|Domingo, Abril 11, 2021
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Documento Vaticano no detendrá la renovación 

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El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que prohíbe la bendición de parejas homosexuales, tiene aire de guillotina en ocho años de pontificado. Las palabras son inequívocas: “No está permitido bendecir las relaciones, ni siquiera las parejas estables” a las parejas homosexuales. Porque las “uniones del mismo sexo” implican una “práctica sexual… fuera de la unión indisoluble de un hombre y una mujer abiertos en sí mismos a la transmisión de la vida”.

La ilegalidad de la bendición de las uniones homosexuales es también tanto más imperativa “ya que de alguna manera es una imitación o una referencia a la analogía con la bendición nupcial” en el matrimonio entre un hombre y una mujer. El documento del antiguo Santo Oficio concluye: “No hay base para asimilar o establecer analogías, incluso remotas, entre las uniones homosexuales y el plan de Dios para el matrimonio y la familia”. Fin del discurso.

Todas las intervenciones del Papa Francisco desde su elección hasta hoy están en otro sentido -al menos aparentemente-. “Si una persona es gay, quién soy yo para juzgar… Dios te hizo así y te ama así… Los homosexuales son hijos de Dios… Tienen derecho a vivir en familia”. Frases que marcaron el pontificado, incluida la afirmación de Bergoglio, desde su etapa como arzobispo en Buenos Aires, que está a favor de una ley de uniones civiles.

Si al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe hubiera alguien designado por Benedicto XVI, se podría decir que la salida es el resultado de la oposición conservadora al Papa argentino. Pero el cardenal Luis Ladaria fue elegido personalmente por Francisco y el pontífice conoce (y aprueba) el documento, técnicamente un “Responsum”, es decir, una respuesta a las cuestiones planteadas en el ámbito eclesial.

En realidad, el texto del Santo Oficio, destinado al olvido a lo largo de los años, muestra una característica del pontificado bergogliano y anticipa el debate del futuro cónclave. Porque en todos los temas, que conciernen al problema de los sexos y las relaciones de vida, Francisco ha reformado las indicaciones provenientes de lo que alguna vez se llamó el “Sagrado Trono” o el “Sumo Pontífice”, sin cambiar simultáneamente el texto de la doctrina tradicional. Sin reformar el catecismo oficial.

Y la razón es simple. Bergoglio capta las necesidades que surgen de los tiempos cambiantes y del contexto cultural, creyendo que la doctrina de la Iglesia es algo vivo destinado a expresar la esencia del mensaje del Evangelio y por tanto el amor a Dios y al prójimo, pero al mismo tiempo, Bergoglio en el cuerpo episcopal no tiene la mayoría para cambiar la letra de la doctrina oficial.

No es cierto que un Papa sea omnipotente. Es cuando es conservador. No lo es cuando es innovador. La reforma siempre necesita, como demuestran los acalorados enfrentamientos y votaciones en el Concilio Vaticano II, mayorías sólidas y amplias. En este contexto, en los últimos años hemos sido testigos de los puntos de inflexión del pontificado; el veto a la comunión de los divorciados vueltos a casar, las discusiones sobre anticonceptivos, la demonización de las relaciones homosexuales, implementado bajo el impulso de Bergoglio sin ir acompañado de una reescritura de los textos doctrinales.

Es la demostración de una larga transición a una Iglesia católica diferente. Y es un anticipo del debate de cara a la sucesión, en el que el frente tradicionalista presionará por la elección de un pontífice más “moderado” que no se “aparte” de la doctrina tradicional.

En realidad, el documento no frenará la renovación en curso. Primero, porque la Congregación para la Doctrina de la Fe enfatiza repetidamente que no debe haber una actitud discriminatoria hacia los homosexuales, para ser tratados con respeto y “delicadeza”. No solo eso, la declaración “no excluye la entrega de bendiciones a personas con inclinación homosexual” (que en la tradición católica secular abre el camino a variantes de todo tipo).

Pero sobre todo, ya no se puede detener el debate en curso, ni la práctica ya en marcha en aquellas parroquias y diócesis donde una serie de obispos y párrocos, sintiéndose amparados por las palabras de Francisco, ya bendicen el proyecto de vida de una pareja homosexual.

Veamos la forma en que l’Avvenire, el periódico de la conferencia episcopal italiana, informa sobre el evento. Una página completa en la que naturalmente destaca el documento vaticano, pero también hay espacio para una crónica dedicada a opiniones que, evitando confrontar a la Congregación para la Doctrina de la Fe, reflejan el clima de transición. “No significa que las personas homosexuales estén excluidas de ser bendecidas”, comenta el P. Maurizio Faggioni, profesor de la Academia Alfonsiana, y agrega que la teología debe seguir cuestionando y reflexionando sobre el fenómeno homosexual. A su vez, el jesuita Paolo Piva, señala que el documento vaticano reconoce explícitamente en las relaciones homosexuales la “presencia de elementos positivos, que en sí mismos son dignos de apreciar y valorar”. Avvenire informa que en Alemania el proceso sinodal inaugurado por los obispos abordará la cuestión, mientras el obispo de Mainz Peter Kohlgraf, ha dado su apoyo a un libro de bendiciones y ritos para las uniones homosexuales.

Cabe señalar, paradójicamente, que en el ámbito del catolicismo son precisamente los partidarios más inflexibles de la condena injustificada de las relaciones homosexuales, los que cierran los ojos ante la realidad de una Iglesia en la que los funcionarios homosexuales siempre han vivido y hecho carrera.

En un libro documentado y fascinante del sociólogo Marco Marzano, “La Casta dei Casti” (ed. Bompiani), ilustra cómo sacerdotes, seminaristas y educadores homosexuales son capaces de “no causar escándalo” y se encuentran a gusto en la institución eclesiástica.

Marco Politi  –  Roma

Il Fatto Quotidiano

 

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