|Sábado, Octubre 16, 2021
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A Patricio Manns in memoriam 

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La versatilidad de Manns –que podía escribir canciones, poemas, novelas y ensayos críticos de real profundidad- nos permite pensar el complejo presente de nuestra República. Ante todo, el hecho que el Partido Militar deviene el brazo armado del Partido Neoliberal contemporáneo.

Mientras Pinochet era detenido en Londres, Patricio Manns escribía “Chile: una dictadura militar permanente”. La detención del dictador trajo consigo una exigencia al pensamiento. Manns acoge dicha exigencia y traza una verdadera genealogía del Ejército chileno sosteniendo una tesis decisiva: el Ejército jamás ha estado exento de participar activamente en la vida política. Más bien, éste devino parte constitutiva de ella articulando, lentamente una: “(…) alianza cívico-militar que, por lo menos en Chile, no se ha roto jamás. Esto quiere decir que nunca el Partido Militar (así llama Manns al Ejército) se ha supeditado al mando  civil aunque, con absoluta lealtad, actuó siempre en defensa de los intereses de la clase económica dominante y contra los intereses del proletariado.” (p. 24).

Justamente cuando Pinochet caminaba impune por Europa y la transición recién instalada exhibía su extrema fragilidad, Manns responde intempestivamente con un ensayo de extrema precisión: la historia que puso a Pinochet en la impunidad sobre lo cual se constituyó la episteme transicional, reside en la histórica “alianza cívico-militar” en la que el Ejército funciona como un Partido de clase por el que la oligarquía terrateniente defiende sus intereses frente al “proletariado”. La versatilidad de Manns –que podía escribir canciones, poemas, novelas y ensayos críticos de real profundidad- nos permite pensar el complejo presente de nuestra República. Ante todo, el hecho que el Partido Militar deviene el brazo armado del Partido Neoliberal contemporáneo.

Este último, articulado desde los años 80 y la década de los noventa a través de los pactos cupulares entre las grandes coaliciones políticas, fortaleció la “alianza cívico-militar” indicada por Manns en la forma de la “transición”. Esta última –como quedó al desnudo en el momento en que Pinochet fue detenido en Londres, no fue otra cosa que una máquina de impunidad que cristalizó el nuevo Pacto Oligárquico expresado en la nueva Constitución de 1980. Los 30 años profundizaron el régimen neoliberal precisamente porque la oligarquía había dado su “lección” militar al proletariado organizado, en ese entonces, bajo el proceso de la Unidad Popular.

El Partido Neoliberal devenido desde 1990 –organización oligárquica articulada por los vencedores de 1973 y de 1988 vía la democracia cupular- se articuló solo gracias al brazo armado del Partido Militar. El Partido Neoliberal articuló al nuevo Pacto Oligárquico de 1980 como una forma de fortalecer la “alianza” con el Partido Militar. “Transición” fue el nombre de dicha “alianza”. A su vez, podría llamarse “reconciliación”: imagen que acuña Patricio Aylwin cuando en el Estadio Nacional, ofrece el programa de la impunidad que vendría: “civiles y militares”. Todos devendrán uno, reconciliados. La “alianza” se reestructura para la nueva etapa que se proyecta en la que la guerra fría habrá quedado atrás y el neoliberalismo llegará como la “alegría” de la democracia. La reconciliación, implicará hacer que la “justicia sea en la medida de lo posible” y aceitar así, la “alianza cívico-militar” en el nuevo Pacto Oligárquico sobre el cual se apoyará el nuevo Partido Neoliberal. Renovación de la oligarquía, renovación, a su vez, del Ejército, renovación –en suma- de la máquina de impunidad forjada durante los 200 años de República.

A esta luz, la pregunta que el singular texto de Manns abre a nuestro presente puede formularse, quizás, como la única interrogante que cabe hacer después del 18 de Octubre de 2019, una vez que la episteme transicional saltó por los aires: ¿posibilitará la nueva Constitución la destrucción de la “alianza cívico-militar”? Frente a esta pregunta, planteemos otra: ¿para qué sirve una Constitución? No solo para ordenar a los poderes del Estado sino, para darle poder a los pueblos frente a las formas oligárquicas que les amenazan. El orden de los poderes del Estado ha de estar supeditado al poder de los pueblos y no al revés. Lejos de ser un dispositivo (hobbesiano) de neutralización de los conflictos a favor de la preeminencia del poder oligárquico, una Constitución deviene la cristalización de un conjunto de luchas históricas y concretas de los pueblos (el “proletariado”) y por tanto, su defensa más decisiva, uno de los lugares –no el único- en el que los pueblos restituyen su potencia y la acrecientan frente a los poderes que pugnan por arrebatárselas. A este respecto, Manns pudo cantar sobre lo irreductible de esa potencia: “(…) y bien, concedo que al final ganaron la batalla / que falta conocer el resultado de la guerra /Pero confieso que ello no extravió un grano de polen / puesto que de esa tierra no me podrán apartar (…)”.

Rodrigo Karmi / La Voz de los que Sobran

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