|Martes, Marzo 19, 2019
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La ternura de Dios al ser padre de Jesús 

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En los pesebres, la Virgen María  acapara toda la atención, es ella que mira con cariño al  niño Jesús,  lo toma en brazos, lo presenta a los pastores y a los magos… Nos conmueve su maternidad humilde toda entregada a los designios de Dios. San José se mantiene en  segundo plano.

Por fuerza  “Dios Padre”, el padre del niño, no se ve representado en  esta escena de Belén. Los ángeles cantan: “Gloria a Dios en las alturas” como si estuviera lejos de todo lo acontecido. De alguna manera los ángeles y la estrella  lo hicieron presente en transparencia pero es San Mateo que con una frasecita nos entrega  la idea de una presencia personal de Dios en los acontecimientos navideños. Después del episodio de los santos inocentes  el evangelista menciona una corta frase del profeta Oseas (11,1ss) referente al retorno  de José, María y el niño Jesús a la tierra de Israel, le hace decir a Dios: “De Egipto llamé a mi hijo”. Esta citación que parece enigmática  es sin embargo muy reveladora si se la repone en su contexto. Oseas le hace decir a Dios: “Cuando Israel era niño, yo le amé y de Egipto  llamé a mi hijo…yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos  como los que alzan  a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer“.

En este texto del Antiguo Testamento, Dios  habla de su amor para con su pueblo de Israel, el pueblo elegido pero, aquí, la gracia del evangelista es  de aplicar esta frase de Dios para con Jesús mismo, Jesús niño.

Dios Padre con un amor cariñoso y tierno es una figura insólita para muchos cristianos,  prefieren considerarle todo poderoso y severo, patriarca más que padre, sin embargo, en esta Navidad conviene meditar la complacencia de Dios con este nacimiento. Dios Padre se alegra de su Hijo recién nacido.  Lo mismo cuando Juan Bautista bautizará a Jesús en el Jordán, los evangelistas cuentan que se abrieron los cielos y una voz se escuchó  diciendo:” Este es mi hijo amado, en quien me complazco”. Y de la misma manera cuando  Jesús se transfiguró en la montaña delante sus apóstoles, se escuchó la misma   voz desde el cielo repetir: “Este es mi hijo amado en quien me complazco, escuchadle”. Jesús mismo hablara de “su” Padre y de “vuestro” Padre y enseñará a sus apóstoles a rezar llamándolo a Dios por la apelación cariñosa de “abba”(papá).

Los inteligentes teólogos hicieron toda una historia de “procesiones trinitarias” para explicar las relaciones  del Padre, Hijo y Espíritu Santo pero los misterios de Dios  no nos dejan ignorantes sino que nos abren el corazón para entender lo que muchos  complicaron. La fe sencilla entiende  la imagen de Dios Padre que se emociona al ver nacer a Jesús, su hijo nacido de María, entiende que Dios se alegra de ver  nacer el hombre que Dios mismo quiso hacerse.

El relato de la creación nos cuenta que: “Dios creó el ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó… y los bendijo… y Dios  vio cuanto había hecho y todo estaba muy bien,  atardeció y amaneció: día sexto”. (Gen 1,27 ss). Esta satisfacción de Dios por la existencia de toda la creación pero del hombre en particular tiene una dimensión inaudita con  el niño Jesús. Es una emoción paternal extraordinaria con esta nueva creación. En realidad,  Dios es Dios,  es más que padre y madre  a la vez pero sobrepasando lo humano podremos  intuir la inmensidad de este amor divino para nosotros. Nos creó por amor y al hacerse hombre, nos salva.

Un canto litúrgico en latín del siglo VIII que se tradujo siglos tras siglos para cantarse en la vigilia pascual (cuando se celebra la luz del cirio pascual) dice: “¡O amor infinito de nuestro Padre,  supremo testimonio de ternura que para liberar al esclavo , has entregado el hijo,… victoria del Amor , victoria de la Vida, O Padre, acoja la llama de este cirio”(Exultet).

Con San Pablo nos acostumbraron a pensar más bien en la grandeza de Cristo que se despojó de su rango divino, se humilló y  se hizo semejante a los hombres… ( Filip. 2, 7) pero hay que reconocer que San Pablo no conoció al Jesús de su vida mortal como los apóstoles,  lo conoció solamente resucitado y por esto le falta esta dimensión  sensible de un amor divino tan especial para nuestra condición humana.  San Juan dirá más reflexivo: “Quien no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió el mundo su hijo único para que vivamos por medio de Él. (IJuan 4,8). Recorriendo el Nuevo Testamento,  hay que reconocer que sin los evangelios del nacimiento de Jesús faltaría algo  porque son ellos que nos aportaron toda la riqueza de un testimonio de amor de Dios mucho más sensible, mucho más fácil de entender. Cuando los cristianos se distraen en sensiblerías y devociones ajenas a esta fe esencial están perdiendo lo mejor de su fe pero también fallan en su testimonio para la evangelización de sus contemporáneos.

Este niño de Navidad es el secreto del Mundo, el misterio de la incomprensible cercanía de Dios, de su benevolencia para con los hombres y  de su poderosa intervención en la historia humana. Este niño que crecerá, será hombre, también será crucificado para después resucitar, es un amor divino que nos permite nacer a la nueva vida de hijos de Dios para hermanar el mundo.

Paul Buchet

 

 

 

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