|Domingo, Octubre 24, 2021
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Aislamiento en tiempo de Pandemia 

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Aunque hubiésemos pensado, como sociedad, que en el siglo XXI íbamos a andar en autos con alas, que la tecnología al servicio de la adaptación iba a ser uno de los temas que dominaran los ejes del día a día, hoy nos encontramos aquí -creo que casi ninguno de nosotros imaginó jamás- enfrentando una pandemia que nos tiene aislados a muchos de los que vivimos en Santiago por ya más de 110 días, confinados en nuestras casas para protegernos y cuidarnos unos a otros de los daños invasivos e invisibles en primera instancia que conlleva el Covid-19.

Para nosotros, que confiamos en Dios, entendemos que hay que cuidarnos y confiar, no de manera pasiva sino comprensiva, reflexiva y adaptativa. Así podemos también tomar la opción de replantearnos la intensidad del día a día, volver a valorar lo que tenemos en cada segundo como debiésemos hacer en la cotidianidad de nuestras vidas, valorar lo sencillo, a los nuestros, nuestros vínculos, todas las oportunidades y opciones que la vida nos ofrece, estar conscientes que el aquí y ahora es lo que tenemos hoy, es lo que hay en cada momento; por tanto, que el pasado acompaña nuestra identidad y nuestra historia… pero ya pasó, y el futuro es la luz que viene y la expectativa del mañana, pero aún no ha llegado; evidentemente lo que sí tenemos es el hoy; al considerar aquello estamos conscientes que no todo depende de lo que queramos o planeemos, nos conecta con las variables y hechos inciertos, que nos vuelven a plantear la importancia de lo que construimos día a día y de la forma como actuamos en cada momento, y la consistencia que ello tiene con nuestra fe y valores.

Revalorar que la inmensidad de Dios está en lo más simple, en la posibilidad de valorar la vida, en recibir con alegría lo que nos toca experimentar en diversos momentos de ella. Ninguno de nosotros elige situaciones como pandemias -ello es obvio y cierto-, pero sí evidentemente podemos elegir el cómo las vivimos, la forma como la vamos a sobrellevar. En ello adquiere relevancia nuestra consistencia, la concordancia con nuestras conductas. La manera de amar al prójimo se vive cada día, y hoy este encierro obligatorio como gesto de amor a nosotros mismos y a los nuestros, nos hace de una u otra manera enfrentarnos otra vez a quienes somos en realidad y a quienes forman parte de nuestra familia con la que vivimos día a día.

Para todos quienes viven la decisión de casarse con Dios, ser fiel a él y mantener una entrega diaria en el ejercicio sacerdotal, es conocido el acto de vivir con sencillez y entrega, el hecho de participar constantemente a lo largo de su desarrollo sacerdotal en retiros espirituales; ello hoy se observa como en un escenario en una gran experiencia de vida y recursos protector, y de sabiduría frente a este y otros momentos de sus vidas; se hace patente hoy como baúl de atesoradas vivencias ya experimentadas, tanto para nuestros hermanos Franciscanos como para los sacerdotes de otras congregaciones, debido a que es un camino familiar y bien conocido, conectado con lo esencial, hoy gran base y reservorio de formas tranquilas y sencillas en conexión espiritual para enfrentar la vida de la mano del Señor, en conjunto con sus hermanos de vida, con los cuales han elegido profesar juntos el apostolado en estos tiempos.

A mi parecer, tenemos hoy una nueva oportunidad -tanto laicos como sacerdotes-, para poder hoy evaluar nuestro actuar, la consistencia real con la fe, el análisis del hecho de cuán cómodos y en paz estamos con nosotros mismos y los demás, dicho ejercicio debiese ser un monitoreo constante, que muchos lo hacemos en diversos momentos de nuestra vida; hoy el Covid-19 nos invita a todos a cuestionarnos entre otras, estas aristas fundamentales de nuestro mundo interno y externo, y ello implica una nueva oportunidad para reformular patrones relacionales, cogniciones y conductas en pro de una reorganización interna, observable a la larga en conductas.

Hoy en tiempos de pandemia debemos estar confinados exclusivamente con quienes compartimos nuestro hogar día a día; ello nos permite poner el foco en cómo nos sentimos con ellos, cómo es nuestro comportamiento observable, si sentimos consistencia y tranquilidad con nuestro actuar por los nuestros; en otros casos, la posibilidad de observar dicha interacción y ver si ella es positiva, en caso de no serlo nos permite cambiar.

El hecho de sentir día a día que somos consistentes con nosotros mismos, con nuestra fe y que practicamos en la acción nos permite dormir en paz cada noche, nos da paz e integridad, consistencia de identidad; ello nos permite mejorar cada día como personas y poder entregarnos de mejor manera a los demás.

El camino de laicos y obviamente de sacerdotes, debe estar marcado por la entrega, la sencillez, empatía, situarse en el lugar del otro día día, enmarcados en el ejemplo de Jesús: amor y entrega por el prójimo. Las desgracias y pandemias no son una elección, y mucho menos castigos del Señor, pero nos ofrecen la chance, al igual que el día a día de nuestras vidas, para enfrentamos con amor y entrega en cada una de las acciones que realizamos.

Nuestros hermanos Franciscanos, al igual que los apóstoles, eligen predicar la palabra del Señor, amarse y cuidarse como hermanos de manera íntegra, practicar con el ejemplo y palabra del Señor en la tierra, es por eso que cada uno de los momentos de retiro espiritual y asilamientos sociales voluntarios que cada uno de ellos han decidido hacer en diversas instancias de su formación y vida sacerdotal, son hoy un gran soporte y recurso protector para lo que hoy enfrentamos a nivel mundial; también abre la posibilidad para aprovechar este aislamiento impuesto no programado como congregación sacerdotal, como regalo para replantear lo que viene y valorar otra vez más de manera sencilla y pura como Fray Andrés, lo que son de manera individual y como fraternidad.

Otro hecho que marca este tiempo de pandemia es la partida de los que hoy abandonan la vida terrenal, como también lo hizo Fray Andrés cuya sangre los acompaña y protege. No olvidemos que la vida en este mundo de todos nosotros tiene asegurada la partida, eso sí lo sabemos, el gran misterio es el momento, es la incertidumbre del momento. Evidentemente no queda fuera la partida de seres queridos y hermanos hoy al Reino del Señor, es por ello que debemos, en tiempos de duelo y es necesario, hacer espacio y permitirnos sentir, recordar y llorar a los nuestros.

Conectarnos para poder vivir el duelo, los rituales y despedidas físicas marcan hitos y nos permiten asumir de manera cierta y real los hechos; sin embargo, los que creemos en el Señor sabemos que esta vida es la antesala de la que continúa en el más allá; por ello, pese a la tristeza y vacío que nos deja la partida física de los que hoy nos dejan, debemos conectarnos también con lo que aprendimos de ellos, lo que valoramos y admiramos de su forma de ser y actuar, y con fe, tener la paz de que ellos permanecen en nuestras mentes, en su ejemplo y entrega. El valor de nuestros vínculos significativos no finaliza con una despedida física, nuestras relaciones objetales e internalizaciones no cesan… quedan con nosotros y para todos eternamente.

Dios nos da la vida y las oportunidades para vivirla de manera íntegra día a día; ni siquiera una pandemia como la que hoy enfrentamos nos impide la oportunidad de valorar lo que somos, de valorar a nuestro prójimo y nos da la posibilidad de tomar este paréntesis y paralización en muchos sentidos cotidianos para replantearnos lo que viene de nosotros de manera fortalecida para lo que vendrá.

 Sandra Montoya Squif  /  Psicóloga Clínica y Forense

Orden Franciscana de Chile

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