vida de los cristianos pero son insuficientes para los encuentros de los Hijos con el Padre “de todos los hombres. Cuando se  necesita intermediarios o intercesores es cuando no se ha acercado suficiente a Dios mismo.

Para orar, se necesita un poquito de tiempo. Ayudado por los testimonios de los evangelios se puede abrir el dialogo con Dios; las preocupaciones de la vida se descubrirán en  una perspectiva  a la vez personal y universal porque Dios está, de la misma manera, en lo profundo de la intimidad como en lo más Infinito del universo. Con él se diluye los temores, las angustias, se reconcilia de los traspiés de la vida, porque sencillamente se sabe amado por él. La respuesta obvia es el agradecimiento por todo lo recibido en la vida. Dios sabe de las necesidades de uno pero nos dice  que es la fe, la esperanza y el amor  que activan la salvación el mundo. Cuando se recuerda a  todos los familiares, amistades y todos los necesitados, Dios se hace más auténtico porque Dios es Padre de uno y de todos.

En tiempos de crisis se puede también “meditar”, vale decir  prolongar la oración.  Se trata de dominar la imaginación y relajarse  a fin de desactivar las preocupaciones excesivas y entrar en una dimensión espiritual. Los místicos tienen experiencias impresionantes de vivir la  presencia de Dios. La meditación es para tiempo de stress, las vacaciones o la jubilación…

No podemos concluir una reflexión sobre  la presencia de Dios sin hablar de la  presencia universal de Dios. Esta presencia de Dios es la que las religiones ensimismadas olvidan a veces. La creación es una obra de Dios para contemplar pero hay que  considerarla  en pleno desarrollo; el mundo necesita compromiso, entusiasmo, energía, y también rescate, salvación y futuro.

Cuando se pone generoso con el pobre, el enfermo, o con  los migrantes…quizás se pasa al lado de la presencia desconocida de Jesús que dirá un día: “A mí lo hicieron”. ¿Las parejas que se quieren vivirán la mística de creer que su amor es amor de Dios presente en su vida? ¿Cuándo los profesionales de la salud podrán  testimoniar de la necesidad y de la presencia de Dios en su labor sacrificada en medio de las comunidades cristianas? ¿Cuándo los religiosos  se darán cuenta que los profesores, los comerciantes, los campesinos, los políticos, los carabineros,  los ecologistas, los astrólogos, los electores…son igualmente operadores del Reino de Dios en la tierra?

Es urgente que se explicite esta  presencia de Dios en el Bien, lo bueno y lo bello realizados pero también en los fracasos, las contrariedades y los problemas. Esta última presencia de Dios  en las realidades temporales se queda anónima porque la religiosidad institucional toma todo el espacio. Se privilegian la presencia  sacramental de Dios, su presencia en la oración personal pero no habrá nueva evangelización sin darle espacio  a la presencia terrenal de Dios.

Paul Buchet

 

 

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