|Viernes, Diciembre 14, 2018
You are here: Home » Artículos Destacados » El cambio de los valores

El cambio de los valores 

fichero_26066_20130208-710x434

Las discusiones legislativas acerca de la despenalización del aborto por tres causales, las discusiones acerca de la gratuidad de la educación o  los cuestionamientos por las impresionantes desigualdades a nivel económico en el país plantean el tema de la ética social. Compartir los valores entre ciudadanos y entra los habitantes de este planeta es un gran desafío.

Las leyes pueden guiar los comportamientos de manera coercitiva y resguardar el orden público pero es mucho pedir a los legisladores lograr el difícil consenso valórico que satisfaga a todos. Para progresar hacia una ética social, se deben  movilizar los senadores, los diputados y los religiosos pero también los ciudadanos. Todos tienen esta tarea cultural de compartir valores. Sólo una ética de valores puede asegurar un progreso muy superior al crecimiento económico. Las leyes son interpretaciones relativas y evolutivas de la moral pública y no es sin razón que se busca cambiar la Constitución de Pinochet y mejorar las leyes existentes para progresar valóricamente.

La ética social trata de los valores y las discusiones respecto a la Vida,  la Igualdad,  la Inclusión,  la Justicia,  la Libertad,  la Seguridad y todos los valores manifiestan la necesidad imperiosa para la humanidad de crecer para asegurar el futuro de la sociedad. Los medios de comunicaciones multiplican las controversias acerca de los valores y tienen razón de despertar el interés público.  En el pasado, los mandamás establecían  autoritariamente las normas para defender sus valores, hoy día, la emancipación de las mujeres y de los hombres democratiza el reconocimiento de los valores y posibilita mayor inspiración  para establecer las leyes.

Aclaremos  que la palabra “valores”  que suena de primera como algo económico o financiero, tiene un sentido inmaterial. La  Vida no tiene precio,  pero es un valor que se puede traspasar, atesorar y dejar en herencia.

No es tan fácil decir lo que son exactamente los valores porque son  “unas ideas”, unas intuiciones emotivas, unas percepciones morales (del Bien, del bello, de lo bueno) es lo que nos agrada, lo que hemos  descubierto y apreciado en una u otra circunstancia, es también lo que nos motivan y  a su vez nos obliga.

Para entender de manera práctica lo que son los valores, podemos recordar que en el Antiguo Testamento  existe un libro bastante distinto a los libros precedentes de la Ley: el “Libro de los proverbios”. Este pertenece a la literatura sapiencial de la Biblia y curiosamente se refiere bien  poco a Dios,  son las instrucciones que un padre da a su hijo, le habla de la honradez, de la fidelidad a la esposa, la hospitalidad, la justicia,  la asistencia la viuda y al pobre… Estas lecciones de vida, esta  sabiduría paterna  nos da una imagen para comprender lo que son los valores, una experiencia  espiritual, una sabiduría que los hombres pueden perfeccionar y traspasarse a las generaciones siguientes. Se puede entender de la misma manera los evangelios que no se presentan como un nuevo código de preceptos sino como una invitación a descubrir, con la persona de Jesús,  unos valores que son para nosotros toda una revelación,  son los desafíos de los hijos de Dios: las bienaventuranzas, el amor al enemigo, el servir, el perdón, el universalismo, la esperanza…

Asistimos en nuestros días a unas discusiones que dividen la sociedad. Se discuten la gratuidad de la enseñanza, el matrimonio igualitario, la seguridad ciudadana…y  se critica las contra-valores como las desigualdades económicas, la contaminación, el aborto, el consumismo…

Se discute porque no se puede reducir los valores a la dimensión subjetiva de cada persona. Ser honrado, justo, fiel… no es sólo para la superación personal, el fin de estos valores sirve para el Bien común, la convivencia de los hombres.

Los valores no se descubren en todas las épocas y circunstancias de la misma manera. Tomando por ejemplo el valor de la Vida se puede descubrir que nuestros antepasados tenían una percepción distinta acerca de la vida. Cuando, ayer, las familias pagaban caro la sobrevivencia de la Vida humana por el peligros de las epidemias, las hambrunas o de las violencia primitivas. Promover la Vida  era multiplicar al máximo a los hijos con una generosidad increíble. “Creced y multiplicad” decía la Biblia y  lo lograron.  Progresando la ciencia se valoró la vida hasta reducir la mortalidad infantil hasta su mínimo, las esperanzas de vida en muchos países llegan a los ochentas años. Se afanan nuestros contemporáneos en valorar su calidad de la Vida. La reflexión demográfica enseñó a valorar la vida de  otra manera: la población del planeta entera asumió con responsabilidad y leyes una regulación drástica de los nacimientos, esta postura valórica por la sobrevivencia de la especie humana en peligro) parece  aparentemente contraria a la generosidad de nuestros antepasados pero fue una valoración de la Vida oportuna.

La Vida es un valor tan grande que los hombres no pueden creer abarcarla en toda su dimensión. Otros valores pueden complementarla y precisar su percepción para abrirle sus otras dimensiones.  La discusión acerca de la legislación del aborto nos puede revelar la dificultad de armonizar el compartir de los valores. Chocan las convicciones de los defensores de la vida desde su concepción con los partidarios de establecer excepciones en la penalización de los abortos.  Entre los primeros están mayormente los fundamentalistas religiosos quienes preconizan la “Ley natural” que establece unas condiciones humanas determinadas desde la creación del mundo rechazando  la teoría de la evolución de la vida y los métodos no naturales de regulación de los nacimientos. Se les ven levantar campañas contra el aborto en contra de manifestantes a favor de la despenalización legal de algunos abortos. La vehemencia de estas discusiones hace pensar que  a veces se utilizan los valores para servir otras posturas: un autoritarismo moral de una parte y  una bandera para la emancipación femenina por otra parte.

La “Libertad” de las mujeres para poder negarse a engendrar hijos no deseados parece un valor porque los nuevos conocimientos científicos aportan nuevos elementos a favor de los abortos. Un feto puede ser el resultado de un acto humano, ser algo humano pero que sea un ser humano, una persona humana, esto puede conversarse y reflexionar. Respecto a la libertad de las mujeres para poder  engendrar una vida no deseada, se puede abrir el tema de muchas violencias masculinas actualmente y también esa  presión y rivalidad laboral desconocidas anteriormente. También se puede aportar la historia  de las mujeres que en la historia supieron correr los riesgos y hacer los sacrificios para la procreación que llevó la humanidad a sobrevivir. Por sus antecedentes, por menos que se puede hacer es escuchar su percepción actual de la maternidad en esta época especial que vivimos. Esta reflexión sobre esta despenalización parcial de los abortos puede ayudarnos a descubrir el mal uso que se puede hacer de los valores.

Si los valores están inscritos en el cielo y que expresan de alguna manera la voluntad de Dios, hay que reconocer que cuesta conocerla y cumplirla como esta en el cielo. Arrojarse la autoridad  de imponer una visión particular de los valores  es utilizarlos denegando a las personas descubrirlos personalmente y socialmente. ¿Importaría realmente algunos abortos si por otra parte se lograra cerrar las fábricas de armas y buscar terminar todas las guerras, si se dejara de contaminar la tierra, si se dejara de quemar los recursos naturales que necesitarán las generaciones futuras? ¿Cómo defender la vida hoy día?  Esta es la pregunta y la respuesta es: lo hacemos ya llevando a su mínimo la mortalidad infantil y dando esperanzas de vida a los ciudadanos que supera  los ochenta años. Se busca mejorar la calidad de vida, se  proporciona una educación sexual y afectiva a los adolescentes, ¿Que más se puede hacer?…  Es valioso buscar un consenso ético  más positivo que negativo, lograr una cierta jerarquización a los valores, responder a las urgencias que ocurren como salvando las vidas en peligro. También la vida de una persona puede ser importante pero más importante será la vida de una familia, la de un grupo, la de una etnia, la de los marginales, de los números pobres…

Los valores pueden parecer cambiar, desplazarse, priorizarse según las circunstancias y los tiempos y es necesario seguir reflexionando sobre esto con otros ejemplos.

La revolución francesa exaltó la” libertad”, la igualdad y la fraternidad. Ha cambiado mucho en el tiempo los  anti-valores de la libertad. Fue una esclavitud servil en el tiempo antiguo, unas esclavitudes raciales en el tiempo de las colonias y una esclavitud  actual  obsesiva por un progreso material. La liberación  del yugo de la pobreza, la liberación femenina, el libre emprendimiento, la libertad de expresión… todas son “libertades” pero que exigen unas precisiones y un ordenamiento. Es un trabajo cultural de darles su importancia y su relatividad. No se puede denunciar un anti-valor, ni tampoco declarar como falso un valor determinado antes de examinarlo seriamente.

A favor de la “Igualdad”,  los revolucionarios franceses denunciaron las clases sociales que crearon  los aristócratas  y el clero para distinguirse de la gente popular. Hoy día  se habla de la igualdad de oportunidades, una igualdad que otorga a cada cual según sus necesidades. El tema de la inclusión es nuevo y es un aporte a este valor de la equidad. Por otra parte las desigualdades económicas  escandalizan cada día más  en nuestro mundo que globaliza extremando la diferencias entre  súper- ricos y  una masa crecientes de pobres.

Hablando de “fraternidad”, después de la época de las revoluciones, se crearon cooperativas, comunidades, sociedades, mutuales, sindicatos, también se exaltaron el patriotismo, los nacionalismos… se reforzó todo tipo de coexistencia, de colaboración, de convivencia. Pero parece que estos afanes se atenuaron mucho, el personalismo que ayudó al reconocimiento de los derechos humanos  individuales vio crecer una cultura individualista, un afán de competición y de rivalidad trayendo unos antivalores como el desinterés por lo político, por la vida familiar, una desconfianza de todo lo colectivo. La tarea para nuestros contemporáneos es quizás de restaurar unos valores que se olvidaron o se postergaron.

Si nos cuestionamos  ahora del valor de la religión, nos daremos cuenta que es uno de los valores más tergiversados. La religión valora la relación con Dios pero las divisiones y las discusiones acerca de la  validez de una y otra religión  tienen un efecto contrario a lo que pretende el valor de la fe. El ateísmo crece en los países ayer muy religiosos.  El católico se declara tal porque no es evangélico, musulmán o budista cuando lo primero  de este valor es de declarar positivamente creyente en Dios. En toda la historia, la religión ha sido utilizada en pro y en contra por los poderes políticos, económicos e ideológicos  que supieron servirse de ella. Un cierto tipo de religiosidad popular es también muy utilitarista cuando lo poco o lo mucho que se pide a Dios son atenciones particulares  deteniéndose  a venerar unos intermediarios eficaces.

Para pensarlo: Mateo 6,19ss:

No amontonen tesoro en la tierra donde hay polilla  y herrumbre que corroen y ladrones que socavan y roban. Amontónense más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.”

Paul Buchet

 

 

 

 

 

 

 

Related posts: