|Martes, Marzo 19, 2019
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“La ley y la justicia injusta e inicua le hacen la vida imposible a los pobres” 

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Siempre sonriente, pequeño, menudo y aparentemente frágil. Parece poca cosa, pero Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger, engaña, porque esconde un alma de profeta y de ‘vividor’ del Evangelio. Una vida de pastor allí donde las fronteras dejan de ser un concepto, para convertirse en pan compartido. Un grito de fe encarnada en busca del auxilio del Señor y de la solidaridad de la buena gente, que resuena en su última obra, “Desacato el silencio” (PS).

Un libro que presentó, sin grandes alharacas, en un sencillo salón de actos de la parroquia madrileña del Perpetuo Socorro. Eso sí, bien acompañado. En la mesa, Francisco Caballero, director de la Editorial PS; Silvia Rozas, redactora-jefa de la Revista Ecclesia y Luis A. Gonzalo, director de la Revista Vida Religiosa. En una sala repleta de gente, que sigue y quiere al arzobispo de Tánger y admira su vida entregada a los más pobres.

Agrelo habla suave y quedo, como el susurro de las olas de su Rianxo natal. Pero, en cada frase dice verdades como puños, que sacuden por dentro. Y las dice con ternura, quitándose importancia, como quien no quiere la cosa…pura humildad franciscana.

Anuncio y denuncia. Como los verdaderos profetas. Y eso que no le gusta nada que lo califiquen así, aunque todo el mundo lo hace. Y, si todo el mundo lo hace, por algo será. Pero él, fiel a sus rutinas, cuando alguien le llama profeta, siempre contesta lo mismo: “Como la burra de Balaam”.

Eso sí, una ‘burra’ terca y recia, como los ‘carballos’ de su patria gallega o como las bellas flores amarillas del toxo, rodeadas de espinas. Su vida y su libro es un grito de dolor. “Un grito por una humanidad condenada”. Porque, como dice en la presentación, “nuestra vida está protegida y amparada por nuestros derechos”, pero a las páginas de su libro se asoma otro tipo de personas.

No se asoma “una humanidad condenada por haber sido olvidada por la providencia divina”, sino “una humanidad condenada por nosotros mismosa sufrimientos tan atroces que, si alguien se los procurase a un animal, no se lo permitiríamos jamás”.

La humanidad a la que se refiere el arzobispo de Tánger es la de losemigrantes, escondidos en los bosques de Tánger y de los alrededores de Ceuta, tras sortear a la muerte en el desierto, a la espera de una ocasión para cruzar el Estrecho y llegar a su ‘paraíso’ soñado.

Allí están hacinados, sufriendo hambre, sed, frío, mutilaciones, falta de higiene, dolor, enfermedades y muerte. “Además, pesa sobre ellos -explica Agrelo- la condena al silencio, al aislamiento y a la invisibilidad“. Y si alguna vez se aparecen, “como los fantasmas, se arriesgan a morir”.

“Mis chicos”

Por eso, cada página de su libro es un desacato a ese silencio y a esa invisibilidad, a la que la sociedad (la nuestra y la marroquí) someten a los que él llama “mis chicos”. Por sus chicos vive y en sus chicos piensa a cada instante. Porque la vida le hace pensar en ellos. “Cuando abro el grifo del agua, recuerdo que ellos no la tienen; cuando me ducho, recuerdo que ellos no pueden ni lavarse, cuando sopla el Levante (y lo hace a menudo), siento su frío en mi piel…”

Y tras la vida compartida, la denuncia clara y tajante: “La legalidad le ha declarado la guerra a los pobres. De ahí mi compromiso de denunciar la ley y la justicia injusta e inicua, que les hace la vida imposible. Asombra ver a todo un Ejército desplegado contra los pobres”.

Y, como lo vive en primera persona y a pie de bosque, ofrece detalles concretos: “A veces, la comida, las mantas y los plásticos que llevamos a los montes se lo retiran las fuerzas del orden y lo queman”. Confiesa, incluso, el obispo que la policía marroquí y las autoridades saben bien que “yo ando en esas cosas”. De hecho, no se esconde.

Reconoce, incluso, el obispo que “los propios soldados marroquíes sienten compasión por los chicos, porque no existen fronteras entre la gente que sufre. Lo que pasa es que soldados y policías cumplen órdenes”. Dice que nunca ha sufrido represalias por parte del Gobierno marroquí. “En el fondo, ellos agradecen lo que hacemos con los emigrantes. A ellos se les paga por hacer su trabajo, pero no lo hacen a gusto”.

Una vez le paró un soldado marroquí y le preguntó, con buenas formas, qué estaba haciendo en el monte. Agrelo le contestó que estaba ayudando a los que lo necesitaban.

-Sabe que eso no lo puede hacer, le dijo el soldado

-Mi conciencia dice que tengo que hacerlo, porque no hay ley que prohiba dar de comer al hambriento, replicó el prelado.

En medio de esa montaña de dolor y sufrimiento, los ‘chicos de Agrelo’ responden con una fe profunda en Dios y repiten constantemente: “Dios está con nosotros, Dios nos ayudará”. Y es que, según el prelado, “el mundo está vencido, aunque parezca vencedor, porque, para ser más fuertes que la muerte, a los pobres les basta su fe, una fe que mueve montañas”.

Su misión es alimentar esa fe y, sobre todo, amar a sus chicos. “Y el amor a los pobres -confiesa- no es fácil. A veces, podemos buscarnos a nosotros mismos. Estar cerca de los pobres es correr el riesgo de ofenderlos con nuestra superioridad económica o moral”.

De hecho, a su juicio, para acercarse a ellos con verdad y autenticidad, hay que “seguir el camino de los maestros del amor”. Y, entre ellos, citó a Simone Weil, Eduardo Galeano o San Vicente de Paúl, que decía a sus Hijas de la Caridad: “Ámalos tanto (a los pobres) que te perdonen la escudilla de sopa que les das”.

Y para redondear la faena, monseñor Agrelo cuenta, en breves trazos, la historia de Fernando Silva, de la obra ‘El libro de los abrazos’ de Eduardo Galeano, que casi hace llorar a los presentes y que reza así:

“Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar. Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían… se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano: ‘Decile a… -susurró el niño-, decile a alguien que yo estoy aquí'”.

Sin fe en los políticos

En el turno de preguntas, el responsable de migraciones de la Conferencia episcopal, José Luis Pinilla (otro ‘abogado’ de los emigrantes), le pregunta al obispo sobre el papel de los políticos en este tema. “No quiero decir en público que he perdido la fe en los políticos (y lo repitió dos veces). Años con problemas y con millones en las fronteras sin que los políticos hayan hecho absolutamente nada y, cuando, por fin, consiguen cruzar las fronteras, los políticos continúan cerrándoles los caminos”.

¿Y la Iglesia? “La Iglesia tiene una grandísima responsabilidad. La Iglesia no tiene que estar con la política, sino con el Evangelio. No tiene que estar con los que excluyen, sino con los excluidos”, contesta Agrelo. Y se indigna con el cardenal Sarah (sin nombrarlo directamente), porque acaba de decir que la identidad europea está en peligro por la llegada de emigrantes. “Si yo fuera el Papa, lo destituiría inmediatamente y, además, lo dejaría sin sus entorchados”.

Una decisión lógica en un obispo que cree que “los frutos de la vida religiosa van a depender de la capacidad que tengamos de ser pobres con los pobres. Porque, si no vemos a los pobres, negamos a Dios“. Y un aplauso emocionado atronó el salón de los redentoristas.

Antes, habían intervenido los dos presentadores de la obra. La flamante redactora-jefa de la revista Ecclesia, la jesuitina Silvia Rozas, se deshizo en elogios hacia su paisano. “Hablar de Agrelo es hablar de un profeta que habla con su vida. Monseñor nos indica el camino de Jesús desde las periferias, porque anuncia y denuncia con misericordia”.

A juicio de la periodista, “el libro de Agrelo no deja indiferente a nadie y, por eso, es necesario acercarse a él con los pies descalzos, porque la tierra que pisamos es tierra sagrada”.

“El libro es una provocación y un aguijón”, sostuvo, por su parte, el claretianoLuis A. Gonzalo. Y glosó el título de la obra: “Desacato o desobediencia es el arma del profeta. De formas suaves, cordiales y poéticas, sin gritos y sin hacer valer su autoridad, Agrelo habla con la misma hondura con la que habla Cristo y con el mismo amor que contagia con su vida solidaria”.

Según el director de la revista Vida Religiosa, monseñor Agrelo “incomoda a quien tiene miedo de perder lo que nos queda y ha quien ha optado por la prudencia, porque se ha convertido en una palabra incómoda en el seno de la Iglesia y de la vida consagrada“.

Un obispo que “tiene el don de conservar el corazón de un niño” y “una vida al servicio del Evangelio”. Por eso “algunos preferirían que estuviese en silencio, ignorando que la voz del profeta no se apaga, porque, de hacerlo, hablarían las piedras”. Y concluyó: “La palabra de monseñor Agrelo es una provocación para mantenernos despiertos, un canto a la esperanza de un mañana diferente”.

Abrumado por los elogios, monseñor Agrelo se sonroja y, con su voz queda y firme a la vez, da sencillamente las gracias. Y sonríe a los presentes, que le mandan su cariño con una sentida ovación para este obispo especial y diferente, que acaba de presentar su renuncia al Papa, por haber cumplido los 75 años. “¡Ojalá no se la acepte en muchos años!”, era el comentario de todos los presentes. Necesitamos obispos-profetas. Por uno que tenemos, conservémoslo. ¡Nos hace tanta falta!

José Manuel Vidal  –  Director de Religión Digital

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