Junio 13, 2024

‘Ubicarse en el lugar de los más pobres’

 ‘Ubicarse en el lugar de los más pobres’

Hna. Gloria Liliana Franco a la Vida Religiosa en América Latina y el Caribe: ‘Sólo ubicados geográfica y existencialmente en el lugar de los más pobres, -que es el lugar de Jesús-, la Vida Religiosa se repoblará de sentido’.

La presidenta de la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR), usa tres imágenes para ello: sandalias empolvadas en el arte de caminar, faro en medio de la noche y puente que favorece la comunión. La religiosa colombiana define la institución que representa como algo que “aporta la riqueza de una espiritualidad sólida, inspirada en los valores del Evangelio, fruto de la contemplación de la Persona de Jesús y de la pasión por su Reino”. Es una historia de testigos, de respuestas a clamores reales, caminando en fraternidad, siendo presencia en las periferias.

¿Qué representa la Vida Religiosa para la Iglesia de América Latina y el Caribe en este momento?

Hoy más que nunca la Vida Religiosa en este continente, no es sólo una narrativa creíble, sino también el icono evangélico y profético de un modo nuevo de ser, de hacer y de estar.  Por eso quisiera usar tres imágenes para responder a tu pregunta.  Después de casi cuatro años de servir a los religiosos y religiosas del Continente, encuentro que tres imágenes expresan lo que la Vida religiosa representa para la Iglesia del Continente.

La primera son las sandalias empolvadas en el arte de caminar.  A la Iglesia del Continente la interpela una Vida Religiosa que permanece inserta en los lugares más empobrecidos, una que sigue creyendo en los procesos, en lo germinal y en lo gratuito.  Esa que no se desgasta en retóricas y no se esfuerza en aparecer mediáticamente en titulares, la que sencillamente se entrega en simplicidad y profetismo, la que hace su morada entre los pobres, camina con los migrantes, acompaña y escucha a las víctimas, se empeña en educar, en curar heridas, en trabajar por la paz y la justicia.

En segundo lugar, faro en medio de la noche. Ante la crisis de credibilidad de la Iglesia y atravesando su propia noche, la Vida Religiosa más disminuida en miembros, más envejecida, más desgastada por el peso de lo institucional, se empeña en responder con novedad y por eso, no cesa de formarse con la consciencia de que se necesitan mejores testigos, no escatima esfuerzos en reflexionar, en discernir por dónde están los horizontes de novedad y resignificación.  Mantiene esa sana autocrítica que le posibilita vencer la tentación a acomodarse, a paralizarse en respuestas mediocres.  Se sabe portadora de una plural riqueza carismática y eso la mantiene dinámica, conducida por el Espíritu y por eso se aferra a la esperanza.

La tercera, puente que favorece la comunión, pues consciente de la diversidad que la habita, de la riqueza vocacional recibida que la hace ser en la Iglesia: mística, misión y profecía, la Vida Religiosa está convencida de la necesidad de caminar favoreciendo la comunión.   No es un empeño fácil, pero hay que invertir ahí todas las energías, porque lo fraterno y sororal se constituyen en el signo que la sociedad espera leer en la Iglesia.  Por eso, tantos religiosos están ubicados ahí, en el lugar de la red y la sinergia, de la construcción colectiva y la búsqueda conjunta.

La presencia de la Vida Religiosa en las periferias siempre ha sido algo destacado en América Latina y el Caribe, una presencia acentuada durante este tiempo de pandemia. En su opinión, ¿qué ha supuesto para la Vida Religiosa del continente este tiempo de pandemia?

Una minoría ha permanecido en la trinchera de la seguridad y el confort.  Pero, la mayoría ha estado en el lugar del contagio, nuestras múltiples plataformas pastorales: educativas, parroquiales, sanitarias, asistenciales, nos han puesto a la mayoría, en la zona del riesgo.  De hecho, son miles los Religiosos y Religiosas que han dado su vida en medio de esta pandemia.

Para casi todos ha supuesto una dosis inmensa de fe que capacita para trasegar en medio de la incertidumbre que ha traído esta pandemia.  Nos ha llevado a repensarnos, a formarnos con novedad y utilizando otras plataformas para ello; nos ha exigido creatividad a la hora de enfrentar los desafíos apostólicos, nos ha puesto en el territorio de la osadía para buscar recursos, hacer redes solidarias, intentar que la sopa alcance para todos. Nos ha conducido a hacer alianzas para defender los derechos de los más pobres.  Nos ha convencido de la necesidad de la reforma.

¿Hasta qué punto esa presencia en las periferias puede ayudar a la Vida Religiosa a crecer en autenticidad y ser cada día un mejor testimonio de Evangelio encarnado para la Iglesia y la sociedad de América Latina y el Caribe?

Es la condición.  Sólo ubicados geográfica y existencialmente en el lugar de los más pobres, -que es el lugar de Jesús-, la Vida Religiosa se repoblará de sentido.  Sólo el Espíritu nos hará reconocer la urgencia de una Vida Religiosa capaz de salida y atenta a los signos de los tiempos, dispuesta a escuchar la realidad y a desacomodarse, para que acontezca lo comunitario, lo fraterno, lo radicalmente evangélico.

Desentrañar la identidad misionera de nuestra opción, nos conducirá a vivir con más sentido y radicalidad nuestra vocación.  Nos corresponde abrirnos camino por los territorios de misión, ser presencia y profecía, compañía y bondadosa cercanía, en las fronteras, como aliados de los pueblos en la defensa de la vida y de las causas comunes.  Con ellos, con los más pobres, como amigos, hermanos y discípulos.

Toda vez que uno conmemora una fecha importante es momento de agradecimiento, ¿cómo presidenta de la CLAR qué es lo que agradece a la Vida Religiosa de América Latina y el Caribe?

En este servicio a la Vida Religiosa del continente, muchas veces he contemplado las manos de nuestros hermanos mayores, las he visto necesitadas y misteriosamente plenas, curtidas de entrega, arrugadas de suavizar la existencia de otros. Manos que se han aproximado para bendecir y acariciar; para ofrendar aquello que tienen: una plegaria, una expresión sincera, un legado auténtico y eterno.

He visto las manos de quienes están en la brega cotidiana. Aquellas que se extienden generosas en el aula de clases, en la dirección del colegio, en la travesía por el río, en el acompañamiento a la biblioteca, en el grupo bíblico, en la asesoría pastoral, en la cocina de la casa, en el campamento con los jóvenes, en el taller con campesinos, en las comisiones de lucha por la justicia, en la residencia con los universitarios, junto a la cama del enfermo, en… Esas manos que revelan que los consagrados poseemos un gran celo apostólico y que existen tantas búsquedas sinceras por el más de la misión, que se constituyen en el testimonio que actualiza nuestros carismas.

Me he acercado a las manos de quienes apenas empiezan y estrenan lozanía, vigor, riesgo, creatividad, pasión evangelizadora. Manos de diversas razas y colores, que se enlazan en categoría de hermanas por Jesús y el Reino.

Manos de hombres y mujeres, manos frágiles y fuertes, manos encallecidas, manos que saben de acunar la vida y de curar heridas; manos que portan el Evangelio y que abren la tierra para depositar en ella semillas de esperanza; manos que se arriesgan; manos que construyen y sostienen; manos que se saben corresponsables de la construcción del Reino…manos de viuda pobre, de fatigado sembrador que lo entrega todo…de quienes se ofrecen sin economizarse en un estéril egoísmo.  Las manos de todos los que con creatividad evangélica hacen fecunda y plena su existencia.

Y eso agradezco cada dos de febrero, esas manos tendidas, consciente de que la fuerza y la posibilidad de la Vida Religiosa está en la riqueza de lo común, de aquello que es patrimonio de todos y nos empeñamos en donar.  Radica en la capacidad que tenemos de salir de nosotros mismos y disponernos generosamente para el don. Agradezco porque en este servicio, he contemplado tantas manos encallecidas y fecundas y esas manos, me han sostenido al caminar.

Luis Modino – Celam

Vatican News  –  Reflexión y Liberación

Editor