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El lado serio de la Navidad 

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Todas las fiestas tienen su lado serio, el cual tiene que ver con el significado y resonancia del acontecimiento que se celebra, sea para una persona, una comunidad o un pueblo. Mientras más importante y significativo sea el acontecimiento, mayores son los motivos para celebrar. Así ocurre con los cumpleaños, los matrimonios, los aniversarios, los reencuentros, las graduaciones, las fiestas patrias, etc. El lado serio de la fiesta viene dado por el significado del acontecimiento.

Así también ocurre con la Navidad, y cada año volvamos a recordar la historia del acontecimiento que celebramos, y lo hacemos sin olvidar nunca que “Navidad” quiere decir “nacimiento”; porque eso es lo que estamos celebrando, la fiesta del nacimiento del Señor Jesús.

La Navidad es una fiesta de alegría que atraviesa -en modos diversos- al mundo entero, en medio de las incertidumbres y de la larga lista de penosas situaciones que somos capaces de crear los seres humanos. En medio de todo esto, el nacimiento del Señor Jesús es una luz de esperanza que nos dice que Dios sigue confiando en que somos capaces de hacer algo mejor, y Él se compromete con nosotros en eso.

No faltan algunos desubicados repiten que “la Navidad es la fiesta de los niños” y con eso justifican la parafernalia del carnaval consumista. Por supuesto que a todos, chicos y grandes, nos gusta recibir regalos; pero, en realidad, la Navidad no es una fiesta de los niños, sino que es una fiesta para todos: niños, jóvenes, adultos y ancianos. Es una fiesta en que celebramos que Dios ha querido hacerse un ser humano como nosotros y nos trae la esperanza que brota del amor de Dios que se entrega por entero para cada persona; viene como una luz, para que construyendo puentes solidarios de encuentro y diálogo, seamos capaces de enfrentar creativamente las situaciones que nos toca vivir, tanto personalmente como colectivamente.

Entonces, celebrar Navidad es hacer fiesta porque ¡es el cumpleaños del Señor Jesús!, que nació hace poco más de dos mil años en el pueblo de Belén. Desde los primeros tiempos de la fe cristiana, los discípulos del Señor Jesús querían celebrar la fiesta de su nacimiento, pero no se sabía la fecha exacta -el día y el mes- por la ausencia de calendarios precisos. Así, en el siglo IV se pusieron de acuerdo en dejar el 25 de diciembre, que era una fecha importante en el Imperio Romano -era para ellos la fiesta del Sol Invencible-, para celebrar el nacimiento y cumpleaños del Señor Jesús.

En medio de la alegría festiva de estos días, la Navidad tiene su lado serio. Algo tan serio como que en ella celebramos que Dios está presente en nuestra vida y que se trata de alguien tan cercano como lo es el Niño de Belén. En la Navidad lo que Dios quiere y nos ofrece es que aprendamos a ser felices siguiendo el camino que el Señor Jesús inició naciendo en el Pesebre.

En esta fiesta, los cristianos volvemos nuestra mirada a ese Niño que nace pobre en un establo y que, sin embargo, es el eje de toda la historia humana y el centro y meta de la vida de cada persona creyente. Celebramos el nacimiento de ese Niño con clara conciencia de que en la historia humana no ocurrido nada más importante que ese nacimiento en que Dios se hizo hombre, y ante quien toda pretensión de grandeza humana resulta ridícula en su ingenua vanidad.

Entonces, en estos días nos disponemos a celebrar ante la sencillez del Pesebre y la sobriedad del Evangelio, la alegría del nacimiento del Señor Jesús y sabemos que si Él falta, la fiesta no tiene sentido y la alegría será tan pasajera como unos fuegos artificiales, que luego de un impresionante despliegue de luces se vuelven una oscuridad total.

Les deseo a todos que puedan preparar y vivir un hermoso encuentro familiar en torno al Pesebre, intercambiando los regalos que quieren recordarnos que el nacimiento del Señor Jesús es el más grande de los regalos que nos hace el Padre Dios. ¡Muy feliz Navidad a todos!

Marcos Buvinic  /  Punta Arenas

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

 

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