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La unión hace la fuerza 

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El miedo se expande al sentir que nuestros derechos tiemblan y que todo aquello contra lo que estamos luchando, lo que queremos erradicar, justamente esa es la propuesta opositora. La misma que ya hemos visto arrasar en otros países de Latinoamérica.

En Chile siempre ha existido fascismo, el fascismo no avanzó, el fascismo siempre estuvo aquí, entre nosotrxs, en nuestras familias, en los corazones de los románticos enamorados de la dictadura. Está en el sistema, a nivel estructural, en los sesgos sociales, en las creencias de muchas personas. Una parte de Chile, entonces, siempre ha sido fascista, desde sus orígenes, en muchas de sus tradiciones y creencias.

Desde sus cimientos Chile se ha construido socioculturalmente como una oligarquía, donde un seleccionado y pequeño grupo -la élite- acapara las esferas del poder. Sumado a esto, un catolicismo y evangelismo extremos y fanáticos, que han construido sólidas ideas en contra de la diversidad de pensamiento, de actuar, y de cualquier tipo. La mayoría hemos sido criados bajo ideas opresoras del ser, la heteronorma, el sistema patriarcal y misógino, el racismo, la xenofobia. Todas estas no son ideas nuevas.

Chile vive en una dictadura permanente, estamos llenos de prohibiciones y a quien no le gusta algo, mala suerte. Quienes rompan las reglas, no encontrarán más que castigo y marginación. Jamás escucha, jamás comprensión, jamás transformación de sus realidades. El modelo democrático que se propone no es efectivo, mucho menos representativo.

Hace dos años Chile “despertó” de ese letargo de la consciencia. Este despertar generó caos y el caos da miedo. Nos rodea el miedo a los cambios culturales, y eso lo podemos observar en las cada vez más desesperadas declaraciones y argumentaciones de quienes se oponen y resisten a esto. Pero el cambio ya llegó, ya está aquí. La revolución feminista, la revolución lgtbiq+, la revolución social y la revolución de la conciencia “en todo terminó” ya no tiene vuelta atrás. Lo quieran o no, lo acepten o no.

Estos cambios que se han acelerado y expandido en los últimos años han logrado polarizar las posturas que existen en el país de manera mucho más visible que antes. Una de ellas, el rechazo -literal- a todo lo nuevo, todo lo desconocido, todo lo que no se entiende. Existe un miedo profundo a soltar al viejo Chile, a ser diferentes.

El miedo genera una instantánea necesidad de seguridad, de que alguien ponga mano firme y pueda controlar la situación. Intentar acallar las voces de quienes estamos en contra de esta forma de vida no conducirá a nada más que más caos y más sufrimiento.

Como -en general- carecemos de una formación cívica y política adecuada lxs electores sólo escuchan lo que quieren escuchar, lo demás simplemente lo ignoran, no les afecta o no les interesa, mientras se solucione lo que para ellxs es importante, todo bien. En este caso, “acabar con la delincuencia” es uno de los argumentos que más pesa. Esa ha sido una razón fuerte en los gobiernos de derecha, una promesa que a la larga no se concreta porque no se puede acabar con la delincuencia si no acabamos con la extrema desigualdad social, y ninguno de los gobiernos de derecha genera acciones para esto. Aun así, muchas personas confían en que esta es una promesa realista, pese a no contar con ninguna propuesta ni estrategia de intervención más que seguir encerrándonos a todxs en pequeñas celdas.

El problema de Chile y la razón por la que estas elecciones arrojaron resultados tan nefastos -a mí parecer- es que es un país profundamente dañado, con miles de cicatrices por sanar, con una búsqueda constante de identidad. El modelo económico impuesto por la dictadura de Pinochet y todo lo que ésta trajo consigo nos ha dañado de tal manera que nos cuesta mucho concebir las relaciones sociales sin competencia, sin jerarquías. Posicionando a unxs sobre otrxs, como buenos y malos, como válidos e inválidos, como mejores o peores.

Arrastramos una herida infectada y el odio no halla por donde salir, ¿por qué nos sorprende tanto la avanzada del fascismo entonces?

Pensábamos que después del estallido social podríamos comenzar a sanar. Sin embargo, así como para algunos fue un hermoso milagro, para otros una verdadera catástrofe, y no debemos ignorarlo. ¿A quiénes tenemos que lograr convencer entonces, hoy en día? A quienes no tienen una postura clara, a quienes desean cambios, pero le temen al cambio. A quienes estaban a favor del trasfondo de la revuelta, pero contra su forma. Asimismo, a todo ese pueblo que se manifestaba en las calles pero que no cree en el sistema de partidos, ni en la democracia representativa, que no entiende ni le interesa entender, que prefiere no entender porque no les cree. A esas personas tenemos que lograr convencerlas, de que no les estamos prometiendo que los cambios que el país que queremos llegarán sí votan por Boric: les estamos prometiendo que sus vidas -ya lo suficientemente explotadas y precarias-, y las de todxs, no serán peores de lo que ya son.

¿Qué es lo que necesitamos generar entonces? Unidad, el sentimiento de que, si unx cae, otrx te sostiene. De que somos una red, variada y diversa, que no estamos solos, como nos ha hecho creer siempre este sistema que nos educa para la individualidad, de que, si bien creemos en distintas formas de hacer las cosas, apuntamos hacia lo mismo, a construir un país más digno, más justo, menos desigual, más armonioso en todo sentido.

Que nos importa el de al lado, no sólo decirlo en el discurso, sino también en la acción. En esta acción de ir a las urnas -pese a que no creamos, pese a que no nos convoque, pese a todo- por mí, por ti, por todos.

Daniela Valenzuela  /  Cientista Política

 

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