|Martes, Abril 25, 2017
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Reflexiones Pascuales 

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En esta fiesta de Pascua, algunos niños pudieron todavía buscar huevitos en el ante jardín como lo quiere la tradición, unos huevitos que les trae el conejo. Otros, los encontraron en  los supermercados  porque el negocio del chocolate  monopolizó los huevitos de estas fiestas. Para los adultos, la “Semana Santa” ha sido un  “finde” largo que les permitió escapar de su vida estresante.

Aun cuando habrán asistido a alguna ceremonia religiosa, no  habrán podido vivir  estos días con la misma devoción que sus padres y abuelos. Las religiones no pasan por sus mejores momentos y la vida política tampoco porque las complicadas elecciones profundizan los desencantos de las ciudadanías y por si fuera poco para atemorizar a todos, los grandes de este  mundo reinician su juego demoníaco de las guerras trayendo más miserias y horrores.  La sola nota más optimista ha sido el censo nacional que nos ayuda a  salir de nuestro metro cuadrado para pensar al bien común  y al futuro del país.

Re-abrir el tema de la “Resurrección” después de estas fiestas puede sorprender pero ¿Quién no tiene el sentimiento de algo inconcluso  al volver a la rutina de su vida después de unas fiestas que mantienen un trasfondo religioso? Es algo pretencioso  hablar de un tema como” la Resurrección” sobre todo  cuando  uno se da la libertad de hacerlo lejos de las predicas tradicionales y de los catecismos. Pero no se trata tampoco de ponerse iconoclastas como algunos filósofos que desarman todas las creencias religiosas pero nuestra cultura moderna obliga a un espíritu crítico. La fe no puede ahorrarse del esfuerzo crítico si quiere seguir cristiana. Lo exige nuestra propia consciencia y también nuestros hijos  a quienes desheredamos fácilmente de toda preocupación religiosa.

Por eso, antes de abordar el tema de la “Resurrección” de Cristo y de la nuestra es conveniente  despejar  un par de cosas. Primero: que la religión abusa fácilmente de dividir todo en dos dimensiones: el cielo y la tierra, lo divino y lo humano, el espíritu y la materia, lo profano y lo sagrado, el alma y el cuerpo, lo natural y lo sobrenatural… Estas dicotomías  incomodan. Otra cosa es dejar de lado una  fe entendida como un acto inicial de voluntad: se cree o no se cree en la existencia de Dios, se compromete cumplir sus mandamientos y acatar las creencias que esto implica o no.  Esta manera de creer es algo infantil,  puede ser que  esta manera de creer sostuvo la fe de nuestros antepasados pero la verdad es que hoy día los cristianos tienen una sensibilidad más emancipada y ven la fe como un  descubrimiento progresivo de Dios.  Esta sensibilidad actual y sus cuestionamientos no merecen las acusaciones  de relativismo o de secularismo de los jerarcas de las religiones.

Hablar de “Resurrección” es hablar de la recuperación  de la vida corporal y personal después de la muerte. La “inmortalidad”, ella,  es la idea de una confusa existencia  en un “más allá”. Ésta ha sido  una creencia  tan vieja como  la humanidad, lo comprueban las sepulturas prehistóricas encontradas. Otra cosa también  es hablar de una  vida “corporal” después de la muerte porque el hinduismo tiene su creencia en la reencarnación (en otra vida humana o animal). Pero fue en el pueblo de Israel, unos 500 años antes de Cristo, que se encontraron las primeras expresiones de una “resurrección” humana y personal. Los Fariseos en el tiempo de Jesús mantenían esta creencia en oposición a los Saduceos que la negaban. Fueron los testimonios de los apóstoles que proclamaron “resucitado” Jesús de Nazaret que murió crucificado que dejaron establecida esta profunda convicción,  contaron haber encontrado su tumba vacía  y que tuvieron varios encuentros con Él  antes de su despedida misteriosa (la Ascensión).

A pesar de ser la resurrección una creencia adversa a la cultura griega y romana de la época, el mensaje central de la  predicación de los apóstoles fue que  “Jesús murió crucificado y resucitó” Los escritores del Nuevo Testamento explicitaron  la fe en la resurrección de Cristo como promesa de resurrección al final de los tiempos para todos los que creen en Él. Esta  fe fue la de  una multitud de hombres y mujeres  a través estos dos mil años del cristianismo.

Lamentablemente, con el tiempo,  esta convicción se formalizó mucho y se incorporó como un artículo más del “Credo”.   En el bautismo de un niño, los padres y padrinos contestan afirmativamente a la fe que se les pide para el bautizando: creer en  Dios Padre…en  Jesucristo crucificado que resucitó…en  el Espíritu Santo, la Iglesia católica… la resurrección de los muertos y la vida eterna. En la primera comunión, la confirmación y para el matrimonio, como en todas las misas, se presupone esta fe en toda la doctrina cristiana. Pero faltó inteligencia de esta doctrina central de nuestra fe.    ¿Quién no ha ido a los funerales dejando el sacerdote hablar por su cuenta de la resurrección de los muertos  manteniendo secretamente en suspenso esta creencia misteriosa que personalmente se queda reducida en una tímida  esperanza de algún más allá  después de nuestra propia muerte?

¿Tendrá futuro esta fe formal y  “supuesta”? Las próximas generaciones seguirán desarmando las creencias por su falta de consistencia. Los adoctrinamientos y las predicas voluntaristas son gratuitas si no existe una experiencia previa y personal de esta fe.

En la educación de un niño o de un joven, si se le abandona a su egocentrismo natural y a los mensajes de la publicidad,  si vive de conveniencia, de rivalidad, del disfrutar del presente, si le falta otra perspectiva de vida… es difícil que el evangelio pueda llamarle la atención. Si, por lo contrario se le educa dando a la vida un sentido secreto por descubrir, si se logra revelar el valor de  la compasión de la solidaridad humana  y del bien común, se puede preparar a los hijos al creer en Cristo y en su evangelio. El humanismo contemporáneo es  así la puerta de entrada al cristianismo.

Es cierto que muchos humanistas pueden  llegar a sacralizar los derechos humanos, el destino de la humanidad  y su progreso,  pueden abogar por la justicia, la paz, la ecología…. sin  encontrar relevancia del evangelio. La fe sigue un don de Dios a través de la familia o de la comunidad  cristiana pero reciben este don de Dios los hombre de buena voluntad.

Los cristianos del futuro son los que descubrirán las resonancias profundas que existen entre su propia vida y la humanidad del mismo Jesucristo y de su evangelio. Se puede creer en un ser superior y llevar la religión que se quiere pero para llegar a  la fe en Jesucristo es necesario haber capitalizado la comprensión del mundo que la humanidad alcanzó después de una lenta evolución de la cultura.

La historia de la filosofía enseña que los hombres, inicialmente, después de considerase parte del Cosmos antiguo entendieron el mundo como gobernados por poderes superiores. Después de alcanzar el monoteísmo, se sometieron a la voluntad divina de su elección. Pero cuando se lograron los primeros conocimientos científicos, los hombres empezaron a sentirse capaces de utilizar la naturaleza y se hicieron fuertes de transformar el mundo para hacer progresar la humanidad. Volvieron a cuestionarse a sí mismo, estudiaron su propia vida y las estructuras sociales  de su sociedad, su economía. En todo este desarrollo cultural valoraron  especialmente su libertad y  enfrentaron sus riesgos de rivalidad y de violencia. Menos mal que entre esta emancipación y en medio de muchas contradicciones,  se abrieron a  los ideales de igualdad y de solidaridad.

Esta cortita reseña de la historia humana nos puede explicar cómo la humanidad está logrando progresar a través de tantas corrientes adversas. Es imprescindible vivir  los mejores niveles del humanismo para creer y evangelizar. Es en esta sensibilidad humanista que  los padres deben involucrar  a sus hijos si quieren abrirles las puertas del evangelio. Vale vivir, vale salir de un egocentrismo natural para descubrir el valor de la solidaridad humana,  del Bien común  y en definitivo del valor supremo del amor.

Los hijos ambientados en una sensibilidad humanitaria, abrirán  los evangelios y encontrarán en la persona de Jesús un amor humano extremo, un amor que no se explica si no fuera el mismo amor de Dios Padre, un amor predilecto para con los pobres y  los sufridos, un amor contagioso que perdona, que ama hasta los enemigos, un amor que es el don de toda una vida, un  amor humano pero que tiene perspectiva de valor eterno. Esto es  entender la Resurrección en definitivo.

El cristianismo, entre mil tradiciones y creencias obsoletas atesora esta creencia fundamental. La misma “encarnación” de Jesús, nos enseñó  lo humano que Dios quiso vivir en persona para entusiasmarnos a nosotros mismo a vivir. Su Resurrección nos revela su voluntad de inmanencia. Para utilizar unas imágenes antiguas, diremos que Cristo está sentado como hombre resucitado a la derecha del mismo Padre. Dios valora de esta manera nuestra condición humana, nos ama, nos promueve y nos salva. Nos promete resurrección a cada uno personalmente, la promete particularmente a todas las víctimas, los sufridos de todos los tiempos.

Es tiempo de rehabilitar nuestra humanidad dándole a nuestra vida personal y a nuestras relaciones  humanas y sociales la importancia que Dios le da. Lo humano alcanzó una altura divina Corresponder al amor de Dios y amar el prójimo se  equivalen.

Respondiendo  al filósofo Luc Ferry , diremos que nosotros, por la Resurrección de Cristo,   hemos encontrado la transcendencia  en la inmanencia. En la humanidad de Jesús hemos descubierto lo que Dios es para nosotros.

Paul Buchet  –  Freire

 

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