|Domingo, Septiembre 22, 2019
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Caridad y/o Amor 

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La última denuncia  de la académica Marcela Aranda por los abusos del sacerdote Renato Poblete, golpea fuerte el bastión de la Iglesia Católica que son los Jesuitas.

Lo dramático del caso es que no se puede enjuiciar el acusado y tomar sanciones en su contra porque falleció hace casi una década. Pero igual, se debe desvelar el caso porque la Verdad y la Justicia (reparaciones) son valores irrenunciables. El “descanse en paz” que reclamó un sacerdote (que no supo jamás de esos valores) es desacertado. El abuso es de consideración.  Al decir de la denunciadora fueron ocho años de padecer la perversión de quien era una figura emblemática de la Iglesia, un condecorado por haber encabezar  la caridad eclesial e institucional en mano de los seguidores del padre Hurtado… Hoy, San Alberto Hurtado…

El caso tiene una relevancia nacional y también internacional  porque no es una denuncia apresurada ni es tampoco  la denuncia de una persona común porque, Marcela Aranda, es teóloga profesora de Teología  de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Los próximos censos mostrarán cómo este nuevo caso de abuso impactará la feligresía católica, tampoco se puede olvidar los daños hechos a la difícil confianza chilena en sus instituciones. Lo positivo es que no exista organización, por respetable que sea, que no pueda ser investigada por abusos que sea de sexo, de poder o de conciencia.

Lo que más preocupa, en este artículo, son  las reacciones de rabia, de indignación, de confusión y de dolor que expresan buenos católicos al conocer estos abusos.  La incomprensión del caso merece una reflexión. No es fácil aportar luces de fe en circunstancias tan inesperadas pero con mayores razones se debe buscar.

Existe en la primera carta a los Corintios en los capítulos (11-14) unas reflexiones de San Pablo para el buen orden en  las asambleas y en las comunidades cristianas. Antes de su Himno a la Caridad, dice “Aún que yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles…aunque que yo repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo la Caridad, esto no me sirve de nada“. (13,3).

San Pablo declara la “Caridad” superior a la misma fe y esperanza (que son transitorias). Quiere referirse al “Amor” de Dios infundido en nuestros corazones.  En realidad no sabemos cómo traducir  ese “Ágape” griego que mejor volveríamos a traducir como “Amor” a pesar de las connotaciones  modernas ambiguas. La misma palabra “Caridad” ha sido mal utilizada, la entendemos como  una virtud  equivalente a la generosidad personal. La equivocación está en que, la filantropía humana puede existir sin nada de cristiano y como  generosidad humana puede encubrir todas las ambigüedades y debilidades de la condición humana, ej.: un rico puede lustrar su imagen con grandes generosidades.

Si nuestra caridad institucional no tiene las suficientes referencias a Cristo  puede encubrir falsos prestigios y hasta los peores vicios. Lo mismo, si la caridad personal no tiene los refuerzos necesarios para aferrarse a Jesucristo, puede servir de disfraz a los más ilustres hombres para sus comportamientos perversos. En la condición humana existen debilidades, la vida es problemática, hay malas influencias, malas opciones, yerros, vicios, locuras….

Es complicado para una institución ser testigo del “Amor” de Dios, puede caer en la trampa de buscar un renombre, un prestigio, buscar ser la  tradición de venerables fundadores.  No es fácil de creer que las instituciones eclesiales  son “de Dios”  y “no de los hombres” si no se manifiestan a través de unas comunidades que den un  testimonio sostenido y actualizado del amor de Dios. No es extraño que la crisis de estos abusos ocurre actualmente en una Iglesia chilena que carece de unión y  de cohesión bien lamentable.

¿Cómo puede una persona individual ser autentico testigo del “Amor” de Dios? A caso  ¿Lo podrá ser por  una educación  privilegiada, una espiritualidad personal o participación en un grupo selecto? ¡Difícil! De nuevo aquí es también la comunidad de los cristianos que puede asegurar el refuerzo divino que tiene una persona. En una comunidad cristiana, al nivel que sea,  los intercambios interpersonales de fe, el compartir las enseñanzas de los evangelios, la puesta en común de las oraciones y sobre todo el recuerdo preciso de Cristo crucificado y resucitado son los que pueden afianzar el testimonio del “Amor” de Dios  a través de las solidaridades y las caridades que servirán para evangelización del mundo.  La comunidad, como Iglesia local o parcial es “sacramento” vale decir el medio privilegio de actuar de Dios, y el testimonio (el menos equívoco) de lo que Dios puede hacer a través de los cristianos.

                Para terminar, roguemos por  Marcela que tiene mucho que hacer por adelante, que encuentre  a la comunidad que la apoye.  Una palabra antigua para ella:

                              “Amor y Verdad se citaron, Justicia y Paz se abrazaron…

                              el mismo Yahvé dará la dicha” (Salmo 85).

                Y, también pidamos por  Renato: Tu sólo Señor conoces los corazones, confesamos que no  sabemos los porqué ni los cómo de todas estas tristes historias pero… tú eres nuestro Redentor.

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”.

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