|Domingo, Octubre 17, 2021
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“No a sacerdotes exaltados, sino simples, mansos y equilibrados” 

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El Papa Francisco celebra la misa en la Basílica vaticana con 550 Misioneros de la Misericordia

A los 550 Misioneros de la Misericordia que llenan la Basílica vaticana para la misa de hoy con el Papa, este último recordó la importancia de su ministerio, instituido durante el Jubileo de 2016, con la concesión de remitir incluso los pecados graves normalmente reservados a la Sede Apostólica, pero con un importante consejo: «cuidado», dijo, con no transformarse en «sacerdotes exaltados, como si fueran despositarios de algún carisma extraordinario».

Sí, es cierto que «el Evangelio recuerda que quien está llamado a dar testimonio de la Resurrección de Cristo debe, él mismo, en persona, “nacer desde lo alto”», pero lo que se necesita son «sacerdotes normales, simples, mansos, equilibrados, capaces de dejarse regenerar constantemente por el Espíritu, dóciles a su fuerza, interiormente libres, principalmente de sí mismos –porque son movidos por el “viento” del Espíritu que sopla donde quiere», subrayó Bergoglio durante la misa al final del segundo encuentro en Roma de los Misioneros organizado por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evnagelización, del 8 al 11 de abril.

El Papa recibió hoy por la mañana, en el Palacio Apostólico, a los sacerdotes de cinco continentes en una audiencia privada. Al reunirse nuevamente con ellos en la basílica, recordó «dos aspectos inseparables» de esta especie de misión que les encomendó hace dos años y prorrogada tras la conclusión del Jubileo: «el renacimiento personal y la vida de la comunidad». Es decir, ponerse «al servicio de las personas, para que “renazcan desde lo alto”», y «al servicio de las comunidades, para que vivan con alegría y coherencia el mandamiento del amor»: en estas dos direcciones debe moverse el ministerio de estos agentes de la misericordia.

En relación con el primer punto, el Pontífice advirtió que no deben volverse como «Nicodemo que, a pesar de ser maestro en Israel, no comprendía las palabras de Jesús cuando decía que para “ver el reino de Dios” hay que “desde lo alto”, nacer “de agua y Espíritu”. Nicodemo –recordó el Papa– no comprendía la lógica de Dios, que es la lógica de la gracia, de la misericordia, por la que quien se hace pequeño es grande, quien se vuelve el último es el primero, quien se reconoce malvado es curado. Esto significa dejar verdaderamente el primado al Padre, a Jesús y al Espíritu Santo en nuestra vida».

Desde esta conciencia nace la segunda indicación de Francisco en relación con el servicio a la comunidad: «Ser sacerdotes capaces de “elevar” en el “desierto” del mundo el signo de la salvación, es decir la Cruz de Cristo, como fuente de conversión y de renovación para toda la comunidad y para el mundo mismo». «El Señor muerto y resucitado es la fuerza que crea la comunión en la Iglesia y, mediante la Iglesia, en la humanidad entera». También recordó que «esta fuerza de comunión» se había manifestado siglos antes en la comunidad de Jerusalén en donde los creyentes vivían con «un corazón solo y un alma sola», compartiendo los bienes y nunca abandonando a nadie necesitado.

Un estilo de vida que era «contagioso hacia el exterior», observó el Papa: «la presencia viva del Señor Resucitado produce una fuerza de atracción que, mediante el testimonio de la Iglesia y a través de las diferentes formas de anuncio de la Buena Noticia, tiene a alcanzar a todos, sin exclusión». Debe incluirse en esta dinámica el ministerio específico de los Misioneros de la Misericordia, porque, insistió Francisco, «tanto la Iglesia como el mundo de hoy tienen particular necesidad de la Misericordia, para que la unidad querida por Dios en Cristo prevalezca sobre la acción negativa del maligno que aprovecha muchos medios actuales, en sí buenos, pero que, utilizados mal, en lugar de unir, dividen».

«Nosotros –concluyó el Papa citando su “Evangelii gaudium” – estamos convencidos de que “la unidad es superior al conflicto”, pero sabemos que sin la Misericordia este principio no tiene la fuerza para hacerse concreto en la vida y en la historia». 

Salvatore Cernuzio  –  Ciudad del Vaticano

Vatican Insider   –   Reflexión y Liberación

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