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Hacia una Iglesia híbrida 

achondo

En su libro “Hiperculturalidad”, el filósofo coreano Byung-Chul Han utiliza la categoría de lo “híbrido” para referirse a la cultura. No es idea de él, pues son varios los filósofos, entre ellos Hegel, quienes llegan casi a decir que la hibridez constituye la condición humana.

Todos somos mezclas de otros, de muchos, de varios. No solo cada persona, sino también su cultura, su lengua, sus costumbres, su ethos. Somos una suma de memorias, de historias, de pesares, de sueños, de luchas y de pequeñas cosas cotidianas que se nos van quedando. Todo ello nos construye y constituye. También en la vida eclesial. Desde la teología se nos enseña que hay una variedad de “eclesiologías”, que ellas han ido cambiando y mutando de acuerdo, justamente, a las culturas, lenguas y formas de entender y pensar la realidad. Sin duda. Y sin duda, la cristiandad intentó, con tremendo esfuerzo, organizar esta variedad, uniformizándola. Creyendo que restando hibridez aumentábamos la comunión.

Hoy las eclesiologías mas fuertes, con sus bemoles propios -conservadores, tradicionales, populares, estéticos, espiritualistas, comunitarios, moralistas- tienden a mostrarse, desde el Concilio Vaticano II, bajo las figuras de Pueblo y Jerarquía. Dicho de otro modo y para que seamos honestos, como una Jerarquía al servicio del Pueblo que sirve -mas o menos consciente- a dicha Jerarquía. Estas eclesiologías (que son una) con una acentuación vertical y la otra horizontal, no responden ni a la crisis eclesial ni al mundo actual. La “forma eclesial” se diluye pues sus propios cimientos no logran sostenerse. Una teóloga italiana llamada Stella Morra en un sugerente libro del año 2015: “Dios no se cansa”, propone una nueva forma eclesial. Para ella, esa forma debe ser la misericordia. La “forma” tiene que ver con toda la vida eclesial, no solo con la construcción de las relaciones entre la Jerarquía y el Pueblo. La “forma” corresponde a la manera como comprendemos la vida creyente. La vida del discipulado cristiano. En el texto, Stella Morra, afirma la necesidad de una solución compleja, pues el problema es profundamente complejo y no caer en un análisis ingenuo donde la mera voluntad de la Jerarquía o el empoderamiento laical nos mostrarán caminos nuevos.

La misericordia es necesariamente procesual. Requiere tiempo, entra en el tiempo, le dedica tiempo. Así mismo, ella es práctica, concreta: se trata de acercarse, acompañar, escuchar, acoger, abrazar. Ella tiene que ver con una promesa, esto no lo dice tanto Morra. Con una promesa hacia el otro. Uno se transforma en portador de una promesa: tú no morirás. Lejos de juegos de poder, de protecciones corporativas o ambigüedades morales. La misericordia no es ambigua. O se acompaña al herido, o no. O se le acoge, o no. Nuestra eclesiología ha tendido a la ambigüedad. Protegiendo una cierta pureza se ha despreciado y olvidado lo más importante. La triada acción-emoción-razón aparece en la misericordia como forma, con suma claridad. Y, por supuesto, ella se educa, se forma, se enseña, se practica, se encarna. Ella es una experiencia cuyo centro está fuera de sí. Y eso, a la comunidad eclesial le hace tanto bien.

Volviendo a la figura de la hibridez, no sería descabellado pensarla dentro de la forma eclesial. “¿Qué forma dar a la misericordia?” se pregunta Stella Morra al final del libro, sabiendo que el trabajo arduo recién está comenzando. Una forma posible es la hibridez ministerial. La hibridez carismática. De todas maneras, desde una concepción más pneumatológica (que cristomonista o sacerdotal) de la Iglesia, la hibridez nos remite al Espíritu. Al Espíritu Santo que viene a removerlo todo, que se aproxima a la humanidad desde lo plural y diverso, desde la diferencia y la multiplicidad, desde la cooperación y colaboración fraterna y sororal. El Espíritu es polifónico, decía Ronaldo Muñoz. Nos remite a la dimensión lúdica y sorpresiva de la Ruah Divina. Al Espíritu que crea y recrea, que modifica y asombra. Una Iglesia donde fueran acogidos los ministerios híbridos sería más paulina que petrina, más mística y profética, más cercana a Francisco de Asís que al santo cura de Ars. Ministerios temporales, ministerios plurales. Se trata de ser portadores de salvación, de un Mensaje, de una Buena Nueva. Se trata de ser portadores de una Promesa. De ahí que no habría ningún problema en mujeres que celebren la Cena del Señor. Misioneras laicas que celebren la Cena del Señor. Padres de familia que puedan “administrar” temporalmente los sacramentos. Curas casados que puedan, sin ningún problema, acompañar sacramentalmente comunidades, familias y personas. Monjas que celebren los sacramentos cuando sea necesario. Laicos/laicas formados que bauticen, guíen, acompañen. Religiosos no presbíteros que, cuando puedan, celebren los sacramentos. Algunas de estas figuras híbridas se dan, pero muy poco y con temor ante una Jerarquía reticente. Son los discípulos pidiendo permiso para acompañar el amor y el dolor. Predicadores y predicadoras, confesores y confesoras -pues luego de una dirección espiritual cómo no puede ser posible el abrazo de reconciliación para volver a comenzar.

Esta Iglesia híbrida ya está en camino, en esas semillas casi invisibles, en esos rebeldes que tímidamente van encontrando espacios. En esas teólogas y teólogos que con osadía se atreven a soñar. En esos jóvenes que practican la misericordia sin estola, junto a los pobres de nuestra aldea global. No será nada de fácil, pues requiere revisar, modificar, cambiar, buscar; y en eso equivocarse y mucho. Por ello, la Iglesia Híbrida en una apuesta, un acto de fe. Pues, al fin y al cabo, ¿No es Dios quien la conduce?  

Pedro Pablo Achondo Moya

 

 

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