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Recepción del Concilio Vaticano II por la Iglesia Chilena 

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Por “recepción” entendemos la acogida efectiva, o sea la puesta en práctica de las orientaciones del concilio de parte de la Iglesia chilena.
Se ha hablado y escrito sobre la recepción del concilio de parte de las autoridades supremas, los Papas posteriores. También de la recepción del concilio en la Iglesia Latinoamericana. Evidentemente esos temas nos interesan. La recepción o falta de recepción del concilio en esos niveles ha influenciado el nivel de nuestro episcopado nacional, pero no podemos explayarnos aquí sobre esos temas. Tenemos que mirarlos como de refilón, desde el nivel de nuestra vida eclesial chilena[1].
Es menester que mencionemos ahora los rasgos fundamentales de la renovación conciliar para poder después ver si se realizaron y hasta qué medida en nuestra patria.
El concilio fue un aggiornamento, una actualización de la Iglesia frente al mundo moderno. La Iglesia acoge este mundo sin condenar a priori sus rasgos esenciales sino con un espíritu de simpatía, de entendimiento “los gozos y las penas, las tristezas y alegrías del mundo actual son los gozos y tristezas de la Iglesia. Nada humano nos es ajeno”. Lo anterior implica la aceptación de los Derechos Humanos tal como fueron definidos en 1948 en la declaración universal. Desde su perspectiva religiosa es decir el reinado de Dios, el proyecto de Dios sobre la humanidad, la misión de la Iglesia abarca todo el ámbito del auténtico desarrollo humano tanto en lo individual como en lo social, económico, político y ecuménico. Para realizar esta misión la Iglesia reafirma su estructura comunitaria al constituirse como pueblo de Dios en el cual la parte jerárquica y toda la clerecía debe asumir una función de servicio.
El espíritu que ha de animar este aggiornamento es el de reconciliación y benevolencia respecto a una humanidad alejada muchas veces de la fe católica, secularizada, separada con otras creencias, a veces agnóstica. La Iglesia quiere dialogar con toda esa humanidad y con los miles de millones de pueblos que tienen otra fe, otras creencias, para recibir de ellos todo lo que ellos puedan dar y comunicarles los valores que la Iglesia alberga y la misma fe cristiana.
Este aggiornamento de la Iglesia que el Concilio Vaticano II le dejó como un encargo y que Pablo VI el Papa del concilio quiso en varias formas completar, fue en realidad una meta, un ideal, una utopía que la Iglesia oficial en su conjunto no realizó, no pudo realizar sino muy imperfectamente. La “recepción” del concilio de parte de la Iglesia romana fue pues parcial y contrariada. Sabemos que el Papa Juan Pablo II que siguió a Pablo VI en muchos puntos tomó posiciones contrarias a las que había dejado delineadas el concilio. Sabemos que la iglesia latinoamericana, después de haber dado pasos importantes en la línea del concilio, se quedó a medio camino en buena parte por influjo de Roma que contrarió esta orientación.
Nos preguntamos ahora cómo se ha desempeñado la iglesia chilena a raíz del concilio en circunstancias muy particulares que hemos de ir recorriendo.
La Iglesia chilena en los años del Concilio.
En los comienzos del siglo XX el Episcopado estaba vinculado con el Partido Conservador. En las elecciones políticas los católicos debían votar por este Partido, defensor de los intereses de la Iglesia. Pero ésta recibió en 1934, una cata muy fundamental para el proceso que estamos estudiando, la carta del Cardenal Pacelli, entonces Secretario de Estado de Pío XI y después nuestro Papa Pío XII. Esta carta recomendaba taxativamente la neutralidad política de la Iglesia Chilena. Desde entonces este principio debía ser asumido como una norma fundamental. En realidad tardó en serlo. Un nuevo partido que se desprendió del partido conservador, y después constituyó la Democracia Cristiana, se vio favorecido por la carta. Pero las autoridades eclesiales santiaguinas y el Arzobispo de Concepción eran más adictos a las opiniones conservadoras. El P. Alberto Hurtado entonces Director de una rama de la Acción Católica Juvenil, tuvo problemas en mantener su lealtad a las normas del Cardenal Pacelli. Al respecto, dos figuras eclesiales contrarias entre sí se opusieron: Mons. Manuel Larraín Obispo de Talca, a favor de la norma estricta, y el Arzobispo de Concepción Mons. Silva Santiago de tendencias liberales.
Mientras tanto, en lo político, la Democracia Cristiana había tomado posiciones de izquierda, aliándose electoralmente con el Partido Radical. Un hecho político catalizó una grave crisis. La Ley de Defensa de la Democracia había proscrito al Partido Comunista. El Partido Demócrata Cristiano apoyó la derogación de esa ley. Los vicarios de Mons. Caro, anciano Arzobispo de Santiago, amenazaron a los miembros del partido con la excomunión romana de los que cooperaran con el Partido Comunista. Intervino Mons. Manuel Larraín y salvó el partido. Eclesiásticos que defendían a la Democracia Cristiana sufrieron sanciones.
Luego, la Democracia Cristiana, bajo el liderazgo de Eduardo Frei, se robusteció notablemente, ganando con amplia mayoría las elecciones de 1964. Se constituyó dentro del cuadro político como Partido de Centro. Concentró también la aprobación de la mayoría de los católicos practicantes, y al parecer también de los hombres de iglesia.
Llegamos así a los comienzos de la década del 60, la gran década que concentra en sí tres procesos de primera importancia:
1. El Concilio Vaticano II (1962-65) y su proyección latinoamericana a través de las Conferencias de Obispos de Medellín (1968) y después de Puebla (1979).
2. El gobierno Civil: la Democracia Cristiana, su auge y declinación; el gobierno de la Unidad Popular presidido por Salvador Allende; finalmente el golpe militar y el gobierno de las Fuerzas Armadas.
3. La Iglesia chilena representada en primer término por el Cardenal Raúl Silva y su gobierno como Arzobispo (1962-1982).
Tomar este tercer hilo nos permitirá asumir lo relevante que aportan los dos anteriores para nuestro propósito.
No creo que tengamos que demostrar que el Cardenal Silva haya sido efectivamente el principal exponente del Episcopado en su conjunto. Aun no siendo siempre Presidente de la Conferencia Episcopal, su opinión fue siempre la de más peso y la que solía dominar en los difíciles acuerdos de la Conferencia en los tiempos del Gobierno Militar.
Recién nombrado Arzobispo de Santiago, le tocó a Raúl Silva participar en el Concilio Vaticano II de la Iglesia Universal. Su participación fue activa e inteligente junto al sector más abierto del Concilio. Don Raúl no era teólogo. Su formación había sido la escolástica de un seminario salesiano de Roma. Allí también debe haber recibido una desconfianza arraigada frente al marxismo, que mantuvo toda su vida. Pero el Concilio confirmó un enfoque humano y pastoral para su actuar episcopal, y una nueva comprensión de los Derechos Humanos y de su alcance.
En lo político, Don Raúl sintonizó siempre con la Democracia Cristiana, tanto en sus buenos tiempos como en los malos, y fue amigo personal de Eduardo Frei, inspirándose en sus opciones en las diversas coyunturas de las dos décadas. Como Arzobispo guardó muy celosamente fidelidad a la carta de Pacelli, manteniendo a la Iglesia, en lo posible, alejada de compromisos con los partidos. Esta actitud le permitió entenderse bien con Salvador Allende durante la Unidad Popular, y aún con el Gobierno Militar. Por esta misma razón tuvo gran rechazo a la opción de los “80” sacerdotes que fundaron los Cristianos para el Socialismo, pues por ser hombres de Iglesia, a su juicio contravenían directamente la prescripción de la Carta.
Al efectuarse el Golpe Militar, en primera instancia Don Raúl se sintió aliviado de esas contrariedades: la que sentía frente a los “80”, rebeldes a su juicio, y frente al predominio político del Partido Comunista. Así defendió el Golpe ante el Papa Paulo VI. Pero después, al darse cuenta de los abusos del Gobierno Militar y de su voluntad de prolongarse indefinidamente, matizó su posición con declaraciones de “nos preocupa”. Coincidía en todo esto con la actitud de Frei y los demócrata-cristianos.
Don Raúl era hombre de acción. No le bastaban las declaraciones, y adoptó una estrategia para enfrentar los graves abusos que amparaba el Gobierno Militar. Fundó con el Obispo luterano Helmut Frenz, el Comité por la Paz, sustituido después por la Vicaría de la Solidaridad, para acoger todos los reclamos de familiares y víctimas de violaciones de los Derechos Humanos. Y así podía mantener relaciones “normales” (entre comillas) con el Gobierno. Así se mantenía dentro de la “legalidad”… la legalidad, sí, de Pinochet. La Vicaría de la Solidaridad, defendiendo las causas de las víctimas, funcionaba dentro de la legalidad. No fue escuchada por la Justicia, pero, por otro lado, adquiría valiosa información sobre los gravísimos abusos del régimen. Por otra parte, la Iglesia cumplía con dos principios que Don Raúl se había impuesto, a saber: dialogar por igual con todos los gobiernos y no abanderarse con ningún sector. “No puedo romper con el Gobierno”, nos dijo varias veces. Y es cierto, su “relación normal”, a la vez amarraba al Gobierno en muchas cosas, y a la vez le permitía beneficiar bajo cuerda muchas causas.
Esta estrategia la mantuvo Don Raúl varios años… demasiados años, sin duda. Lo obligaba a hablar algunas veces de los “presuntos desaparecidos”, cuando todos sabíamos con certeza de su suerte fatal.
Mientras tanto, el Episcopado en su conjunto también había elaborado su estrategia. Consistía en reconocer a la Junta Militar como legítimo gobierno, pero sólo condicionalmente. Las condiciones eran la pronta vuelta a la normalidad democrática y la abstención de toda violencia contra los Derechos Humanos.
El Gobierno se benefició de este reconocimiento e ignoró olímpicamente las condiciones.
Así llegamos a 1978, el año de la Huelga de Hambre de los Familiares de Detenidos Desaparecidos…
Actitud del Episcopado; Personificado en don Raúl y don Enrique.
La primera reacción de ambos Obispos frente a la integración de religiosos a la huelga fue la reprobación. Al menos Don Raúl se oponía a una iniciativa significativa de una adhesión de la Iglesia a una acción subversiva del orden establecido, y todavía dirigida por comunistas. Esto contradecía su estrategia. Siempre había favorecido a las víctimas, pero dentro de la legalidad. La parábola evangélica a la que siempre había recurrido para justificar las intervenciones de la Iglesia era la del Buen Samaritano. El samaritano intervino para auxiliar a las víctimas, pero no para prevenir el asalto combatiendo a los asaltantes. El Samaritano auxilia al herido y éste fue un acto de caridad. Pero un compromiso con los derechos humanos exigía más: prevenir los crímenes combatiendo las causas. Y esto ya implicaría acciones políticas.
En todo caso, el Cardenal aquí cedió y aceptó este compromiso de la Iglesia con la huelga. Comprendió sobre todo que no podía mantener su estrategia de prescindencia política, frente a un Gobierno que atropella los derechos más fundamentales del hombre. Cinco meses más tarde, el Comité Episcopal publicó una declaración que representaba una verdadera ruptura con el Gobierno. Le recordaba el 5º Mandamiento, y le enrostraba no querer cumplir su promesa de averiguar la suerte de los desparecidos.
El Obispo Don Enrique, al despedir a los ayunantes, agradeció el mensaje que habían entregado al pueblo cristiano. Este mensaje era la nobleza de la lucha por los derechos fundamentales de la persona humana. Y elaboró para la Zona Poniente una carta episcopal sobre la Iglesia y la Política. Este documento explica cómo es tarea de la Iglesia defender al hombre y a sus derechos naturales, y por esto la política de la promoción humana es parte integrante de su misión evangélica. No se trata de la pequeña política de partidos, por necesaria que sea en realidad, sino de la Gran Política de los Derechos Humanos.
En realidad este es el mensaje mismo del Concilio Vaticano II, explicitado sobre todo en el Sínodo Romano III. El documento “Iglesia y Política” de Mons Alvear venía a reafirmar la auténtica doctrina Vaticana sobre promoción humana como parte integrante del mensaje evangélico.
Apreciación global de lo que ha sido nuestra “recepción” del Concilio en la Iglesia chilena.
Vemos primero la “recepción” de algunos temas claves del Concilio.
1. Apertura al mundo moderno
Me parece que ha sido relativa. Nuestra jerarquía ha salido del conservadurismo antiguo ayudado por la democracia maritainiana que ha ocupado el espacio político de Chile, pero ha quedado bloqueado ante el socialismo de Allende. Posteriormente ha podido dialogar con otro socialismo más liberal durante los años de la Concertación.
2. La opción por los pobres nunca se ha materializado con cambios radicales estructurales propiciando cambios. En realidad nunca superaron una etapa “doctrinal” de la doctrina social de la Iglesia para apoyar políticas inspiradas en una auténtica búsqueda de igualdad.
3. Fue real el compromiso de la Iglesia chilena con los Derechos Humanos al acoger a las víctimas de torturas muertes y desaparecimientos pero estaba enclaustrado en la legalidad de Pinochet y por tanto fue ineficaz en lo jurídico.
4. Las Comunidades de Base verdadera expresión de lo que la Iglesia como pueblo de Dios debía ser fueron propiciadas al principio pero después del gobierno de D. Raúl Silva prácticamente suprimidas y desterradas, en total contraste con lo que fueron y significaron en el Brasil.
Dos fechas marcan los dos puntos de inflexión en esta “recepción” del Vaticano II, una es el año 1982 en que terminó Raúl Silva su periodo de Arzobispo y la otra es 1978 el comienzo del régimen de Juan Pablo II en Roma. El influjo de Juan Pablo II desde Roma ha sido determinante para Chile y para toda Latinoamérica.
En cuanto a una mayor recepción del Concilio de parte de la Iglesia chilena esta debiera haber tendido a:
a) ilustrar al gobierno de la democracia cristiana sobre una doctrina social de la Iglesia más aggiornada;
b) orientar a los movimientos revolucionarios cristianos de la década del 60/70 hacia metas más radicalmente sociales, estructurales, hacia una igualdad de condiciones de vida para los pobres en la educación, en la salud, en el bienestar.
c) precaver contra un liberalismo individualista extremo en función del bienestar social e igualitario de todo el país. Y de paso a lo mejor librarnos de los excesos de un socialismo fuera de tiempo y del golpe militar y gobierno dictatorial de 17 años.
Serán estos últimos pensamientos muy utópicos, pero el Apocalipsis nos enseña que al fin de los tiempos los jóvenes tendrán sus utopías y los viejos tendrán sus sueños.
Residencia San Ignacio, Santiago diciembre de 2012

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