|Domingo, Septiembre 19, 2021
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Cuaresma 2021 

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Preparación y Renovación en el Compromiso de Construir el Reino

El tiempo litúrgico de la Cuaresma es un elemento esencial del calendario cristiano; este periodo está destinado a la preparación espiritual de la fiesta de la Pascua, 40 días de purificación e iluminación interna que son la manifestación sacramental (símbolo visible de lo invisible) de la prueba por la que pasó Jesús al permanecer durante 40 días en el desierto de Judea previos a su misión pública. Así, es que el punto central no es solamente la penuria de abstenerse de lo sensible, sino la preparación para la misión pública de Cristo que, aunque van de la mano, lo trasciende.

El Código de Derecho Canónico en su canon 204, en el primer parágrafo, indica que “son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo”; así el Pueblo de Dios al participar de la triple función de Jesucristo es que vive la prueba de los 40 días en el desierto para renovarse interiormente, individual y colectivamente, ante Dios y el mundo para predicar y ser la Buena Nueva.

Por lo que toda cristiana y cristiano debe ayunar de la comodidad y el letargo, siendo más radical según nuestra posición relativa en la sociedad, pero en un compromiso que niega durante esos 40 días en miras de ser una consagración de toda la vida de abstenerse del placer por el placer, la gloria, el egoísmo, la insensibilidad e inhumanidad; pues ¿de que sirven 40 días de vocación de santidad cuando se vive en pecado los 320 días del año? Así el derecho canónico mandata: “todos los fieles deben esforzarse según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación” (Canon 210); una vida que por más difícil que sea, nadie se pierde o desiste -recordemos a Job- cuando se encuentra vocacionalmente con Dios y la construcción del Reino aquí y ahora: “allí habrá un camino empedrado, que será llamado «Camino de Santidad». No pasará por allí nada impuro, porque Dios mismo estará con ellos. Si alguien pasa por este camino, no se extraviará, por más torpe que sea” (Isaías 35:8).

Esta preparación no es una anécdota culposa de la responsabilidad inconclusa del hombre con su propia conciencia manchada por la caída, no es la “culpa católica” ni el formalismo de la sacralidad a un aspecto mundano; por el contrario, hablamos de una preparación metódica y reflexiva de abstenerse de lo concupiscible e irascible para mirar la creación y reafirmar los compromisos con Cristo y sus hermanos menores, es una preparación a la peculiar forma del cristiano de vivir perteneciendo -o queriendo hacerlo- de la Ciudad de Jerusalén en medio de Roma y Babilonia para cumplir la misión pública que nos entrego el único salvador.

Hablamos de la preparación de las ovejas que pastorean y los pastores con olor a oveja para limpiar nuestros corazones; pues “bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8) ¿y que es lo que nos limpia los corazones y nos permite acércanos a lo inconmensurable? Pues nada más que el amor, muy bien lo dijo san Pablo:

“¿De qué me sirve hablar lenguas humanas o angélicas? Si me falta el amor, no soy más que una campana que repica o unos platillos que hacen ruido. ¿De qué me sirve comunicar mensajes de parte de Dios, penetra todos los secretos y poseer la más profunda ciencia? ¿De qué me vale tener toda la fe que se precisa para mover montañas? Si me falta el amor, no soy nada. ¿De qué me sirve desprenderme de todos mis bienes, e incluso entregar mi cuerpo a las llamas? Si me falta el amor, de nada me aprovecha” (1 Corintios 13: 1-3).

De las virtudes teologales la más grande y excelente, ordenadora del resto y motivación última de toda buena acción -incluso de las más pequeñas e insignificantes- es el amor oblativo: el amor como sacrificio, dádiva y ofrenda, la entrega ciega y máxima total a la vida, al prójimo y sobre todas las cosas a Dios padre. Todas las cosas las queremos o apetecemos como “bienes” dicen los filósofos clásicos, pero amar con la radicalidad del amor eficaz, histórico, concreto y trascendente típico del cristianismo es mucho más que buscar un mero bien particular; es querer, pensar, reflexionar y actuar en razón de bien común, en razón de santificación, en razón de entrega total a lo inscrito en nuestros corazones por la ley natural: es construir una verdadera comunidad de amistad y hermandad entre desconocidos, en el hogar, en la población, en el trabajo e incluso en la política.

Pues, las y los creyentes están llamados a construir en la ciudad terrenal extensas comunidades y relaciones fundadas en la proximidad, la aplicación de la justicia social y la superación de las injusticias estructurales de la sociedad (Sollicitudo rei sociales 36, Juan Pablo II, 1987). Y ese es el llamado evangélico de justicia, de amor eficaz hasta sus últimas consecuencias y formas de practicarse: “así ha dicho Jehová: Haced juicio y justicia, y librad al oprimido de mano del opresor, y no engañéis ni robéis al extranjero, ni al huérfano ni a la viuda, ni derraméis sangre inocente en este lugar” (Jeremías 22:3).

El ayuno de la glotonería, de la lujuria, de la rabia, de la envidia, del narcisismo y de todos los males que atribulan nuestros corazones -en especial en estos tiempos- no es un espacio corto de descanso del mal para el día siguiente a los 40 días de austeridad entregarse a las llamas de la banalidad y el nihilismo desencarnado del amor al dinero, al poder, a la carne e incluso a uno mismo; son la preparación para algo más grande ¡para la misión pública de Cristo!

Sin embargo, muchos no entienden: los fariseos de ayer y los de hoy proclaman a los siete vientos con una piedra en el pecho robustecido de un desequilibrio narcisista su cercanía a Dios que es rey, pero olvidando su encarnación como uno de nuestros propios hermanos entre los más humildes y débiles sin perder su corona humillándose para morir por sus propias manos; los orgullosos de ayer y hoy con las mejores ropas proclaman abnegación y ayudo de la carne mientras siguen devorando a sus propios hermanos y hermanas; los cobardes se ocultan en 40 días de castigo a sus desordenes mientras en el hogar, en el trabajo e instituciones viven comiéndose a las ovejas siendo leones o traicionando a las ovejas para ser feroces felinos. ¡No, basta ya! Escuchen, los vestidos de terno y corbata, los manchados de tierra y sudor, los hambrientos y los obesos mórbidos de tanto que han acumulado robando al prójimo -ilegal o legalmente-:

“Ayunan, sí, pero entre pleitos y disputas, repartiendo puñetazos sin piedad. No ayunan como hacen ahora, si quieren que se oiga en el cielo su voz. ¿Creen que es este el ayuno que deseo cuando uno decide mortificarse: que mueva su cabeza como un junco, que se acueste sobre saco y ceniza? ¿A esto llaman ayuno, día agradable al Señor? Este es el ayuno que deseo: abrid las prisiones injustas, romper las correas del cepo, dejar libres a los oprimidos, destrozar todos los cepos; compartir tu alimento con el hambriento, acoger en tu casa a los vagabundos, vestir al que veas desnudo, y no cerrarte a tus semejantes” (Isaías 58:4-7).

En este tiempo litúrgico de preparación quienes somos Iglesia, Pueblo de Dios, quienes nos hemos comprometido en comunión con Cristo, debemos ayunar de los (anti) bienes del liberalismo, del “yo-ismo”, del materialismo y la animalización constante de las relaciones interpersonales, intrapersonales y con la Casa Común; es un ayuno reflexivo para limpiar nuestros corazones y alzarlo a  los cielos para mirar la Ciudad de Jerusalén acercando el Reino aquí y ahora en medio de Babilonia; es una renovación de nuestros votos vocacionales explícitos e implícitos con Dios, el prójimo y nosotros mismos para profundizar la misión pública de Cristo siendo esperanza, justicia y misericordia activamente con los hermanos menores de Jesús de Nazareth.

Para los injustos, los incrédulos y los temerosos hay que recordar como se separaran unos de otros en el Juicio Final: “Luego el rey dirá a los unos: Vengan, benditos de mi Padre; reciban en propiedad el reino que se les ha preparado desde el principio del mundo. Porque estuve hambriento, y ustedes me dieron de comer; estuve sediento, y me dieron de beber; llegué como un extraño, y me recibieron en sus casas; no tenía ropa y me la dieron; estuve enfermo y me visitaron; en la cárcel, y fueron a verme. Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento y te dimos de comer y beber? ¿Cuándo llegaste como un extraño y te recibimos en nuestras casas? ¿Cuándo te vimos sin ropa y te la dimos? ¿Cuándo estuviste enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: Les aseguro que todo lo que hayan hecho en favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo han hecho. A los otros, en cambio dirá: ¡Apártense de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles! Porque estuve hambriento, y no me dieron de comer; estuve sediento, y no me dieron de beber; llegué como un extraño, y no me recibieron en sus casas; me vieron sin ropa y no me la dieron; estuve enfermo y en la cárcel, y no me visitaron. Entonces ellos contestarán: Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento, o sediente, o como un extraño, o sin ropa, o enfermo, o en la cárcel y no te ofrecimos ayuda? Y él les dirá: Les aseguro que cuanto no hicieron en favor de estos más pequeños, tampoco conmigo lo hicieron. De manera que estos irán al castigo eterno; en cambio, los justos irán a la vida eterna” (Mateo 25: 34-46).

Por esto, por ti, por mí, por nosotros invito, suplico y ruego a todas y todos vivir esta Cuaresma con ese amor eficaz y oblativo para limpiar nuestros corazones y comprometernos con el Reino en la misión pública de Cristo. Es hora de comprender y aplicar la Doctrina Social de la Iglesia, hacer carne lo escrito en Populorum progressio, Sollicitudo rei sociales, Laudato Si´ y Fratelli tutti; de vivir la Sagrada Tradición de La Didaché, la palabra de Clemente Romano, el Discurso a Diogneto; de practicar los mandatos de los antiguos profetas como Jeremías o Isaías y el Nuevo Testamento; de ser cristianas y cristianos.

Que el trabajo, que la familia, que la economía y la política estén intrínsecamente vinculados al progreso social, que no es otra cosa que la finalidad suprema del desarrollo personal, la unicidad entre las necesidades materiales y espirituales de la persona humana para alcanzar su máximo desarrollo, su desarrollo integral; una vida más humana, que constituya la verdadera liberación de las personas superando el pecado y sus estructuras mediante el ejercicio de la solidaridad, el amor y servicio al prójimo, en especial los más pobres (Populorum progressio 20, Pablo VI 1967; Octogesima adveniens 12, Pablo VI 1971; Sollicitudo rei sociales 36, Juan Pablo II 1987).

Que este período litúrgico renueve nuestro compromiso que no es otro que el amor eficaz para construir aquí y ahora con espíritu evangélico la tierra de leche y miel; desde nuestras pequeñas acciones a nuestros grandes compromisos sociales. Ayunemos como dijo Isaías y abramos las jaulas, rompamos las cadenas y liberemos a los oprimidos en la bienaventuranza de nuestra fugaz e insignificante vida para dejar en cada acción un trozo del Reino. Pues “el amor es comprensivo y servicial; el amor nada sabe de envidias, de jactancias, ni de orgullos. No es grosero, no es egoísta, no pierde los estribos, no es rencoroso. Lejos de alegrarse de la injusticia, encuentra su gozo en la verdad. Disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites” (1 Corintios 13: 4-7). ¿Por qué esperar? Es hora de tener los ojos fijos en Jesús.

Alonso Ignacio Salinas García

Estudiante de Derecho Pontificia Universidad Católica de Chile

Integrante Comisión Jurídica Jóvenes Izquierda Cristiana

Integrante Mesa Política Chile Digno Verde y Soberano

Quaresima 2021

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