|Miércoles, Octubre 16, 2019
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Cambios, Realismo y Esperanza 

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En pocos días más, Francisco se reunirá en Roma con los obispos de Chile.

Se habla ya de “un antes y un después” de la carta del Papa. Hay expectativas altas acerca de los cambios en la Iglesia, que se esperan como fruto del encuentro en Roma. Algunas, tal vez ilusas, fruto de años de frustración y desencanto por el modo de proceder de quienes hoy parecen ver, y ayer no veían.
A pesar de los deseos de cambio, se cuela todavía la falta de credibilidad en los líderes de la jerarquía de nuestra Iglesia. Se advierten aires de conversión, cierto, pero no hay ninguna certeza acerca de los cambios que efectivamente vendrán. Está la palabra del Papa, de cuya sinceridad no puedo dudar: él habla de medidas a corto, mediano y largo plazo para “reparar el escándalo y restablecer la justicia” en la Iglesia en Chile. ¿Cuáles serán esas medidas? ¿Responderán a las altas expectativas que se han ido expresando en estas semanas?
Por el momento, creo que es bueno esperar con serenidad y realismo. Pero sin pasividad. Lo que anda mal desde hace mucho tiempo, no se puede cambiar en un par de días. Y, sobre todo: sean cuales sean los cambios que haya, ya no se puede esperar que vengan sólo desde fuera, desde la cúspide de la jerarquía eclesial. El Papa, ciertamente, ha jugado un papel determinante: si no hubiera enviado a Scicluna y Bartomeu, y escrito su carta del 8 de abril a nuestros obispos, habríamos seguido igual quién sabe por cuánto tiempo. Francisco terminó dándose cuenta de que la voz de muchos no había sido escuchada, y le había llegado más fuerte la voz de quienes lo hicieron formarse un juicio erróneo sobre la situación de la Iglesia en Chile. Y actuó en consecuencia, con humildad, claridad y firmeza.
Pero, desde hace mucho tiempo, un grupo de laicos y laicas ha jugado también un papel determinante, difundiendo, “a tiempo y a destiempo”, una voz que supo ser perseverante y porfiada. A pesar de no ser tomada en cuenta y a veces incluso descalificada, esa voz ha crecido hoy como un testimonio profético. Incómoda y a veces áspera, como tantas voces proféticas, pero portadora de un reclamo justo.
Cualesquiera que sean los cambios que se avecinan, deberán ser propuestos, asumidos y llevados a cabo por TODOS los miembros de la Iglesia. Es decir, no sólo por el Papa, la jerarquía y el clero de Chile, cuya competencia es indudable, sino también y hoy más que nunca, por el laicado activo y partícipe de la vida y la misión de la Iglesia. Más que nunca debiéramos reivindicar y poner en práctica, en este tiempo lleno de esperanza, el sacerdocio común de los fieles, que a todos, laicos y laicas, religiosas y religiosos, diáconos, presbíteros y obispos, nos hacen miembros IGUALES del mismo Pueblo de Dios, antes de toda diferenciación ministerial. Los que tenemos un ministerio ordenado debiéramos recordar, hoy más que nunca, que fuimos ordenados para servir al Pueblo de Dios: escucharlo, respetarlo, dejarnos evangelizar por esas voces que son también voz de Cristo, y recorrer juntos el camino de la Iglesia, casa común de quienes creemos en Jesucristo y su Evangelio.
Que en este tiempo de oración por nuestra Iglesia en Chile, sea el Espíritu Santo quien ilumine, conduzca y fortalezca a todos los que anhelamos los necesarios cambios para “reparar el escándalo y restablecer la justicia”: los de corto, mediano y largo plazo. La crisis que vivimos es una oportunidad excelente para ser Iglesia de otro modo y, muy especialmente, para que los ministros ordenados, en primer lugar los obispos, ejerzamos nuestro servicio DE OTRO MODO, más cercano al Buen Pastor: ése que cuida de verdad a sus ovejas, y no las trata como un rebaño infantil y subordinado, sino que conoce a cada una por su nombre, porque sabe de la infinita dignidad de cada hijo e hija de Dios.

Guillermo Rosas, ss.cc.

Santiago de Chile

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