|Martes, Octubre 15, 2019
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Pastores con olor a oveja 

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Alguna vez alguien dijo que la vejez es como “una isla rodeada en un mar de recuerdos”. Esta vez me voy a entregar a la nostalgia y prometo no reincidir en el intento.
                 La noche última, muy dolido por la crisis de la Iglesia y de otras instituciones de mi país y, parafraseando a Miguel de Unamuno, podría decir que “me duele Chile”. La historia demuestra que, luego de las graves crisis institucionales asoman, en muchos casos, personajes monstruosos – Silvio Berlusconi, en Italia, el cómico y medio militarista, en Guatemala, y para qué seguir -. No es cierto que todos los jueces cometan prevaricación; que todos los políticos sean corruptos y ladrones; que todos los curas sean pedófilos y chupamedias de los ricos; es casi seguro que “el poder corrompa y que el poder absoluto corrompa absolutamente” pero, por regla general, en cada una de estas instancias siempre encontramos personas honestas e, incluso, proféticas.
                En mi búsqueda de anoche, releí el poema de mi tío, el Padre Esteban Gumucio Vives, La Iglesia que yo amo, y se me vino a la memoria un sinnúmero de recuerdos de mi infancia: mi abuelo y mi padre, dos políticos honestos a toda prueba, terminaron sus vidas pobres; ambos hombres representan una evolución en la línea política de los cristianos, desde el Partido Conservador hasta los cristianos revolucionarios; ambos pagaron con el exilio la consecuencia de sus principios antimilitaristas y defensores genuinos de la democracia. Mi padre murió con su corazón a la izquierda y con posiciones bastante radicales de crítica a la Concertación por la obsecuencia ante el mundo del dinero y las transacciones con la derecha.
                El Padre Esteban Gumucio, en ese entonces Provincial de la Congregación de los Sagrados Corazones que administraba colegios para ricos – yo estudié en el de Alameda, con muy malos resultados académicos -el padre Esteban bien habría podido tomar el camino fácil del poder jerárquico- obispo, cardenal, pero optó, junto a otros sacerdotes  entre ellos, mi recordado amigo, el teólogo de la Cristología, Ronaldo Muñoz,  por vivir entre los más pobres de los pobres, en la población Joao Goulart, en Santiago, en una casa muy sencilla. Mi tío Esteban llegó a identificarse y hasta casi mimetizarse con sus compañeros pobladores -mi madre, Marta Rivas, un poco clasista, cuando era invitado a su casa, le preparaba la tina con esencias para que “se sacara el olor a roto”-.
                La Iglesia Católicas que yo conocí era la antítesis de la de Juan Pablo II, la de la restauración conservadora. En las décadas del 60 y 70, cada día nos llegaban noticias más sorprendentes: en las Conferencias Episcopales de  Medellín y Puebla, la Iglesia se identificaba con los pueblos latinoamericanos y tomaba la evangélica opción por los pobres y emergía la teología de la liberación, hasta ahora con grandes teólogos como Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, Ronaldo Muñoz, José Comblin, Ernesto Cardenal, y tantos otros, instancias a las cuales hay que agregar el Concilio Vaticano II, convocado porJuan XXIII, que abrió las puertas y ventanas al mundo contemporáneo.
                A gran parte de mi generación nos movilizó el diálogo entre marxistas y cristianos en pos de la liberación de los pobres y oprimidos – en mi Partido, La Izquierda Cristiana, nos inspiraba la muerte testimonial del sacerdote colombiano Camilo Torres, como también el martirio Óscar Arnulfo Romero, en San Salvador – y en Chile, la Iglesia Católica se identificó con las víctimas de la tiranía y no con los esbirros del tirano Pinochet, y se constituyó en la voz de los sin voz.
                El daño que ha causado la restauración, llevada a cabo durante el papado de Juan Pablo II, cuya tarea era destruir todo vestigio de teología de liberación y de comunidades cristianas de base, ha sido inconmensurable, sin embargo, en la clandestinidad y la persecución, la teología de la liberación siga viva gracias a algunos sacerdotes que ejercen su apostolado entre los más pobres, como son los casos del PadreFelipe Berríos, José Aldunate, Mariano Puga y muchos otros que trabajan desde el anonimato por el Reino.
                Junto a la mafia, a los pastores de los ricos, a las miserables intrigas, a la protección de los victimarios – curas pedófilos como Karadima, O´Reilly y otros, encubiertos por la jerarquía de la Iglesia -al obispo de Osorno- rechazado por su digna comunidad, están los profetas de la esperanza y el compromiso por los pobres, los sacerdotes fieles al cristianismo, que debe ser siempre la utopía de la igualdad entre los hombres, y la negación radical del reinado de “Mamón”.
                El Padre Esteban Gumucio, como buen poeta, retrata muy bien la Iglesia que Jesús quiere de los pobres:
“Amo a la Iglesia perseguida y clandestina,
Que no vende su alma al dinero omnipotente.
Amo a la Iglesia tumultuosa
Y a la Iglesia del susurro de cantos milenarios.
Amo a la Iglesia testimonial
Y a la Iglesia herida de luchas interiores y exteriores…
A la Iglesia de los postergados.
A la Iglesia de la multitud de marginalizados.
No quiero una Iglesia de aburrimiento,
Quiero una Iglesia de ciudadanía
De pobres en su casa
De pueblos en fiesta
De espacios y libertades…
La Iglesia de los borrachos sin remedio,
De los divorciados creyentes,
De las prostitutas
Que cierran su negocio
El triduo santo.
Amo la Iglesia de lo imposible…
Amo a la Iglesia del derecho y del perdón.
Amo a la Iglesia de Jesucristo”
                En otro poema, dedicado al Cardenal Raúl Silva Henríquez, escribe:
“No es príncipe de salones
Ni respira bien perfumes de protocolo;
Se aburre en los pasillos de las embajadas;
Prefiere el compartir sencillo
De unos pocos
Y el trabajo incansable de la Iglesia.
Por los esteros de Chile
Un Cardenal pescador iba cogiendo sus peces,
Iba sonriendo a Dios”
                ¡Qué contraste con los dos cardenales (Ezzati y Errázuriz) tan buenos para rajar al prójimo!
                          Por mi parte, no pretendo ser autorreferente, en consecuencia, pido disculpas por haber dedicado esta columna al recuerdo de mi familia. Personalmente, me siento muy lejano de poseer las virtudes de los santos varones hoy mencionados.

Rafael Luis Gumucio Rivas

www.reflexionyliberacion.cl


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