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Pascua de la Hna. Panchita Morales 

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Ha partido a la Casa del Padre, hoy lunes 27 a las 18,00 hrs, la querídisima Hna. Francisca Morales / Panchita. Religiosa de la Congregación del Amor Misericordioso y toda su vida comprometida con la “opción preferencial por los pobres“. En muchos de nuestros encuentros en su Comunidad de calle Amengual -Estación Central- manifestaba su respeto a la labor del Laicado y su inclaudicable compromiso por hacer -entre todas y todos- una Iglesia sencilla, misionera y que en algo se acercara a la Iglesia de Jesús pobre… Desde revista “Reflexión y Liberación” le decimos: ¡Gracias Panchita por tu compromiso, amistad y servicio a la causa del Reino desde los desamparados y excluidos!

“La hermana Francisca Morales, “Panchita” para los que han tenido el privilegio de conocerla en alguna población de las periferias de Santiago, a sus ochenta años, sigue saliendo y volviendo pasadas las 11 de la noche a su hogar en la congregación Amor Misericordioso, en Estación Central.

Usted ha vivido mucho tiempo en sectores populares, en poblaciones de Talagante, Pudahuel o La Granja. ¿Por qué le interesaba salir al encuentro de los más pobres?

Yo descubrí mi vocación a los 23 años. Estaba haciendo la tesis para recibirme de pedagoga en castellano. Al entrar al convento me encontré con un Evangelio traducido en normas, ritos y costumbres que me desubicaron un poco. Yo traía una formación que, más que en ritos, consistía en la vivencia del amor fraterno. Me encontré con una especie de desilusión, con una estructura, pese a que mi congregación es de las más abiertas. Pero siempre pensé que mi misión estaba entre los más pobres, de acuerdo con el Evangelio. Vivir entre los pobres me devolvió mucho de la humanidad que estaba en riesgo de perder con la institución, me dio una libertad evangélica, me hizo más humilde, más sencilla, reconociendo mi fragilidad sin la protección del hábito y empecé una vida de consagración muy entusiasmante.

¿Cómo ha sido su vida y trabajo en las periferias?

En 1967 abrimos la primera casa de población, en Pudahuel. Nos mandaron a dos jóvenes que queríamos salir luego, con una hermana de más experiencia, que no salía tanto a la calle como nosotras, pero tomaba mate con los vecinos, se visitaban. Nosotras andábamos hasta recogiendo borrachitos, con la ayuda de algún vecino, porque no es fácil levantar a un hombre, para que no se murieran de frío o se pescaran una neumonía. Salir a las periferias te moviliza de una manera distinta. Puedes expresar tus sentimientos con una libertad increíble, la gente te abraza, te besa con una naturalidad muy grande. La institución te crea una distancia, una estructura más normativa. Salir te hace recuperar la humanidad. Nosotras tuvimos mucho apoyo del Cardenal Silva Henríquez. Él nos dijo: “Santiago ha crecido mucho y yo necesito que vaya gente de Iglesia a las poblaciones nuevas. Elijan ustedes el lugar y yo les doy la congrua que se les da a los curas para que se inserten”. Don Fernando Asistía, obispo en la zona oeste, nos dijo: “No hagan nada más que escuchar y aprender”. Más tarde salimos a trabajar para ganarnos el puchero, pero primero era conocer a la gente, hacerse pobladoras con la gente. Al comienzo, cuando nadie me conocía, me decían “madrecita”, pero después todos me decían “Panchita”, y ni siquiera “hermana Panchita”, hasta los cabros chicos… Uno va creando lazos de amistad, va teniendo compadres y comadres, se va metiendo en el tejido de la vida del pueblo. Por eso don Enrique Alvear tenía tanta razón cuando dijo que los pobres nos evangelizan. Ellos tienen mucha intuición del Evangelio, quizás no lo han estudiado pero viven mucho el amor y la solidaridad, sin esperar recompensas. En la escuela de los pobres descubrí profundamente mi vocación. Eso ha sido una riqueza enorme para mi vida entera.

En estos últimos meses hemos escuchado reiteradamente la invitación del Papa Francisco a salir a las periferias existenciales, a no encerrarnos en nuestras parroquias o grupos ya conocidos, a ir al encuentro de los alejados…

Eso es lo que hemos descubierto también como congregación. Yo creo que el Concilio Vaticano II nos permitió entender que tenemos que construir el reino en nuestra realidad de ciudadanos. Ese fue un beneficio enorme: empezar a salir de la institución e irme a vivir entre los pobres, en una casita común y corriente, sin hacer sentir ni pesar mi formación o mi cultura, sino a aprender de la cultura del pueblo, escuchar mucho, aconsejar muy prudentemente, si es que me lo pedían, pero primero que nada hacerme valer en medio de la gente como una amiga, una hermana, una compañera de camino, más que la madrecita intocable o santita, que se puede escandalizar con la vida real, nada de eso.

Usted trabajó junto al padre Esteban Gumucio en La Granja, otro gran servidor de los más pobres. ¿Qué aprendizaje le dejó?

El padre Esteban fue un regalo de Dios. En el año 64 fuimos a misionar a la población Malaquías Concha, en La Granja, donde él era párroco y donde después vivimos muchos años. Fue una experiencia maravillosa trabajar con él. Todos los días hacía una misa donde revisábamos lo que habíamos vivido, fue como una pedagogía de inserción y evangélica muy profunda, un gran privilegio. Esa experiencia acicateó a las jóvenes el deseo de salir más allá de la institución. Él era un viejo con corazón de niño. Era un poeta que sabía descubrir en la naturaleza y en la vida la presencia de Dios. Entonces nos ayudaba a descubrir, en aquello que se ve tan negro, las flores que surgen del barro. Ver lo positivo y perderle el miedo a la pobreza, ver la riqueza de los pobres. También una gran simplicidad evangélica. Para nosotros era un Santo, un hombre de fiar. Su reflexión en la misa de todos los días era de una riqueza enorme, porque decía: “Recojamos la vida, a ver, ¿qué han vivido hoy? ¿Y el Evangelio, cómo nos ilumina?”. Y ahí empezábamos. Esto que ahora está de moda: ver, juzgar, actuar y ahora le agregan celebrar, Esteban lo hacía naturalmente, mirar la vida, ver cómo nos ilumina el Evangelio e ir cambiando nuestras actitudes en la práctica.

¿Qué la importancia tiene la oración en la vida consagrada?

Creo que uno tiene que aprender a vivir en un estado de oración permanente. Si no tienes fervor espiritual, convicciones profundas, ¿cómo puedes sortear las crisis de la vida, cómo puedes aconsejar el sufrimiento de los demás o acompañarlo o tener oreja para oír sin escandalizarse? La oración hace eso que decía el padre Esteban Gumucio, descubrir en la vida las cosas hermosas que ha hecho el Señor, y también ser prudentes, saber que el mal está y que llevamos el tesoro en vasijas de barro, que se pueden quebrar. Para eso hay que tener espíritu de oración y vigilancia permanente, pero sin volvernos neuróticos ni salir de la realidad. La oración se enriquece con la vida, porque tengo mucho diálogo íntimo con el Señor, pero también voy incluyendo las necesidades del país, de América Latina, lo que pasa en Egipto. En la oración comunitaria, con todas las hermanas, vamos haciéndole presente al Señor lo que pasa en el mundo, las necesidades de los demás.

Estamos celebrando la Solemnidad de la Asunción de la Virgen: ¿Qué ha significado la figura de María en su vida religiosa?

He ido descubriendo a María de a poco. Primero me entusiasme por Jesús y de niña tenía una piedad Mariana bien ingenua, entonces deje un poco de lado a María. Después descubrí que habíamos deformado tanto la piedad popular de María, que había que redescubrir a la mujer sencilla de Galilea según el Evangelio. María fue un modelo de creyente, de vida sencilla y pobre pero muy sabia y muy hacedora de lo que iba aprendiendo y escuchando de su hijo. Fue la primera discípula, la primera misionera. Me motivó mucho cuando la descubrí detrás de los trapos y los adornos de oro que le ponemos. La piedad popular expresa su cariño dándole lo mejor que tiene, pero también ha deformado la piedad, le ha quitado humanidad, porque ella también tuvo dudas y tuvo que preguntarse para dónde va todo esto. Ella entendió que había que pasar por la Cruz y que había esperanzas en la Ressurrección. Junto a las otras mujeres fueron capaces de ser más fieles que los apóstoles, fue una mujer de una fe muy firme que fue haciendo camino. Ha sido muy importante para mí. Ahora, yo respeto la piedad popular, pero no la endioso, porque tiene muchas pifias. He vivido casi toda mi vida en poblaciones y he tratado de que la gente profundice en las escrituras e ilumine su piedad con cosas más firmes que el puro folclor superficial, para que la fe no solo caliente en los días de procesiones y se mantenga un corazón ardiente de amor por Jesús.

¿Qué mensaje quisiera traspasar a los religiosos y las religiosas más jóvenes?

Que los espacios que nos vinculen a otras consagradas ayudan mucho, porque creo que en bloque una congregación no cambia, puedes encontrar resonancia de tus inquietudes en muchas hermanas, pero no en la totalidad. Es importante respetar lo que las demás piensan y sienten, pero no puedes amoldarte a ellas, no pueden ser un freno. Necesitamos tener un grupo de reflexión y búsqueda conjunta para no meter la pata e ir haciendo camino sintiendo que somos mucho más que dos, como dice la canción. La intercongregacionalidad te da fuerza, te ayuda a discernir, te sientes acompañada, y eso no quiere decir que no quieras a tus hermanas de tu propia congregación, pero no puedes soñar que el bloque entero vaya a cambiar rápido. Como dice el Papa Francisco, es el espíritu el que hace la armonía, y por donde te lleve el espíritu, tienes que crear armonía con todos y no abandonar el camino a las primeras de cambio. El espíritu da fortaleza, y sentir que es la Iglesia la que está en Iglesia haciendo caminos nuevos da fuerzas para continuar. Entonces a la gente joven le diría que perseveren, que no se detengan, que sigan buscando caminos de humanización y de servicio al mundo, porque el Reino empieza acá, con la venida de Cristo ya está el Reino en simiente y nosotros tenemos la tarea de hacerlo crecer. Hay mucho que hacer”.

Entrevista de Sebastián Gallegos Sánchez – 15 de Agosto de 2013

Comunicaciones Iglesia de Santiago

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