|Martes, Junio 18, 2019
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¿A quién tener miedo? 

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(P. Faustino Vilabrille).-

Tenemos una inmensa tarea que realizar en el mundo

Mateo 24,37-44:

Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del Hombre pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban liego el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucede­rá cuando venga el Hijo del Hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre”.

Los gobernantes, los poderosos, los dictadores, e incluso la oficialidad eclesiástica, han utilizado muchas veces el miedo para mantener a la gente sumisa, obediente y hasta subyugada, y más aun los dictadores militares, como nos sucedió a los españoles con el franquismo, o ahora las diatribas de Trump contra los inmigrantes, indocumentados, homosexuales, lesbianas, etc. de EE.UU. Y de manera horrible, desde hace 5 años, en Siria, bombardeando todo, incluso escuelas y hospitales de niños, obligando a la gente a huir en masa aterrorizada y arriesgando la vida.

Afortunadamente, la cúpula máxima de la Iglesia, el Hermano Francisco, está tomando un giro completamente diferente, destacando la Misericordia de Dios con el Año de la Misericordia, entendida en el sentido más amplio y universal, e incluso tomando decisiones concretas, como autorizando a los sacerdotes a absolver del pecado del aborto, antes reservado a los Obispos. Esperemos que esa misericordia se extienda también a los teólogos censurados, y a los curas y Obispos casados para darles la oportunidad, si lo desean, de retornar plenamente a su ministerio.

El verbo temer y la palabra temor aparecen en la Biblia cerca de 300 veces en diferentes acepciones, que en los casos referidos a Dios equivalen a respeto. Dios sí merece respeto, como lo merece todo cuanto existe, pero no temor. Es muy triste que a los empobrecidos de este mundo, cargados de problemas, miserias y sufrimientos se les dijese además que eran un castigo enviado por Dios por sus pecados, y no solo aquí y ahora, sino que se los amenazase además con un castigo eterno en el otro mundo. En una ocasión, una mujer llena de miseria y agobiada como una esclava decía, después oír a un predicador: “¡con las que hay que pasar en este mudo y que amenacen con el otro!”.


El Dios que vivió y nos enseñó Jesús es todo lo contrario
. Para recuperar la imagen verdadera de Dios es necesario recuperar al mismo Jesús, hombre verdaderamente libre ante toda clase de poderes político-religiosos de este mundo, y el mayor libertador de pobres y oprimidos que ha conocido la historia de la humanidad. Jesús es la verdadera y real imagen de Dios, un Dios lleno de bondad, de misericordia entrañable y de amor infinito, como nos refleja la parábola del hijo pródigo, que cuida incluso de los pajarillos y los lirios del campo; un Dios lleno de justicia reparadora de las injusticias humanas, de cercanía, de fraternidad, de igualdad entre todos, con predilección por los más pobres y necesitados: así fue Jesús, así es Dios, porque Jesús es la imagen visible del Dios invisible.

El texto del Evangelio de hoy no tiene nada que ver con el miedo, sino con el desvelo y la preocupación por cumplir nuestra misión en el mundo, porque tenemos una inmensa tarea que realizar, pues estamos plagados de problemas por todas partes: hambre de una gran parte de la humanidad, injusticias clamorosas, desigualdades exorbitantes, emigraciones forzosas, desplazamientos a campos de concentración, torturas entre los seres humanos, guerras, dictaduras, violación de los derechos humanos, violencia de género, personas torturadas y maltratadas en cárceles, comisarías y CIEs; desigualdad y marginación de la mujer en muchas economías, culturas y religiones; niños secuestrados y adiestrados para matar o vendidos y engordados para despiece de órganos para trasplantes, o mutilarlos como en la India para que den más pena y dedicarlos a pedir; explotación, contaminación y adulteración de la tierra… Hay que estar muy en vela, muy despiertos. Hay muchos frentes que tender, muchos abusos que denunciar, muchos reses humanos que dignificar. Hay un cáncer espantoso que está en la raíz de todos esos males: el neoliberalismo que es la causa de todos los males del mundo de hoy. Defender el neoliberalismo, causante de tanta guerra, injusticia, desigualdad y sufrimiento en el mundo, es ir abiertamente contra Dios, porque es un sistema que va directamente contra el hombre.

Los creyentes tenemos que ser los primeros en comprometernos en la construcción de un mundo nuevo para el presente y el futuro, incluso oteando el horizonte del mañana, para intuir el devenir a partir del presente y poner las bases para que siga mejorando después de nosotros. Esto le pedía también el Concilio Vaticano II a la Iglesia, que el actual Papa está intentando retomar.

Por tanto: ¡Vaya si tenemos que estar vigilantes! Afortunadamente hay muchas personas en el mundo, sobre todo en la base del pueblo de Dios, que están muy alerta y muy en vela comprometidas con el mensaje de Jesús hacia los empobrecidos, maltratados, encarcelados, emigrantes, enfermos, ancianos, sobre toco con proyectos de cooperación y liberación en los países pobres del Tercer Mundo. Son la esperanza de un gran renacer. Merecen todo nuestro reconocimiento y apoyo.

Así, pues, nada de tener miedo a Dios, pero sí, y mucho, a los dictadores, al poder neoliberal del dinero y a sus bancos y multinacionales, a los gobiernos corruptos, a los banqueros despiadados que desahucian sin tener piedad ni de niños ni de ancianos, a los ricos que llevan el dinero a los antros fiscales, a los políticos que van a la política para enriquecerse con ella, a los que hacen leyes injustas a favor de los de arriba que obligan a los pobres a robar para vivir; a los violadores de mujeres y niñas. Esos generadores de miedo deberían estar siempre en el punto de mira de la denuncia profética de la Iglesia Jerárquica y de todos los verdaderos creyentes en Jesús y en la dignidad de todo ser humano, para construir un mundo fiel a la plenitud del hombre y al futuro de la Madre Tierra de la cual dependemos todos.

P. Faustino Vilabrille Linares

A s t u r i a s

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