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El acontecimiento de la esperanza 

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En la columna del domingo pasado me referí a las desilusiones y desesperanzas de muchos, a los ensueños ilusorios y esperanzas pequeñas de otros, así como a la vida esperanzada que se nos ofrece cuando hacemos memoria de lo nuevo que ya ha ocurrido en nuestra vida personal y colectiva, y que nos abre a un futuro también nuevo. Recordábamos, en ese contexto, que la sabiduría de los antiguos señala que la esperanza nace de la memoria (“ex memoria, spes”).

De ahí brota el sentido que tiene para los cristianos la celebración anual de la Navidad. Hacemos memoria del nacimiento del Señor Jesús como lo más nuevo que ya ha ocurrido, tan nuevo como que Dios ha venido a nuestro encuentro -a pesar de nuestros egoísmos, injusticias y violencias- haciéndose uno de nosotros. Desde el nacimiento de Jesús, la novedad de Dios está presente y actuando en medio nuestro, y nos permite acoger el día a día y el futuro cargados de esperanza. Desde ese nacimiento, el encuentro con Dios acontece en nuestra tierra, en nuestra manera de vivir la vida de cada día, y la celebración de Navidad es la fiesta del acontecimiento de la esperanza.

En medio de los grandes cambios culturales de nuestros tiempos, el sentido de las fiestas ha sufrido transformaciones y, en el caso de la Navidad, el sentido religioso ha sido ocupado en la sociedad por el consumo y los adornos “navideños”. No es fácil vivir el sentido real de la Navidad cuando la sociedad camina para otro lado; pero, también eso nos ayuda a tomar conciencia de que los cristianos caminamos en otro sentido, en el camino que lleva a Belén, al pesebre donde nace la esperanza.

Las fiestas importantes hay que prepararlas bien para que salgan bien. Esa es la importancia de este tiempo de Adviento, para que la Navidad pueda ser de verdad el acontecimiento de la esperanza; por eso dedicamos estas cuatro semanas para que esta gran fiesta deje huella en nosotros.

Porque de eso se trata, que la Navidad deje huella en nosotros, que la memoria del nacimiento de Jesús anime nuestra esperanza caminando en el seguimiento del Señor Jesús; ese camino que hacemos junto a todas las personas de buena voluntad. La esperanza es la huella profunda que quiere dejar la celebración de Navidad en nuestras vidas, una huella más honda que el mejor tatuaje, una vida cimentada en una roca firme que nos abre a una esperanza de algo nuevo y mejor para todos, eso que Jesús llamaba “el reinado de Dios”. Por eso, el acontecimiento de la esperanza que celebramos en Navidad no es que estemos esperando algo, o que pase algo, sino que esperamos a Alguien, a Dios que ha elegido vivir junto a nosotros y caminar con nosotros.

Es claro que para muchos la huella que deja el carnaval “navideño” que celebran es sólo un montón de papel de regalo arrugado y otro montón de basura plástica, algunos buenos deseos y, también, las deudas de las compras a crédito. Es el problema de los que ya se resignaron a vivir sin otra esperanza que el consumo y la entretención que anestesia su desesperanza; es el problema de quienes se han extraviado en el camino que lleva a Belén y se han quedado perdidos y entretenidos en los mercados del camino. La buena noticia es que siempre es posible reencontrar el camino que conduce hacia la cuna de la esperanza.

Así, los cristianos nos preparamos para celebrar Navidad como un gozoso y festivo acontecimiento espiritual. Nos preparamos y esperamos en medio de mucha oscuridad, en un mundo lleno de injusticias y que no respeta la vida humana, tampoco respeta la naturaleza creada por Dios, en un ambiente de violencia que parece sin control, y también esperamos en medio de situaciones personales, comunitarias y colectivas muy complejas. Esperamos confiados en medio de la oscuridad y acogiendo las luces que van alumbrando el camino.

Vivir, entonces, en la espera de esta Presencia es manifestar nuestra necesidad permanente de luz, y hacerlo en una espera activa, no en la espera pasiva, o resignada, o indignada como la que se puede dar en una fila esperando la atención de un funcionario, sino con una actitud transformadora que trabaja y lucha por aquello que espera, porque con Jesús aprendemos a vivir de una manera nueva.

Marcos Buvinic

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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