|Miércoles, Diciembre 13, 2017
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Sobre el creciente relativismo moral que padecemos… 

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Carta abierta al Papa Francisco ante el ‘pecado’ de mi despido cometido por mis responsables en la empresa multinacional Telefónica…

Soy un español que me llamo precisamente como Usted, habiendo formado parte de una comunidad de jóvenes jesuitas durante más de 7 años en la Parroquia de San Francisco de Borja de Madrid; y a Quien me dirijo especialmente en la necesidad de expresarle una serie de reflexiones desde mi experiencia de vida; precisamente con motivo de uno de sus más valientes discursos calificando de “pecado gravísimo” a “los que por maniobras económicas, para hacer negocios que no están claros, cierran fábricas y quitan el trabajo a los hombres”.

Posiblemente sus palabras resonaran inspiradas en la solidaridad hacia los 200 trabajadores que iban a ser despedidos de la televisión de pago Sky Italia, muchos de ellos congregados en la Plaza de San Pedro; recordando por cierto, no ya a los 200, sino a los más de 800 trabajadores que también fueron despedidos aquí en España por parte de la cadena pública Telemadrid.

Pero más allá de las ilustrativas cifras, yo quería adentrarme más en el valor de sus palabras con las que me he sentido francamente identificado y a las cuales les añadiría mucho más. Porque desgraciadamente a lo que también asistimos es a un uso desviado de la propia normativa laboral, que desposeída de los supuestos que el legislador pudo preveer, termina siendo instrumentalizada al servicio de los más variopintos intereses personales; incluida la intencionalidad dolosa de quien, movido por sus más bajos instintos y aprovechándose de situaciones de necesidad, hacen del despido su cortijo para la coacción, el chantaje, la humillación e incluso el terror; atacando la integridad humana como si de un arma se tratara y en la conciencia además del daño irreparable que, hoy más que nunca, se puede causar a la víctima.

Efectivamente, no le exagero si le confieso que mi caso no fue porque la empresa cerrara (ya que se trata de Telefónica, la conocida multinacional de millonarios beneficios), ni debido a mi trabajo (que incluso destacaba por mi vocación, esfuerzo, talento y dedicación), sino simplemente bajo la sospecha de esos mismos bajos instintos; en lo que significa en primer lugar, que unos cargos, aprovechándose de la credibilidad profesional que la empresa les otorga, me manipularan como trabajador firmando un despido bajo engaño; que en segundo lugar, me ocultasen una polémica política de recursos humanos, por la cual, una vez despedido no podía volver a trabajar en ninguna de las empresas del Grupo Telefónica; y que finalmente, pese a las sanciones por parte de las autoridades laborales de mi país, todos los que intervinieran sigan sin arrepentirse de nada; mientras yo me muero con mas de 7 años en paro y con una justicia, por otra parte, de la que tampoco puedo esperar nada.

Así, pues, todo esto me remite a dos cuestiones que me preocupan cada vez más. La primera de ellas es el creciente relativismo moral que padecemos. Un relativismo que nace en parte desde el momento en que pasamos de un Dios convertido en el centro de todo orden económico y social (como pasaba en la antigua Edad Media), a un hombre excesivamente centro de sí mismo; y en el que siguiendo con esa concepción nihilista, no es que olvide a Dios, no es que se aparte de Él y lo abandone; es que se cree dios sin serlo por encima de Dios, suplantándolo e incluso sometiéndolo. Y eso hace también que acabe siendo preso de sus propios pecados y defectos, entre ellos el principal con el que nace nuestro actual sistema económico; es decir, la ley del máximo beneficio, que no es otra que la ley del máximo egoísmo, en contradicción con los principios rectores de la naturaleza y el Evangelio.

De hecho, de ahí se derivaría desde el control de los recursos en manos de unos pocos para esclavizar al resto del mundo, hasta la falta de valor que otorgamos a las propias leyes de la naturaleza; traduciéndose, como Usted muy bien sabe, en las consecuencias del llamado cambio climático o los polémicos intentos de clonar embriones humanos. Y de manera que, una vez más, podemos decir que el hombre, creyéndose en aprendiz de brujo, trata de violentar dichas leyes para desgraciadamente, no siempre ponerlas al servicio del bien común, sino sólo a merced de sus ansias de poder y sus ambiciones.

Pero dicho esto, yo también quería trasladarle la segunda de esas cuestiones preocupantes para mí, incluso como parte y causa de la primera. Me estoy refiriendolas propias formas de pensamiento instauradas a partir de la aplicación práctica de un determinado modelo económico y que se han extremado en la medida en que ese modelo se ha convertido en el único imperante sin que haya ninguna otra alternativa que lo contrarreste. Es lo que denominaría como la ideología del reciente neoliberalismo moderno; es decir, el conjunto de nuevos valores con los que nacen los más jóvenes produciéndose una importante brecha generacional a partir de un mundo dominado por la precariedad; y donde, por tanto, en ese hábitat de la constante necesidad no pueden convivir ni la dignidad, ni la decencia, ni la honradez, ni la moral, sino que todo se reduce a la consecución de objetivos bajo la única visión bipolar de lo productivo y no productivo; adueñándose a su vez de nuestra libertad humana y devolviéndonos unas relaciones marcadas por la competitividad más descarnada, nada que ver con el incompatible sentido humanista que cínicamente tratan de promover las empresas cuando hablan del trabajo en equipo.

Es más. En dicho contexto no cabe esperar otra cosa que la lacra de deshumanización a la que igualmente asistimos y que se manifiesta en todos los órdenes; empezando por el evangelio de la corrupción ante el dinero idolatrado que juega con las historias humanas sin importarnos sus vidas; continuando con su materialización en familias desestructuras e hijos abandonados, cuando no es el propio concepto de familia el acaba siendo perseguido (y con ello unos hijos que ya ni se tienen); y concluyendo en esa sociedad, que mientras muere sin relevo, rota y desquebrajada, a quien sólo beneficia es a la bienvenida precariedad globalizadora; que sólo así podrá consagrarse impunemente bajo la ambición de unos pocos devolviéndonos ese paisaje de competitividades feroces, cada vez más sucias, cruentas y desposeídas de toda moral, a la vez que destrozan vidas en sus luchas fratricidas sin control.

De hecho, nuevamente, yo bien le puedo decir cómo he sido testigo y víctima de ello, cuando tras sufrir unos lamentables hechos en un centro de formación para desempleados y abusar su director de su autoridad poniéndose de parte de quienes me hostigaban, decidí acudir por primera vez a este grupo de jóvenes jesuitas al que me he referido al empezar. Y debiendo resaltar el valor que significa que una serie de personas, comportándose como héroes anónimos sin saberlo, me ayudaran a recuperar al menos el sentido de la vida y el valor de mi persona (pues yo nunca revelé nada de lo que me había sucedido para no condicionarlos en ningún sentido); de manera que sólo así, pude hacer el ejercicio gestáltico de contraponer hechos y experiencias; sintiendo cómo por contraste se dibujaba dentro mí una resplandeciente figura sobre el fondo y experimentando la auténtica verdad de Dios en lo que significaba la historia más íntima de mi vida.

Yo me pregunto qué hubiera sido de mí de no haber sido de este modo; y entonces le emplazo, Santo Padre, a otra de mis reflexiones. Y es en relación a este mundo de la globotecnología al que también asistimos. Un mundo del que no dudo de sus beneficios, pero del que a su vez también me surgen mis inquietudes; cuando con esa tendencia a la interconexión sin límites, a veces pienso en el peligro de que determinadas experiencias puedan transferirse infectando a otras paralelas o secuencialmente en el tiempo que en apariencia parece que actúan de manera independiente y que, de hecho, deberían hacerlo así, si no fuera por ese mundo virtual que siempre nos acompaña y que todo lo rodea.

Porque entonces, en alusión a lo explicado anteriormente, las personas no actuarían de manera objetiva, sino siempre condicionadas bajo aspectos prejuiciosos. Porque entonces no podríamos obtener un verdadero contraste a partir de nuestras propias vivencias, desarrolladas en distintas etapas, momentos de la vida y ambientes diferentes. Y porque, en definitiva, la figura sobre el fondo que tratamos de descubrir siempre acabaría empastada por ese mismo fondo homogéneo que todo lo cubre. El individuo quedaría, pues, agonizado, cercado y hasta atrapado entre ese conjunto de realidades adulteradas que sólo permiten dar la razón a quienes injustamente lo condenan. De hecho, no es difícil imaginar que ése sea uno de los motivos más poderosos para que cualquier víctima acabe siendo objeto de suicidio en ciertos casos de bulling.

Y así, siguiendo con esta misma tesis, miro con cierto recelo esas gigantescas bases de información personal en que se han convertido, por ejemplo, plataformas como Facebook o Linkedin; y que aunque nos puedan asegurar su integridad gracias a las rigurosas normativas de protección de datos personales, no dejo de pensar en su vulnerabilidad ante cualquier hacker avezado, preguntándonos ¿adónde y a quién va a parar tanta información, empezando por la que inevitablemente damos cuando trabajamos en cualquier multinacional o empresa? Yo, de hecho, bien me sorprendo cuando tras mi desgraciado despido, habiéndolo denunciado lógicamente ante las autoridades laborales de mi país, y pese a todos mis esfuerzos por iniciar una vida nueva (incluido la realización de un segundo máster por más de 14.000 €), me he visto condenado a no volver a trabajar durante más de 7 años en paro. Y yo, de hecho, aún me inquieto más, cuando no hace mucho se dio a conocer la espeluznante historia de cómo a un trabajador, tras ser despedido injustamente por una contrata nuevamente de Telefónica, se encontró con que había sido vetado por dicha compañía (impidiendo así que pudiera trabajar en otra contrata), según ha quedado demostrado en una reciente Sentencia del Tribunal Supremo, por cierto pionera en España. Y ahí lo quiero dejar.

Usted me preguntará ahora, si pese a estar como estoy y con todo lo que llevo sufriendo, he perdonado a mis pecadores. Como cristiano debería perdonarlos, pero créame que me resulta difícil y casi un contrasentido, de quienes parece que no se arrepienten de nada a pesar haber intentado dirigirme a ellos, y ni siquiera confiesan esa envidia cainita que sospecho ha podido pudrir sus conciencias para hacer lo que han hecho. Y aunque así fuera la vida no se soluciona sólo con perdones, sino que los perdones se demuestran especialmente con hechos y respuestas. Respuestas que en este caso deberían habérseme dado hace ya mucho tiempo; empezando por que Telefónica y su filial Telefónica Servicios Audiovisuales depuraran responsabilidades ante quienes, con tales actuaciones, pienso que no dejan de atentar contra su responsabilidad social corporativa; y terminando en esa utopía de la justicia acorde al valor y la dignidad que las personas merecen y no su humillación frente a los que se ríen de ella.

Así que créame, Santo Padre, que con todo lo aquí expresado, no sé cuanto tardaré en seguir así; a Quien le solicito sinceramente su mediación frente a tanta idolatría del “sinsentido” sin importar la vida humana. Y donde es más, si te descuidas, en esta nueva doctrina de la incongruencia y la inmoralidad admitida, incluso la culpa ya no es de los pecadores, sino de las víctimas; que incluso tenemos que andar escondiéndonos, sin decir lo que pensamos y esclavizados por ese director de recursos humanos que nunca le gustará leer lo que expresamos y admitir lo que somos, si lo que somos responde a un Dios que cada vez lo silenciamos más y le condenamos en sus valores y principios.

Francisco Javier Santos   –   Madrid

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