|Miércoles, Agosto 15, 2018
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El Espíritu de Jesús: nuestra “estructura de apoyo” 

Entrega Honoris Causa a la Dra.Judith Butler en el Auditorio de la Facultda de Derecho

Hace algunos días, y con bastante motivación, estoy leyendo el libro “Cuerpos aliados y lucha política. Hacia una teoría performativa de la asamblea” de la filósofa estadounidense Judith Butler. Butler está cercana a la teoría del género, a las lecturas feministas y de teorías políticas. Es un libro que recomiendo leer porque nos ofrece una lectura ante todo humana de cómo ir superando situaciones que deshumanizan. Dicha lectura de Butler se hace desde el concepto de “cuerpo”, es decir, de cómo nuestro contexto histórico, cultural, sexual, humano y corporal permite la manifestación de nuestra propia humanidad.

Dentro de su obra, Butler habla de las “estructuras de apoyo” las cuales nos permiten cobijarnos e ir superando nuestra vulnerabilidad. Incluso habla de una forma de vida “biopolítica”, es decir, de una forma de convivencia y socialización que apuesta por la lógica de la vida buena, de la aceptación de la diferencia, de la información transparente, de una buena moralidad. Quisiera ofrecer sólo una cita de Judith Butler que me permitirá reflexionar en torno al Espíritu de Jesús a quien defino como “nuestra estructura de apoyo”. Butler, sin ser cristiana o creyente, siento nos puede aportar pistas interesantes para comprender cómo nuestra opción creyente es también una forma de contención y de liberación. No estoy forzando a Butler a decir algo que quizás no pensó, sino que asumo el contexto para profundizar en cuál es el papel del Espíritu de Dios en nuestra humanidad y en las relaciones que establecemos.

Dice Butler: “el propio futuro de mi vida depende de esta condición de apoyo, de manera que si no tengo tal sostén, entonces mi vida queda establecida como algo tenue, precario, y en este sentido no merece protección frente al dolor o la pérdida y, por lo tanto, no es digna de ser llorada”. ¿En qué medida nuestro cristianismo depende el Espíritu? ¿Hemos asumido verdaderamente cómo Dios Espíritu actúa en nuestra humanidad, en nuestra vulnerabilidad, en nuestro dolor y alegría, y desde ella nos fecunda y nos renueva? ¿O es que sin el Espíritu, como estructura de apoyo, nuestra vida se vuelve tenue y precaria?

Si leemos en el Evangelio de Juan, Jesús es consciente de que a su comunidad le faltarán las fuerzas necesarias para seguir la misión. Jesús declara: “si me aman y guardan mis mandamientos, yo pediré al Padre y Él les dará otro Paráclito (Abogado, defensor), para que esté con ustedes para siempre” (Jn 14,15-16), y más adelante se lee: “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él se los enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 14,26). Jesús se pone del lado de su comunidad, a la que conoce, a la que ama y por la que vive. La pastoralidad de Jesús supone el envío del Espíritu como sostén en los momentos de crisis. Y por ello, en este momento de crisis que vivimos como Iglesia chilena, hemos de pedir insistentemente que sea el Espíritu el que nos anime en la tarea evangelizadora.

Con ello, estoy queriendo decir que Jesús no es iluso. Desde el momento en que asumió totalmente nuestra humanidad en la Encarnación, aprendió que cada uno de nosotros necesitamos formas de cobijo, de contención. Es más, Jesús mismo las necesitó. De hecho, fue el Espíritu el que ungiéndolo lo anima y lo sostiene en su propia práctica pastoral. Así nos lo narra el Evangelio de Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y enviado a dar buenas noticias a los pobres” (Lucas 4,16-21). Parece que sólo desde el Espíritu la vida de Jesús – y en consecuencia – la vida de los cristianos tiene real valor y sentido.

Pero aquí aparece un problema en nuestra teología, en nuestra pastoral y también en nuestra Iglesia. Pareciera que estamos, por lo menos en Occidente, en presencia de una “amnesia del Espíritu” (Walter Kasper). Parece que sólo nos acordamos del Espíritu para las confirmaciones parroquiales o para la celebración de Pentecostés. Son estas fiestas donde nuestras comunidades se llenan de “llamas y lenguas de fuego”, de alegres palomitas y colores rojos y amarillos. Otro dato: son pocos los tratados sobre la pneumatología, es decir, sobre la parte del tratado teológico que estudia la acción del Espíritu. Reconocemos los esfuerzos de Víctor Codina y José Comblin. ¡Nos falta acercarnos más al Espíritu! ¡Nos falta confiar más en su presencia transformadora! Quizás está tan presente en nosotros que asumimos “con normalidad” su acción. O quizás tenemos que educarnos entre todos para pedir comprender su acción y reconocer su presencia dinámica, esa que nos priva de lo precario y de lo tenue del futuro.

El don de Dios se hace presente a través del Espíritu derramado en nuestros corazones y que nos hace clamar Abbá-Papito es aquél que nos mantiene firmes en nuestra profesión de fe. Quizás sin ese Espíritu nuestra Iglesia hubiera colapsado hace un largo tiempo. Y, por el contrario, pareciera que sólo con el Espíritu que se pone de nuestro lado como “estructura de apoyo” podemos seguir remando mar adentro. Y este Espíritu habla en la Iglesia en los signos de los tiempos, nos susurra en la experiencia de los santos y de los mártires, nos anuncia su vida a través del relato de los sencillos, se “cuela” entre las rendijas de nuestra eclesialidad laical y ministerial, se hace un espacio entre nuestras mesas eucarísticas y en las celebraciones sacramentales y litúrgicas; actúa y transforma desde nuestra pastoral, educación y acción social. Hermanos: hemos de “creernos el cuento” de que el Espíritu actúa en la Iglesia. Sólo desde esta confianza y creencia, la crisis del adormecimiento, del clericalismo, de las lógicas de poder que suprimen la donación gratuita, de la búsqueda de una satisfacción a través del abuso, sólo desde el Espíritu Jesús podremos identificar todo esto que es signo del mal espíritu, y podremos ir construyendo la Iglesia, comunidad de hombres y mujeres carismáticos, llenos y llenas de la ruah de Dios.

El aliento de Dios Trinidad ha de llenar nuestros pulmones, personales y eclesiales. El Espíritu de Dios es la gran estructura de apoyo de nuestra humanidad. Dios, al comienzo de la historia, regaló su Espíritu al primer Adán (Cf. Gn 1,26-27), y al final de los tiempos, Cristo, el nuevo Adán, regaló su Espíritu a los discípulos en la tarde de la resurrección (Cf. Jn 20,21). Una tarde y una tarde, el primer Edén y el huerto donde descansó el Creador y desde el cual resucitó. Un mismo Espíritu que da vida y aliento a las cosas y que renueva la faz de la tierra (Salmo 103) y que se nos dona como “estructura de apoyo”. Parafraseando a Butler: nuestro futuro eclesial depende del Espíritu, que es nuestra contención, cobijo y apoyo. Nuestro cristianismo, profético y sapiencial, carismático y pastoral, teológico y espiritual, popular y celebrativo, litúrgico y sacramental, fraterno y eucarístico, solo adquiere verdadero sentido desde el Espíritu del Dios de la Vida.

A la espera de las resoluciones de Francisco junto a nuestros Obispos, la Iglesia debe pedir con más insistencia el Espíritu. Que Dios envíe su soplo y nos permita, no solo de palabra sino también y sobre todo de obra, imaginar otra forma de ser Iglesia. El cambio de fondo no pasa de manera exclusiva por nuestras fuerzas, sino que debe constituirse como inspiración profética del Espíritu. ¡Espíritu de Dios, nuestra estructura de apoyo, llena a esta tu Iglesia!

 Juan Pablo Espinosa Arce

Académico Teología UC / Universidad Alberto Hurtado

 

 

 

 

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