|Miércoles, Diciembre 13, 2017
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Pedro Arrupe: Un Hombre para los demás 

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“Nuestra meta y objetivo educativo es formar hombres que no vivan para sí, sino para Dios y para su Cristo; para Aquél que por nosotros murió y resucitó; hombres para los demás, es decir, que no conciban el amor a Dios sin el amor al hombre; un amor eficaz que tiene como primer postulado la justicia y que es la única garantía de que nuestro amor a Dios no es una farsa, o incluso un ropaje farisaico que oculte nuestro egoísmo”. (Valencia 1973. Congreso AA.A).

Pedro Arrupe nació en Bilbao en 1907. Estudió con los Escolapios en Bilbao. Después, en medio de sus estudios de Medicina, que inició en Valladolid y continuó en Madrid, siempre con notas altísimas, decidió entrar en la Compañía de Jesús. En esos años de estudio en la Facultad de San Carlos de Madrid coincidió con Severo Ochoa como compañero, y con Juan Negrín (presidente de la República entre 1937 y 1939) como profesor.

Una vez en la Compañía, para los estudios de Filosofía se tuvo que trasladar a Bélgica, desde donde tras ordenarse sacerdote es enviado a Estados Unidos, y de allí a Japón, su gran sueño. En Japón vivió cerca de treinta años, hasta que lo nombraron Prepósito General en 1965, estando en Hiroshima el fatídico día de la Bomba Atómica, participando de primerísima mano en la atención a los heridos en un improvisado hospital que organizaron en el Noviciado, del que era Maestro de Novicios.

En la reseña que de él hace Wenceslao Soto Artuñedo señala que “en 1965 fue elegido 28º superior general de los jesuitas, en los tiempos de plena aplicación del concilio Vaticano II, y le tocó a él ser el motor del proceso de renovación de la Compañía, lo que se plasmó, especialmente, en los documentos de la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús (1974-1975) que vinculó inevitablemente la promoción de la Fe con la de la Justicia”.

También resalta que “su carácter, su mística, su carisma, su espiritualidad, su radicalidad evangélicas, etc. lo convirtieron en una de las primeras figuras eclesiales del siglo XX, por lo que su “hacer” y “pensar” han influido dentro y fuera de la Compañía de Jesús”, y cómo “su fama de santidad crece. De hecho, son muchas las peticiones, entre ellas las de muchas congregaciones provinciales de la Compañía, en orden a que se inicie el proceso de beatificación.

Pedro fue una persona brillantísima, extraordinaria, un auténtico hombre de Dios, siempre fiel a la Iglesia y al Papa, incluso en los momentos más difíciles.

Falleció en 1991 tras varios años afectado por las graves consecuencias de la trombosis que sufrió al llegar a Roma tras un viaje a Filipinas, siendo un ejemplo para todos hasta el último momento de su vida. En su renuncia como General (3 de septiembre de 1983) pronunció las ya históricas palabras: “Yo me siento más que nunca en las manos de Dios. Es lo que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda experiencia.

Un hombre que se dejó mirar

Se dejó mirar por el Señor, que le ayudó a descubrir en sí mismo un corazón capaz de una bondad que no imaginaba. De ahí su confianza casi “natural” en las personas y en el mundo.

Se dejó mirar por las personas, en especial por los pobres. Por ese motivo, se sentía interpelado por ellos, sabía que, en aquellos ojos, el Espíritu lo reclamaba. Así iba caminando con humildad, con capacidad de reconocer sus propios fallos.

  • Solía recordar siempre la necesidad de conversión, de tener un corazón semejante al de Jesús.
  • Deseaba que otros se dejaran mirar así por Dios y por sus amigos los pobres.
  • Sabía de la transformación que entonces se experimentaba.

 

Un hombre de mirada compasiva

  • Porque participaba de la misma mirada de Dios. Miraba como Dios mira.
  • Así al enviado lo veía como “hombre para los demás” que nos invita a vivir del mismo modo.
    Esto le permitía descubrir el dolor del mundo.
  • De ahí que quisiera comprometer a la Compañía en el trabajo por la justicia, pues entendía que era parte esencial de la fe. Fe y justicia, sin que pueda ser verdadera una sin la otra.
  • Deseoso de que otros compartieran ese mismo modo de mirar y comprometerse.

 

Un hombre de mirada limpia, transparente

– El mundo se le hacía transparente a los ojos. Por ello era capaz de mirar lo profundo de las cosas y descubrir que el trasfondo del mundo y de la historia está hecho de la bondade de Dios.

  • Era un místico de ojos abiertos, un místico activo.
  • El contraste nítido entre la bondad de Dios y un mundo roto, le hacía ver límpiamente las injusticias del mundo. Cuando la gente se sabía mirada de ese modo, se sentía amiga de Arrupe. Sus ojos irradiaban complicidad y confianza.
  • Era un hombre “con los demás”. Allí donde iba, construía “Compañía”.

 

Un hombre de mirada larga

  • Capaz de ver a Dios en todo.
  • Un adelantado a su tiempo, que describe el mundo de modos que aún hoy nos siguen resultando agudos y frescos.
  • Capaz de ver nuevos retos apostólicos y adelantarse a ofrecer nuevos modos de presencia (SJR).
  • Que no tiene miedo, porque sabe que es últimamente el Señor quien le acompaña.
  • De aquí brotaba su esperanza.

Colegio San Ignacio  –  Jesuitas de Oviedo  /  Asturias

 

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