|Domingo, Septiembre 26, 2021
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39 años de la Pascua del “Obispo de los Pobres” 

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El mundo de los pobres con sus características muy concretas nos enseñan donde debe encarnarse la Iglesia.  Si la Iglesia no se encarna abiertamente en el mundo de los pobres, termina por ser una Iglesia encarnada preferentemente en el mundo de los poderosos…
(Obispo Enrique Alvear / La Iglesia y el Reino de Dios).
Este  jueves 29 de abril del año en curso, se conmemoran 39 años de la Pascua del “Obispo de los Pobres”, Enrique Alvear Urrutia, cuyo proceso de beatificación actualmente se sigue en el Vaticano,  quien, con su presencia y testimonio marcó en Chile tan hondamente el compromiso  y el quehacer de la Iglesia católica con el mundo de  los pobres y de la defensa de los derechos humanos, servidora de todos los hombres, siendo fiel a su lema episcopal: “Cristo me ha enviado a evangelizar a los pobres”.
En tiempos hoy especialmente difíciles, su  vida y su legado constituyen sin duda un faro resplandeciente para la Iglesiaque sirvió y amó con tanto esmero. Supo con pasión y valentía mostrar una Iglesia siempre nueva, solidaria, liberadora, profética, audaz y misionera, como recordaba alguien en una de las tantas Semanas Teológicas-Pastorales en que se examinaba y estudiaba su pensamiento y su vida.
De ahí que sea particularmente revelador y destacada en medio de tantos nubarrones y escándalos, la visita  que hiciera el Papa Francisco a su tumba ubicada en la Parroquia San Luis Beltrán, comuna de Pudahuel, todo un signo para estos tiempos, muy en comunión con su deseo de construir una Iglesia pobre y para los pobres. Como no rememorar que muchos años antes, más específicamente, en marzo del año 1981, don Enrique nos invitaba una vez más  a edificar y hacer realidad la Iglesia de los pobres, en una de sus cartas pastorales, denominada: “Reflexión  pastoral sobre la cuaresma: Construyamos la Iglesia de los Pobres”.
Por ello, en medio del desconcierto y de la protesta  que se vive y palpita en contra de la Iglesia y de muchos de sus personeros, don Enrique nos ha dejado un camino y un testimonio  cercano,  señero y luminoso que nunca se apagará, a la vez que  gratificante e interpelador,  al cual estamos todos invitados a recoger  y  a seguir aquí y ahora, en el que los laicos tienen un rol preponderante, lejos de tutelas y de clericalismos.
Oscar Alvear G.
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T e s t i m o  n i o  /  Bernardita Prieto r.s.c.j. 

Yo también  quiero celebrar la acción de Dios en Don Enrique, creó que él amó profundamente a Cristo y que la vida de Jesús inspiró su propia vida y su acción pastoral. Personalmente me impresionó siempre la búsqueda de Don Enrique en este aspecto; nunca le vi instalado, seguro de su respuesta, sino que atento a su escucha. De aquí ese escudriñar suyo de la Escritura: la tenía tan usada, tan subrayada. Y su profundo conocimiento de la historia de la Salvación, le dio una sensibilidad grande para captar en nuestra historia, la única historia de la Salvación como él nos decía, tantas veces, la acción de Cristo Liberador y la presencia del pecado.

Todos los meses Don Enrique venía a nuestra comunidad religiosa a decirnos misa y la misa comenzaba como siempre con el comentario de los acontecimientos. Por él nos informábamos de lo que pasaba en la Iglesia, lo que pasaba a nivel político, a nivel del país. Pero, posteriormente, su iluminación de la palabra de Dios nos hacía descubrir que sus respuestas pastorales, sus respuestas personales eran fruto de una profunda reflexión, de una profunda oración, a veces en largas horas de la noche.

Pero creo que Don Enrique, más que enfatizar algún aspecto de Cristo, vivió en Comunión con Cristo, con el Cristo encarnado, el Cristo solidario, raíz de la Iglesia Solidaria, el Cristo muerto y exaltado, el Cristo muerto en medio de  nosotros, pero raíz de optimismo, de compromiso, de esperanza. Todo lo que había visto y escuchado de Don Enrique, lo vi confirmado en su muerte, yo creo que Don Enrique murió como Hijo, como Hermano y como Señor. Sentí que moría como Hijo porque me admiré de la serenidad con que aceptó la enfermedad y la muerte.

Era un Hijo que volvía al Padre. Sus últimas palabras: “Nos encontraremos en lo profundo de Dios”. A Ignacio le dijo: “da ese mensaje”. Y murió como Hermano al sentir el cariño con que lo rodeábamos, la oración que estaba en toda la Iglesia de Santiago, decía que suponía que esta solidaridad con él era Comunión de Iglesia con todo hombre necesitado. Hoy en este enfermo y mañana y todos los días con todo hermano que sufre, en el campamento, en el mundo laboral y en cualquier lugar o ambiente. Don Enrique murió como Señor, no le arrebataron la vida, la entregó, la entregó por los hermanos. El dijo: “Me conforma pensar que ustedes ven en el Pastor de su Zona no, en primer lugar, la imagen de Enrique Alvear sino la imagen de Cristo entregan-do su vida de alguna manera por ustedes, Cristo entregando su vida al Padre bajo el impulso del Espíritu Santo, por la Salvación y Liberación Evangélica de los hermanos”.

Esta noche en que sentimos tan cercana la presencia de Don Enrique yo quiero pedirle para todos nosotros que seamos realmente un contagio de la semilla que él nos entregó, de que somos un pueblo de Hijos, Hermanos y Señores.

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