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Tiempo de convicciones profundas 

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En toda vida humana hay situaciones y momentos en que experimentamos el desencanto como un cansancio espiritual, como una fatiga del alma que no quiere saber más de los problemas que ocasionaron ese desencanto. Me parece, por lo que converso y escucho a diversas personas, que algo así parece instalarse en la vida de mucha gente ante tantos problemas de nuestra sociedad que parecen no tener solución, o que no se percibe una voluntad política ni social para enfrentarlos, o que cada día llegan noticias que nos abruman haciendo exclamar “¡lo que nos faltaba!”.

También ese desencanto parece instalarse en muchos católicos ante las complejas situaciones que vive nuestra Iglesia. Es un cansancio del alma que nos duele, que a algunos los tienta de abandonar lo que han amado y por lo cual han luchado, que a otros los repliega defensivamente sobre sí mismos, y a otros los mueve a la crítica ácida, para la cual parecen abundar los motivos.     

Cuando nos atrapa el desencanto con su fuerza succionadora -tanto a nivel de la sociedad como a nivel eclesial- se va manifestando la decepción ante esperanzas que se tenía, el cansancio de los esfuerzos realizados, la dificultad de imaginar con creatividad otras posibilidades distintas, y -también- aparece el propio egoísmo que nos tienta a encerrarnos en nosotros mismos y en nuestras propias búsquedas del bienestar.

En el desencanto nos llenamos de preguntas: ¿qué hacer, hacia dónde volver la mirada?, ¿vale la pena seguir buscando, trabajando, luchando por eso que he amado?, ¿me atreveré a volver a creer en otras personas y volver a confiar?

El desencanto puede manifestarse en todas las áreas de la vida, en todo lo que puede ser amado y dejar de ser amado: relaciones de amistad, vida matrimonial, relaciones con los hijos y otros vínculos familiares, vida eclesial, relaciones en el ambiente laboral o económico, expectativas de cambios sociales, etc…

Quisiera contar a los lectores que no son creyentes y recordar para los lectores que son cristianos y viven este cansancio del alma ante las situaciones de la Iglesia, que el Señor Jesús también vivió muchas situaciones “desencantantes”. Las vivió con sus familiares y amigos de Nazaret, que lo rechazaron y hasta pensaron que estaba fuera de sí; con la gente que lo busca y que luego lo abandonan y lo rechazan; con algunas personas -como el “joven rico”- que luego de manifestar su decisión de entrega entusiasta, se repliegan en intereses personales; con los habitantes de Jerusalén que lo saludaron con una entrada triunfal en la ciudad y luego pidieron que sea crucificado; con los dirigentes políticos y religiosos del pueblo judío.

También el Señor Jesús vivió situaciones “desencantantes” -y probablemente fueron las más duras- con el grupo cercano de sus discípulos, que parecían no entender nada; que cuando El les hablaba de entregar la vida, ellos discutían quién de ellos era el más importante, que cuando El les hablaba del perdón, ellos querían hacer llover fuego del cielo sobre los que consideraban sus adversarios; que cuando El los llamaba “hermanos y amigos”, ellos lo abandonaron. No es difícil imaginar el desencanto de la traición de Judas y de las negaciones de Pedro

Pero, es muy importante ver en los evangelios que el Señor Jesús no se dejó atrapar por la fuerza succionadora del desencanto, sino que permaneció en la misión que le daba sentido a su vida. Cuando lo rechazan en su propio pueblo, sigue su camino y se dirige a otros lugares. Cuando quieren apartarle de su misión y tenderle trampas, enfrenta con claridad a esas personas. Cuando todo se vuelve oscuro y confuso, permanece confiado en el amor de su Padre y en la misión que de El ha recibido. Cuando sus discípulos lo traicionan, lo abandonan y reniegan de El, los perdona y les renueva toda su confianza.

El Señor Jesús enfrentó la fuerza succionadora del desencanto y continuó su camino de vida entregada hasta el final, lo hizo desde su experiencia de total confianza en el amor del Padre y en la convicción que nada ni nadie lo podía separar de ese amor y de la misión recibida. Esa es la misma experiencia y convicción que se renueva en la fe de los cristianos: “nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios…”.

Cuando ronda el desencanto en la sociedad y en la vida eclesial, es el tiempo de hacer relucir las convicciones sólidas y profundas; sólo desde ellas es posible mirar con esperanza y trabajar con pasión por hacer brotar algo que sea nuevo y mejor.

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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