|Jueves, Septiembre 29, 2022
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¿Qué nos quiere decir la Madre Tierra? 

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Antes de abordar el tema -Hacia una Iglesia samaritana y cuidadora de la Naturaleza– pretendo hacer dos observaciones:

La primera: ¿qué mensaje la Madre Tierra nos quiere comunicar con la intrusión del Coronavirus?

La segunda: la confrontación de dos paradigmas civilizatorios: del dominus y del frater: ¿cuál es su significado para la actual crisis generalizada?

Vamos a la primera observación: más allá de las vacunas y de todas las precauciones contra la diseminación del virus, hay que preguntarse: ¿de dónde viene el virus? Todo parece indicar que el virus es un contra-ataque de la Madre Tierra a raíz de la secular agresión que los poderosos le hicieran devastando enteros ecosistemas en función de la acumulación de bienes materiales. En otras palabras, es una respuesta al antropoceno y al necroceno. Tocamos los limites ecológicos de la Tierra al punto de que necesitamos más de un planeta y medio para atender al consumo y especialmente al consumismo suntuoso de una pequeña porción de la humanidad.

La Madre Tierra nos quiere decir: paren este tipo de relación violenta contra mí que les doy cotidianamente todo lo que necesitan para vivir. En caso contrario, vendrán otros virus más dañinos y eventualmente el Gran Virus (The Next Big One) contra el cual las vacunas serán ineficaces y gran parte de la biosfera podrá verse peligrosamente afectada. O vendrán otros eventos extremos como grandes catástrofes ecológico-sociales.

Todo está indicando que tal mensaje no está siendo oído por los jefes de Estado, los directores de las grandes corporaciones multinacionales y por la población en general. Si lo escucharan, tendrían que cambiar su modo de producción, las ganancias absurdas y perder sus privilegios.

Hay que reconocer que la Covid-19 cayó como un meteoro rasante sobre el capitalismo neoliberal desmantelando sus mantras: el lucro,  la acumulación privada, la competencia, el individualismo, el consumismo, el Estado reducido al mínimo y la privatización de la cosa pública y de los bienes comunes.

Mientras, planteo inequívocamente la disyuntiva: ¿vale más el lucro o la vida? ¿Debemos salvar la economía o salvar vidas humanas? Si hubiéramos seguido tales mantras todos estaríamos en peligro.

Lo que nos ha salvado fue lo que le falta al capitalismo: la solidaridad, la cooperación, la interdependencia entre todos, la generosidad y el cuidado mutuo de la vida de unos y otros y de la naturaleza.

Segunda observación: El presente caos sanitario, ecológico, social, político y espiritual es la consecuencia derivada del paradigma que ha dominado  en los últimos tres siglos de nuestra historia, ahora globalizada. Los padres fundadores de la Modernidad del siglo XVII entendían el ser humano como el dominus, el maître et possesseur de la naturaleza y no como parte de ella. Para ellos la Tierra carece de propósito y la naturaleza no tiene valor en sí misma, sino que está solo ordenada al ser humano que puede disponer de ella a su antojo. Este paradigma ha modificado la faz de la Tierra, trajo innegables beneficios, pero en su afán de dominar todo, ha creado el principio de autodestrucción de sí mismos y de la naturaleza con armas químicas, biológicas y nucleares.

El fin del mundo ya no es cosa de Dios, sino del proprio ser humano que se ha enseñoreado de la propia muerte. Llegamos a tal punto que el Secretario General de la ONU, António Guterrez dijo recientemente en un encuentro en Berlín sobre el calentamiento global que crece de forma no prevista: “Solo tenemos esta elección: la acción colectiva o el suicidio colectivo”.

De cara al paradigma del dominus el Papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti propone otro paradigma: el del frater el hermano y la hermana, él de la fraternidad universal y de la amistad social (n.6; 128). Desplaza el centro: de una civilización técnico-industrial, antropocéntrica e individualista a una civilización de la solidaridad, de la preservación y del cuidado de toda la vida.

Sabemos, por datos de la ciencia, que todos los seres vivos tienen en común el mismo código genético de base, los 20 aminoácidos y las mismas cuatro bases nitrogenadas, desde la célula más primitiva de 3,8 mil millones de años, pasando por los dinosaurios, los caballos y legándonos a nosotros. Por eso somos de hecho, y no retórica o místicamente, hermanos y hermanas. Esto lo reafirma la Carta de la Tierra así  como las dos encíclicas ecológicas del Papa Francisco.

Estos dos paradigmas están hoy altamente confrontados. Si seguimos el paradigma del señor y dueño que usa el poder como dominación de todo, hasta de las últimas dimensiones de la materia y de la vida, vamos seguramente al encuentro de un armagedón ecológico, con el riesgo de exterminar la vida en la Tierra. Sería el justo castigo por las ofensas y heridas que hemos infligido a la Madre Tierra por siglos y siglos. Ella seguirá su curso alrededor del sol pero sin nosotros.

Con el viraje hacia el paradigma del frater, del hermano y de la hermana, se abre una ventana de salvación. Superaremos la visión apocalíptica de la amenaza del fin de la especie humana, por una visión de esperanza, de que podemos y debemos cambiar de rumbo y de ser de hecho hermanos y hermanas dentro de la misma Casa Común, la naturaleza incluida. Sería el bien vivir y convivir del ideal andino, en armonía entre los humanos y con toda la naturaleza.

Este es el contexto dentro del cual se debe situar la acción de la Iglesia que se propone ser samaritana y cuidadora de todo lo que existe y vive.

El Papa Francisco de Roma, inspirado por el otro Francisco, él de Asís, se dio cuenta de la gravedad de la situación dramática del sistema-Tierra y del sistema-vida, y formuló una respuesta. En la Laudato Sì: cómo cuidar de la Casa Común invitó a todos a “una conversión ecológica global” (n. 5), además, “una pasión por el cuidado del mundo”…”una mística que nos anima, impele, fomenta y da sentido a la acción personal y comunitaria” (n. 216). En la Fratelli tutti fue todavía más radical: “estamos en el mismo barco, o nos salvamos todos o nadie se salvará” (n.32)

Creo que los elementos de las dos encíclicas ecológicas del Papa Francisco pueden servirnos de inspiración para realizar la misión de ser samaritanos y cuidadores de toda vida.

Pero lo primero es por dónde empezar. Aquí el Papa revela su actitud básica, repetida a menudo a los encuentros con los movimientos sociales sea en Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, sea en  Roma:

 ‘No esperéis nada de arriba porque siempre viene más de lo mismo o todavía peor; empiecen por ustedes mismos…desde abajo, desde cada uno de vosotros, a luchar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo‘ (Fratelli n. 78). El Papa sugiere lo que hoy es la punta de la discusión ecológica mundial: trabajar la región, el biorregionalismo que permite la verdadera sostenibilidad, con una agroecología, una democracia popular y participativa que humaniza las comunidades y articula lo local con lo universal (Fratelli n. 147).

Leonardo Boff en el 41 Congreso de Teología / Asociación Juan XXIII – Madrid

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